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TRIBUNA

La investidura sola no basta

Antonio Domínguez Rey
sábado 15 de octubre de 2016, 19:42h

El acto de investidura de Rajoy como presidente de Gobierno no basta. La situación es convulsa. Si no cuenta con palabra sólida de apoyo a una política de Estado, no de partido, su gobierno será corto. Asistiremos a sesiones parlamentarias de puro palabreo, una ósmosis de gesto y voz en constante exhibición de acusaciones y eslóganes. Lo que algunos denominan “postureo”. La retórica vana y hueca que nos acompaña desde décadas. El parlamento convertido en caja de resonancia, tonos de modulación convencional (kitsch) o bocetos baratos (sketches). Los diputados hablan en la tribuna del Congreso lo ya firmado en las juntas ejecutivas de los partidos. Simple eco refractario con alguna turbulencia.

En tales condiciones, la investidura será una farsa. Convierte el tiempo transcurrido desde diciembre de 2015 en regate de patio escolar y tomadura de pelo a todo el país. Hoy resulta posible lo que ayer se rechazaba con demonización política. Y es posible porque al PSOE le metieron un rejón en la hipodermis. Y ahora, dicen –no lo creo–, corre peligro de extinción o de convertirse en residuo social. Si algún partido se rehace y recompone como gato escaldado, con siete vidas, es éste, el socialista. Aprovecha todos los intersticios históricos para elaborar un discurso de ósmosis política con fino olfato de poder y circunstancia. Maestro en el oficio de crear imagen, arrollar a rivales y crear líderes de conveniencia. ¿Es otra la política de España?

La farsa encubre además un enorme vacío sociológico. La clase política se ha convertido en estamento que sobrevuela la realidad cotidiana de los ciudadanos especulando con sus votos en cada legislatura. Y los políticos temen no poder solucionar los problemas que esta situación origina en progresión geométrica. Desconfían de que los votos respalden mañana lo que ayer apalabraron. Las encuestas amenazan como puyas en los despachos de los líderes. El descrédito social aumenta la abstención y provoca un corrimiento imprevisible de votos. Dicen que el PP aumentaría su crédito. Tal vez. La oposición buscó minar esta confianza acorralando con insistencia al presidente en funciones. Pretendía que su partido lo sustituyera para tener campo libre y debilitar el apoyo que aún sustenta. Ganar tiempo, en una palabra. Y en ese intersticio aconteció el (e)rejonazo del PSOE. La ósmosis se producía por la base y en connivencia con el partido UP, otra simbiosis de polticofagia. Entonces reaccionaron los barones del PSOE con oportunismo diez y cuatro meses antes negado al partido con mayoría de votos (diciembre de 2015 y junio de anteayer). Esgrimen ahora el apoyo de Estado entonces inconcebible. Pura conveniencia de partido.

Esta estrategia es otro modo de ganar tiempo para recomponer las casillas del tablero descompuesto. Hace tiempo que el PSOE necesita hacerse el harakiri, y no para desaparecer en forma de autosuicidio, riesgo evidente, por otra parte. Sí como pena capital (Rodríguez Zapatero, Pedro Sánchez) por los errores cometidos y el desfondamiento que arrastra este partido desde las huelgas generales de 1988, 1994, y los escándalos Filesa de 1991 y Roldán, también de 1994, más la confrontación terrorista de ETA. Las huelgas ya desengancharon hace tiempo la “O” de las siglas del PS(O)E. Y los escándalos, la “S”. Ahora tiembla también la “E” de España. Filesa fue el primer y notable entramado ilegal de financiación millonaria de un partido. Llegó a ser el más rico de Europa. Un fraude en cierto modo consentido por un amplio sector de la población, pues en 1993 renovó en el cargo de presidente a Felipe González, quien recurrió al oportunismo de connivencia con los nacionalistas vascos y catalanes. Una situación en cierto modo semejante a la que vivimos hoy, pues el sector socialista de Alfonso Guerrera, numeroso en el PSOE de entonces, prefería a Izquierda Unida. Muchos de los problemas actuales vienen de aquellos tiempos. El escándalo de Roldán al frente de la Guardia Civil destapó el fraude institucional que minaba al sistema político. Muchos de los votantes actuales, especialmente jóvenes, no lo recuerdan o lo desconocen. La frivolidad que nos circunda corre un tupido velo sobre el pasado reciente y la demagogia de palabra e imagen, unidas, borra las estampas que nos sonrojan.

