www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Otro encuentro con Hemingway

miércoles 28 de septiembre de 2016, 20:50h
Actualizado el: 28/09/2016 21:14h

No debe sorprendernos, pues, la índole de las preferencias literarias de Ernest Hemingway cuando refiere páginas ajenas. Allí aparecen, entre los célebres españoles (algunos creen que sólo le interesaban los toros), en primer término Cervantes, luego Pérez Galdós y Pío Baroja; ante este último fue a disculparse humildemente después que le otorgaron el Premio Nobel en 1954. Alguna vez comentó también que otro de sus paradigmas era Victor Hugo, y que de él trataba de imitar menos el estilo que su disciplina para la escritura. Como el autor de Los miserables acostumbraba levantarse antes del amanecer para iniciar su jornada de trabajo. Preferentemente escribía con lápiz y en unos cuadernos rayados de escolar con una caligrafía pequeña y tortuosa, difícil de descifrar. En esto se asemejaba a uno de sus más opuestos literarios, Jorge Luis Borges, cuyos originales asombran por sus minúsculas garrapateadas letras.

Pero, de lo último que me enteré, cuando hice otra visita a la Finca Vigía de La Habana (estuve el año pasado con motivo del viaje del papa Francisco a Cuba), fue que este hombre de acción era casi enfermizamente minucioso a la hora de publicar, un verdadero maniático como Flaubert. Pude ver una carta al editor Scribner, donde le pide paciencia porque aún no lo convence el comienzo de Fiesta, su novela más conmovedora; ese capítulo lo llevó a destruir más de quince borradores.

Hombre de acción por donde se lo busque, la vida de Hemingway no fue nada apacible y anduvo rondando siempre la muerte; no sólo en las guerras, que lo tuvieron como intrépido corresponsal, sino también por los deportes que practicaba (“extremos” como se los llama ahora) tales como la caza mayor, la pesca en alta mar, la aviación, el boxeo y hasta el toreo (ya que no vaciló en tomar el capote para ponerse frente a un novillo). Tampoco fue ajeno a los viajes arriesgados, los desarreglos conyugales, los placeres de la buena mesa y las irracionales borracheras. Recreó todas esas experiencias y alimentó sus cuentos, novelas y reportajes con dichas vivencias de una manera tan directa que, por lo menos en su caso, no hay duda alguna de que su obra literaria es, ni más ni menos, que una autobiografía apenas disimulada.

Fui apasionado lector de Ernest Hemingway en mis años de muchacho, pero luego mi trato con Borges, que lo aborrecía, hizo que me desinteresara poco a poco por su obra y llegué a creer que no era tan bueno como me había parecido. Hasta que volví a releerlo para poder escribir una monografía sobre él (cuando un autor soporta una relectura no caben dudas de que es un gran escritor). Confieso que me volvieron a conmover Adiós a las armas, Tener y no tener, Por quién doblan las campanas y París era una fiesta, ese delicioso volumen de evocaciones. Cuando concluí El viejo y el mar, quedé convencido de que ese breve libro era una obra maestra absoluta, una parábola literaria asombrosa a la vuelta de cada página, como Moby Dick, Cumbres borrascosas o Crimen y castigo, por citar tres ejemplosque mejor reflejan a la condición humana.

En ese revelador museo que es la Finca Vigía se pueden ver algunas fotos del anciano pescador que sirvió como modelo de aquel relato y lo que cuenta Hemingway a sus amigos en las cartas que lo refieren; a la vez que recrea -corrigiendo sin tregua- la odisea del viejo lobo de mar peleando con el remo a los tiburones que intentan arrebatarle el enorme pez espada que había conseguido pescar. Cabe agregar que Hemingway era, además, un compulsivo escritor de cartas; algunas son exhibidas en las vitrinas de su casa. Llama la atención su declaración de amor a Mary, la última de sus esposas, en la que se leen párrafos estremecedores. Como lo es, también, el apasionante intercambio epistolar con Francis Scott Fitzgerald; ambos desarrollaron una amistad de “admiración y hostilidad” mutua. Fitzgerald había publicado El gran Gatsby, Hemingway lo leyó, le encantó y decidió que su siguiente trabajo tenía que ser una novela. Poco después, cuando concluyó Fiesta, le hizo llegar el manuscrito a Fitzgerald, que le propuso cortes definitivos al original, a los que el empecinado Hemingway se resistió con argumentos casi irracionales.

