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TRIBUNA

Velintonia 3, o la insensibilidad hacia la cultura

miércoles 14 de septiembre de 2016, 20:39h
Actualizado el: 14/09/2016 21:01h

Cuando llegué el 17 de junio del presente año a la casa de la calle Velintonia 3, mi memoria me llevó a evocar otro encuentro ya muy lejano, cuando una soleada tarde del mes de abril de 1980, acompañado por el entrañable José Hierro, visité a don Vicente Aleixandre. Recuerdo la hospitalaria alegría del dueño de casa y el clima de amistad que rodeó nuestra visita. Al abrirnos la puerta, con una amabilidad enternecedora, “Pepe” y yo tuvimos la sensación de que el poeta parecía esperarnos con impaciencia. Y desde siempre.

“Me han dicho que tú fuiste amigo de Pablo Neruda y que hablaste en sus exequias -me recibió don Vicente-. Hombre, que terrible momento en medio de esa dictadura. Eres un hombre valiente. Pues, bienvenido a esta casa”.

“Pablo estuvo varias veces aquí -prosiguió luego con su voz débil y pesarosa-. Lo trajo Federico la primera vez. Sí, sí, fuimos grandes amigos y te puedo contar muchos momentos de nuestra relación.”

Como un símbolo de amistad, el poeta nos propuso sentarnos en la cocina y él mismo preparó el café. Nos habló luego de su infancia con ternura y, con un entusiasmo contagioso, de su descubrimiento de la poesía: “Pues sí, vivíamos muy cerca del mar; yo diría que la vecindad del mar marcó esencialmente mi niñez. Yo empecé a leer de muy niño, pero tardé en leer poesía, en descubrirla, y después nada me apartó de ella. En Las Navas del Marqués conocí a Dámaso Alonso, mi gran amigo de aquella época. ‘¿Has leído poesía? -me preguntó él-. Pues no, la poesía no va conmigo -le respondí yo-. Hombre, debes leer a Rubén Darío’. Y lo leí, claro. Y te diría que Darío me reveló la poesía. Me enamoré de la belleza de sus versos, de la belleza de toda su poesía. En la voz de ese poeta yo puedo decir que nací a la poesía. A partir de él me entró la avidez de leer a otros poetas. Después descubrí a Antonio Machado y a Juan Ramón Jiménez, y de ahí pasé, en menos de un año, a empezar a escribir. Con recaudos y con temores, claro… Vinieron en seguida los clásicos, todo el Siglo de Oro, que estudié detenidamente porque ahí está todo, o casi todo. Garcilaso, Quevedo, Góngora, Lope, Cervantes… Esos cuatro genios y luego los demás apoyados en esa retórica común, que se dio en esa época, como después se daría en el Modernismo. En cuanto a mi poesía, bueno, yo trabajo con elementos naturales y casi no demasiado con el hombre… Veo al Universo sin la limitación que imponemos los seres humanos y nuestro trágico destino.”

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.

Colgada del imponente monte, apenas detenida

en tu vertical caída a las ondas azules…

El campo que abarcaba el espíritu del poeta Vicente Aleixandre era sorprendente. Sus exaltaciones hacia gustos literarios, resultaban contagiosos en todo momento y generaban imágenes vívidas. Le encantaba compartir la intimidad de sus experiencias, sueños, paraísos prohibidos, música, versos irrepetibles; acaso menos para mi curiosidad que para mi nostalgia, me sorprendió su acercamiento emotivo a otros grandes poetas. Lo mismo diría de la naturaleza, las flores de su jardín, los árboles que amaba, los intensos nombres a los que aludía y su delicada diversidad. Fue una tarde mágica, irrepetible. El arrobador don Vicente, con su voz dulce y universal, fue revelando su incomparable vida poética, a la vez que su maravillosa poesía. Aunque nuestros amores literarios no siempre coincidieron y hasta nos permitimos disentir en algunos asuntos.

“¿Y qué hay de Borges?”, me preguntó, con cierta malicia, sabiendo de mi proximidad con él.

“Siempre activo, don Vicente –le respondí-. Borges afirma que si no logra concebir diez líneas cada día se siente culpable”.

“¡Hombre, qué tendría que decir yo que paso temporadas enteras sin escribir una palabra! –rió de buena gana poniendo cara de culpa-. Pues no me explico cómo no le han dado todavía el Premio Nobel. Eso me hace sentir mal. Si alguien se merece el Premio es él. Un gran cuentista y poeta. Borges es un universo aparte. Para mí siempre es un gusto hablar de Borges.”

“¿Ustedes se conocieron en la década del veinte, tengo entendido?”, le pregunté.

“Sí, sí, aquí, en Madrid, en la tertulia de Cansinos-Assens, donde él era habitual. Llévale mi saludo… Y mis disculpas, por lo del Premio Nobel.”

