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TRIBUNA

Misterios de El Brujo

Natalia K. Denisova
sábado 17 de septiembre de 2016, 19:22h

Me alegro de que ya haya finalizado el espectáculo Misterios del Quijote representado en los Teatros del Canal, en homenaje a Cervantes y su don Quijote. Si Cervantes hubiera visto el homenaje que le ha rendido el embrujado Rafael Álvarez, El Brujo, con su espectáculo se hubiera vuelto a su tumba. Antes de ver esta representación, pensaba que sólo los analfabetos empedernidos o los arrogantes payasos se meterían con el Quijote, pero hete aquí que, en un espectáculo dedicado a Cervantes, dice el sobrado de El Brujo que “el Quijote es una mierda”. El Brujo, sí, para “hermanarse” con el público lo proclama en voz alta. El actor, subido en el escenario, es el único dueño y rey de la sala llena de espectadores. Puede decir cualquier salvajada y la gente calla. La decoración minimalista es compensada por la acción de un actor nato, pero que es la mitad de buen actor de lo que él se cree. Pero El Brujo cautiva al público. Uno puede estar completamente en desacuerdo con lo que le echan desde la escena, pero no puede mantener la risa y, finalmente, se rinde al embrujo de Rafael Álvarez. Un hechizo particular tiene este actor, pero que se repite de un espectáculo a otro, porque El Brujo es lo que es: un genial Lazarillo. A partir de aquí, puede interpretar a El Quijote, a Santa Teresa o a San Juan de la Cruz, siempre llega un momento donde el personaje central es devorado, sustituido por el genio del actor que a todos ellos, sus protagonistas, convierte en pícaros y golfos.

No ha sido una excepción el caso de estos Misterios del Quijote. ¿Qué hay en Misterios del Quijote de la obra de Miguel Cervantes? ¿Qué rescata El Brujo de ella? ¿Qué hacer con el Quijote en el siglo XXI? Pues, ni El Brujo lo sabe. Tiene buena intención el sólido actor de actualizar el Quijote, obra que cuenta con cuatro siglos de antigüedad, pero se pierde entre la actualidad política y los tópicos que rodean la obra de Cervantes. Así, el publico contempla como entre los galeotes aparecen Rajoy y compañía, como la escena de la venta es dificultada por problemas de tráfico causados por Carmena, pero a lo que más tiempo ha dedicado el Brujo es a desgranar la fina diferencia que existe entre “las mozas del partido” en tiempos de Cervantes y las mismas en tiempos actuales. Un monólogo muy instructivo y didáctico.

Pero más didáctico todavía ha sido el final de esta farándula, durante la cual los protagonistas, el Quijote y Cervantes, sólo se han asomado un par de veces al escenario y esto no les ha servido para salir muy bien parados. Ni uno era un genial escritor, ni otro fue un personaje apreciable. Una de las ideas, que quiso hacer llegar al público el Brujo, es que el Quijote era un personaje inspirado por un grupo de moriscos, apresados por la Inquisición. De la jerigonza que siguió después sobre el Quijote, una rosa, Jesús Cristo y el Santo Grial, no puedo decir nada porque la improvisación mal preparada, como se sabe, puede arruinar toda la actuación por muy buena que sea. Finalmente, pasada una hora y media del espectáculo, parecía que el Brujo se acordó de que fuera necesario darle fin a lo dicho antes con una sentencia sabia y rotunda. Y declaró: transmitid la palabra del Quijote aunque sea sin leerlo. Diría que es pura ciencia ficción trasmitir el libro sin leerlo, pero dicho con tanto ardor, casi me deja convencida de que sea posible tal tarea.

Muchas otras observaciones me quedan en el tintero, pero siguiendo el consejo de Sancho Panza, que “nunca se tome con farsantes que es gente favorecida” y “como son gentes alegres y de placer, todos los favorecen, todos los amparan, ayudan y estiman” (cap. XI, parte II). Don Quijote en las garras de este pillo-actor queda en poco, pero ahora me preocupa que el mismo calvario le espera a otro personaje: Santa Teresa de Jesús.

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