Incontables llegan a ser las razones por las que el cronista siente una afección inembridable por esta ciudad, reina en belleza de un litoral cuajado de perlas urbanísticas y paisajísticas: el de la antigua Berbería. El primer relato de la historia contemporánea de su idolatrado país, lo escuchó de labios de su progenitor desgranando recuerdos de la dura campaña del Riff que tenían como epicentro a la urbe incorporada a la corona de Castilla en 1497, casi doscientos años antes de la instauración en el Magreb de la actual dinastía alauita. Años más tarde, la compañía asidua y la amistad estrecha con uno de los catedráticos más reputados en la geografía historiográfica que le es más familiar y vinculado íntima y dramáticamente a la antigua plaza de Protectorado reforzarían su amor por solar tan entrañado en la identidad nacional. Y, finalmente y en días más cercanos, el conocimiento directo y el usufructo a caño abierto de las innumerables bellezas de la ciudad española en que el movimiento modernista en su dimensión arquitectónica alcanzó su fastigio, acabaron de cerrar el círculo de su fuerte e incondicional aprecio y estima por tan hermosa y creativa ciudad, tan cerca y tan lejos –reconozcámoslo- del ver y sentir de las generaciones actuales, sobre todo, en sus hornadas juveniles.
El trato –y va de recuerdos…-, no por pasajero menos enriquecedor, en semanas pasadas de un diligente y en extremo amable y servicial conductor de una agencia de transporte urbano de una ciudad asturiana, ha acrecentado la afección del articulista por la ciudad de Barea y Sender, dioses mayores de su particular censo de joyas narrativas. Musulmán de ley, la consideración y el respeto se descubrían de modo insuperable en su continua referencia a la población cristiana, hindú y judía que comparte con la suya el protagonismo cuotidiano de una convivencia de todo punto encomiable y digna de imitación en parámetros no ya locales, sino universales. El cosmopolitismo es, en efecto, el rasgo quizá definitorio y, desde luego, uno de los más pronunciados y característicos de la existencia de la capital melillense. Fruto de la historia, pero también de un conciencia ciudadana muy alertada y en extremo responsable del gran legado del pasado lejano y reciente que debe entregarse en sus dimensiones esenciales a las generaciones del inmediato futuro.
Entre los numerosos y abultados problemas y desafíos que tachonan de interrogantes el panorama próximo de la ciudad –aunque tal vez no en mayor número que el de otras muchas de África y Occidente-, la regulación de la incesable inmigración es acaso el de más elevado y áspero relieve. Relativamente aceptable a la fecha dentro de su suma gravedad, apostemos por su mejora según cauces de racionalidad y normalidad, alejados de los muy estériles aquí de la utopía. Tal vez fuese el mejor homenaje al buen taxista melillense que presta servicios impagables a la mejor convivencia de una muy importante y aún más dinámica ciudad asturiana.