Una prueba de esta amnesia es el recurso, de nuevo, a Felipe González para desembarazar la situación creada en el partido socialista. Y a bandazos, proponiendo unas veces apoyar a la lista más votada con Rajoy como presidente; pidiendo, otras, su cabeza y la del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, para conformar a las partes; retornando a la evidencia democrática de las urnas. Y hay que agradecérselo. Vuelve el estadista…, rumorean algunos. Y el oportunismo, sin duda.

Es probable que la presidencia de Rajoy abra, si no hay sorpresas, un período parlamentario turbulento. Y que, sin embargo, gane puntos con ello la democracia. Pero solo alarga la convocatoria de elecciones por un año y meses, tal vez menos, como sucede en Italia desde el gobierno técnico de Mario Monti (2011-2013, año y medio) y el paréntesis de Enrico Letta (2013-2014, casi diez meses). La estabilidad depende del sentido de Estado de los dos partidos principales, PP hegemónico y PSOE recompuesto, más el apéndice de Ciudadanos y, probable, el PNV, otra vez el accesorio nacionalista.

El período de cohabitación larvada puede regenerar la ética fallida de la Transición democrática. El PP no quiere afrontar solo el sectarismo catalán y con el PSOE hecho trizas. Necesita el apoyo incondicional de este partido remozado para contener el independentismo y aplicar seguramente el rigor de la Constitución a la Generalitat de Cataluña si persiste el desafío de sedición ya declarada. Los sectarios catalanes aprovechan impunes la debilidad institucional y corroen la estructura política de España. PP y PSOE se necesitan para afrontar los nuevos recortes que Bruselas exige al gobierno que resulte de esta incertidumbre. De ellos depende en gran medida la economía del país. Y no sería extraño que Europa pida, llegados al límite, un ejecutivo técnico como sucedió en Italia con Monti. El futuro Gobierno debe incorporar a personas sólidas y responsables del espectro civil y no maniatadas por el espectro de los partidos. Ciudadanos que hablen libremente y expongan sin restricciones la situación real del país a sus habitantes. Pero si la situación es la temida –un desconcierto generalizado–, tampoco habrá remedio. Se impone un consenso de Estado. Y tal vez surja de ahí un nuevo horizonte político.

España tendrá que convocar más bien pronto nuevas elecciones. Y esto convertirá al Congreso en tribuna electoral. Perderemos más tiempo del que se cree ahorrar escorando ahora mismo las urnas. El pueblo español ha tomado nota de la situación. Presiente el futuro cuando la circunstancia lo requiere. Tiene la llave maestra del desbloqueo. Votó en las elecciones autonómicas de Galicia y el País Vasco el 25 de septiembre con sentido de Estado. Y aunque las diferencias comunitarias del resto del país no hacen extrapolable este resultado, la inquietud de la población exige a los políticos que la escuchen y sosieguen. Son varios los peligros que nos acosan. Atravesamos una crisis de estancamiento social evidente. Perdemos credibilidad en Europa. No aprovechamos bien el espacio político que en ella nos corresponde. Menospreciamos nuestra cultura y sus símbolos. Y creemos que la situación se sostiene por inercia. Hasta que nos reviente los bolsillos.

Si aplicamos a la Transición el principio retroproyectivo que el lenguaje revela al analizarlo, la memoria del tránsito supera al olvido que algunos pretenden. La retroproyección arroja un desfalco enorme de cultura y educación democrática. La corrupción que nos invade ya implica al sistema que disimula eliminarla. La hemos asimilado como rutina social. Y el revulsivo carece de horizonte, pues ha convertido la historia de España en amnesia.

Antonio Domínguez Rey

Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.

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