Ernest Hemingway nació y se crio en Oak Park (Illinois). Siendo muy joven, apenas concluida la escuela secundaria, empezó a hacer sus primeras armas como periodista en el Kansas City Star; pero antes de cumplir un año en ese diario partió al frente italiano donde se registró como conductor de ambulancia durante la Primera Guerra Mundial. En 1918, fue gravemente herido y regresó a los Estados Unidos. Pero su espíritu aventurero lo llevó a embarcarse poco tiempo después a Europa para cubrir el arriesgado papel de corresponsal en el frente. Vivió de cerca -y desde bien adentro por cierto- las dos grandes masacres del siglo XX, además de otras guerras no menos espantosas, como la Guerra Civil Española. En 1944 estuvo presente y dejó apasionantes testimonios del desembarco de Normandía y de la liberación de París. Sus experiencias bélicas le sirvieron de argumento para su novela Adiós a las armas.

También luchó, al mismo tiempo, una permanente contienda contra sus fantasmas personales, tales como la neurosis, la decadencia intelectual, la impotencia y el alcoholismo, que terminaría derrotándolo cuando puso fin a su vida de un escopetazo en 1961.

Poco después de la publicación de El viejo y el mar en 1952, Hemingway se fue de safari al África, donde estuvo a punto de morir en dos accidentes aéreos sucesivos que le dejaron una secuela de terribles dolores y severos problemas de salud por el resto de su vida.

En Santo Domingo, donde estoy como invitado de la XIX Fil (Feria del libro), acabo de concluir la lectura –y siempre con inmenso placer- de esa otra joya autobiográfica que es Islas en el golfo, un libro afín con el Caribe, donde ratifica el mito creado en torno a él; y lo recrea con maestría literaria de empecinado aventurero, rodeado de sus gatos, pescando en su barco, siempre probándose a sí mismo. Resignado ante su destino, sosegado, con un estilo más apacible, es el otro y es el mismo que se lanzaba en paracaídas; aquel que cambiaba golpes en un ring con un peso pesado profesional, cazaba leones o toreaba novillos, se casaba y descasaba (“Yo no me enamoro, yo me caso”, afirmó iracundo en una entrevista), y, en los ratos libres que le dejaba esa vida agitada, consumaba sus relatos y novelas.

Uno de sus personajes expresa: El hombre puede ser destruido, pero no derrotado. A este tipo de héroe suele contraponer Hemingway una especie de antihéroe, como su conocido personaje Nick Adams, basado en su propia juventud, y que hilvana buena parte de los relatos como una línea casi novelesca.

No caben dudas que fue siempre un hombre torturado, con manías curiosas, como guardar todas las entradas de las corridas a las que asistió y todos los pasajes (de avión, tren y autobús) de los viajes que hizo por el ancho mundo, con períodos de paralizante depresión que trataba de conjurar con borracheras. Éstas sólo servían para hundirlo más en esa melancolía en la que lo rondaba el estigma ancestral del suicidio.

Siempre que visito su casa de La Habana salgo bastante apenado. Confieso que hubiera deseado que el Hemingway de la leyenda, el fabuloso aventurero paradigmático que contaba las cosas que vivía, fuera el real, y no el otro contradictorio personaje que luego de un esplendor brillante y transitorio, se convirtió casi en una caricatura de sí mismo y se mató porque ya no tenía fuerzas para seguirse inventando historias ni sostener su propia existencia. Quizá la explicación la dio él mismo, anticipadamente, en su novela Adiós a las Armas, donde el personaje reflexiona desesperanzado: “El mundo quiebra a los individuos, y, en la mayoría, se les forma cal en el lugar de la fractura; pero a los que no quieren dejarse doblegar entonces, a éstos, el mundo los mata. Mata indistintamente a los muy buenos, y a los muy dulces, y a los muy valientes. Si usted no se encuentra entre éstos, también lo matará, pero en este caso tardará más tiempo.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (9)    No(0)

+
1 comentarios