ORIENT EXPRESS
El Brexit y los trabajadores extranjeros
domingo 09 de octubre de 2016, 19:18h
El anuncio de que, en el Reino Unido, el gobierno estudia exigir a las empresas que elaboren listas de sus trabajadores no británicos, revela uno de los rostros más siniestros del Brexit: la desconfianza, cuando no el abierto rechazo, hacia los extranjeros. Junto a la desconfianza hacia las instituciones de la Unión Europea, la gran fuerza motriz de los partidarios de abandonar la Unión ha sido la xenofobia.
No reconozco al Reino Unido que aprendí a admirar.
Durante décadas, los españoles, los griegos, los portugueses, los polacos, los italianos y tantos otros han emigrado al Reino Unido igual que ingleses, escoceses, galeses e irlandeses del norte se han establecido entre nosotros. No creo que se trate de verdaderos problemas de integración. No se trata de culturas tan profundamente diferentes que se necesiten grandes esfuerzos para asimilarlas. Creo, más bien, que estamos ante un discurso populista que viene culpando a los extranjeros europeos del paro y el colapso de los servicios públicos británicos. La acusación es injusta, pero muy eficaz para distraer el debate de otros de mayor calado: el envejecimiento de las poblaciones europeas, la insostenibilidad de un Estado del bienestar ilimitado y creciente, las diferencias entre los flujos migratorios, etc.
Sin duda, es necesario ordenar los flujos migratorios, pero es un error verlos solo como una amenaza. La historia de España desde el siglo XVI es un constante flujo y reflujo de personas entre América y Europa. Esta diversidad ha dado a la humanidad esta comunidad cultural prodigiosa que damos en llamar la Hispanidad y que, felizmente, trasciende gobiernos y Estados para abarcar a la comunidad de los hispanohablantes. La Commonwealth, la Francofonía o la Lusofonía son otros ejemplos de riqueza acumulada por siglos de Historia en común. El Brexit y los populismos que ahora campan por Europa me parecen una traición a la mejor tradición de Europa.
Sí, sin duda hay problemas migratorios en Europa -en toda ella, desde Dublín y Londres a Atenas y Bucarest- pero la solución no puede ser regresar a discursos del siglo XX que sumieron a nuestro continente en sus horas más tenebrosas. Es necesario reforzar los mecanismos de integración de nuestras sociedades -especialmente, los sistemas educativos- y afirmar los valores y principios de las sociedades europeas: la dignidad intrínseca del ser humano, la libertad, la igualdad, la justicia, el imperio de la ley, la limitación del poder, etc.
El resultado del referéndum húngaro sobre la política migratoria -que se saldó con una participación insuficiente para que surtiese efectos jurídicos- mostró el rechazo de unas políticas impuestas desde las instituciones europeas que soslayan las singularidades nacionales de Europa. Las obligaciones humanitarias hacia los refugiados y los inmigrantes económicos que llegan a las fronteras de Europa deben cumplirse sin excusas y con generosidad, pero exigir a los Estados la aceptación de cuotas de extranjeros sin considerar sus propias tensiones internas, sus circunstancias económicas y los flujos migratorios que vienen recibiendo -piénsese en España con los llegados del norte de África y de Hispanoamérica durante décadas- es una irresponsabilidad. Esta imposición está arrojando a muchos europeos en brazos de los populistas y, en realidad, no resuelve ningún problema estructural de los flujos migratorios (los conflictos en el Oriente Próximo, por ejemplo).
Al final, entre irresponsabilidades, ligerezas y ocurrencias, llegó el Brexit para demostrar que así se allana el camino a los populismos. Después de décadas de convivencia, yo sería simplemente incapaz de considerar a los británicos que viven en España como “extranjeros”. La comunidad de valores, principios y formas de vida es tan extensa y profunda que -tomando la fórmula que era tan querida a Julián Marías- me parecerían, a lo sumo, forasteros.
Me niego a creer que los británicos se hayan vuelto xenófobos y racistas de la noche a la mañana. En el Brexit convergen errores y oportunismos políticos. Ahora bien, debemos pensar cómo revitalizar un proyecto europeo que da señales de agotamiento. No podemos seguir cerrando los ojos ante la señal de alarma de los populismos de izquierda y derecha. Si no se introducen cambios profundos, la Unión se irá divorciando cada vez más de sus ciudadanos, agobiados por una burocracia incomprensible y alienados por unas políticas que desconocen las realidades nacionales, que también son muy importantes.
Cada vez que voy a Londres visito el Museo Británico. Suelo pasar allí horas. En él se encierra el espíritu de ilustración, apertura al mundo y búsqueda del conocimiento que hizo grande al Imperio Británico. Sus colecciones atesoran muestras de todo lo valioso, admirable y bello que ha hecho el ser humano sobre este planeta. Esa vocación humanística hizo de Europa y Occidente el faro de luz que ha orientado las aspiraciones de la humanidad durante siglos. Las salas de este museo nos hablan de quiénes somos y de lo que somos capaces de hacer: cruzar océanos, desiertos, junglas y cordilleras en pos del conocimiento. Abrazamos la diversidad como un tesoro, no huimos ante ella despavoridos como si fuese un fantasma.
Mientras este espíritu esté vivo, la civilización occidental sobrevivirá. La xenofobia y el racismo que respiran bajo el Brexit -y que cada vez son más visibles en su superficie- son sendas traiciones a occidente y a lo que representa. Las garantías de que el Reino Unido sobrevivirá -y de que Occidente lo hará con él- deberían ser la solidez y la calidad de sus sistemas educativos, la robustez de sus tribunales y sus leyes y la estabilidad de sus instituciones democráticas. Estas listas de trabajadores extranjeros van exactamente en la dirección opuesta a lo que el Reino Unido y su tradición humanística representan en la historia de Occidente.
Ojalá los británicos se den cuenta a tiempo.
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Analista político
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
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