Si repasamos suavemente la memoria,

si desechando vanos ruidos o inclemencias o estrépito,

o nauseabundo pájaro de barro contagiable,

nos echamos sobre el silencio como palos adormecidos,

como ramas en un descanso olvidadas del verde,

notaremos que el vacío no es tal, sino él, sino nosotros,

sino lo entero o todo, lo único…

Nos habló luego, con demorado afecto poético, de su acogedora morada. “Aquí en esta casa se leyeron los Sonetos del Amor Oscuro de Federico García Lorca, y aquí, en esos viejos tiempos me visitaban, cada domingo, como ya te conté, Pablo Neruda y su esposa, y de vez en cuando también Miguel Hernández y mucho, mucho Federico. ¡Tantos lindos recuerdos, sí!”

Nos mostró su selecta y amada biblioteca y los estantes dedicados a Stendhal y Balzac, próximos a los de Rubén Darío y Antonio Machado, envidiablemente ordenados con una prolijidad escrupulosa.

“Así es, todos venían aquí. A este lugar se lo llamaba La casa de la poesía”. Y entre los recuerdos que don Vicente guardaba con cariño entrañable, estaba el de ese domingo “en que con mis amigos, tras comer en el salón, tomamos una botella de coñac y, copita va, copita viene, Antonio Carvajal se tomó media botella y estaba que se le cerraban los ojos de sueño, un poco ebrio. Entonces yo le dije ‘tiéndete en la alfombra hijo, con el cojín, como lo hacía Miguel Hernández cada vez que me visitaba y se ponía alegre’. Eso hizo esa vez Carvajal y ahí durmió su siestecita”.

Al rememorar a Federico y a Miguel Hernández, recuerdo que casi se le quiebra la voz. “A esos amigos los quise mucho en vida, y los sigo queriendo en muerte. Pues cada uno era una bendición de persona en estado de pureza. ¡Y qué poetas, por Dios, qué poetas!”

Han pasado los años y la casa sigue siendo la misma. Allí llegué esta otra cercana tarde en compañías del poeta Alejandro Guillermo Roemmers, invitados por Alejandro Sanz, cuando la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre, dentro del ciclo Los poetas vuelven a Velintonia, realizó una especial convocatoria a la que asistieron Charo López, Rosa Torres-Pardo, Amancio Prada (que cantó algunos de los “Sonetos del amor oscuro” de García Lorca). También cantó Patxi Andión y hablaron Vicente Molina Foix, Francisca Aguirre, Aitor Larrabide, Juan José Sánchez Balaguer, Ian Gibson y María Amaya Aleixandre, sobrina nieta del poeta, entre tantas otras personalidades de la cultura.

Vosotros conocisteis la generosa luz de la inocencia.

Entre las flores silvestres recogisteis cada mañana

el último, el pálido eco de la postrer estrella…

¡Cuántos años han pasado desde aquella visita! En su devenir inapelable el tiempo nos lleva a reproducir formas yertas de los lugares que acompañaron a nuestras experiencias. Permanecen grabados en la memoria y surgen de manera casi sublime, aunados a la presencia humana que les dio calor y movimiento. Eso ocurre sobre todo con las casas, que en un principio, ya desaparecidos sus moradores, nos parecen tumbas donde el silencio y la soledad se han apoderado de los rincones que antaño parecían respirar. Sólo la evocación juega a nuestro favor y nos devuelve el eco de las voces que aún vibran en sus paredes; sobre todo en los espacios donde alguna vez habitó la poesía. Aunque ahora sombríos y en estado de abandono, misteriosamente se resisten al olvido y parecen reclamarle al tiempo la recordada grandeza de otros días.

Pero hoy horroriza el hecho de que la casa de Vicente Aleixandre, Premio Nobel de Literatura 1977, se encuentre en tan pésimas condiciones, prácticamente derruida. Es una muestra del poco interés que parecen tener por un sitio tan histórico los políticos españoles. Otro tanto ocurre, me informaron, con el archivo privado del poeta, que casi abandonado no está a disposición de investigadores. “Lo más probable es que acabe en una universidad americana”, me asegura uno de los biógrafos del poeta.

La Asociación, por su parte, tiene por objetivo esencial “salvar la casa; aunque el problema es la falta de voluntad política y la ignorancia, porque muchos de los que forman parte de las administraciones públicas ni siquiera saben quién es Vicente Aleixandre”, afirma Sanz.

Antes de partir contemplé apenado la vieja casona y me despedí recordando aquellos versos de Vicente Aleixandre:

No importan los emblemas

ni las vanas palabras que son un soplo sólo.

Importa el eco de lo que oí y escucho.

Tu voz, que muerta vive, como yo que al pasar

aquí aún te hablo.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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