www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ESCRITO AL RASO

Amores y sueldos precarios

David Felipe Arranz
lunes 17 de octubre de 2016, 19:51h

Ha salido Cristóbal Montoro a la palestra con su cara de pendolista dibujado por Ibáñez y ha dicho que los españoles que ingresan menos de 300 euros al mes han aumentado un 19,6% desde el inicio de la crisis, especialmente el grupo de edad entre 26 y 35 años, que es cuando uno empieza a vivir: la juventud ya no es divino tesoro, sino hipoteca subprime y bono basura, y los poemas de Bécquer fueron sustituidos por los versos de Goldman Sachs, Merrill Lynch, Lehman Brothers y los Cuarenta Ladrones del rescate bancario universal. Porque el capitalismo hace sus asalariados y los despeña por el precipicio del salario mínimo interprofesional (SMI) –la miseria de 655,20 euros mensuales– y vamos cerca de los seis millones de españoles que no alcanzan ese irrisorio jornal, felices todos con la jodienda que nos hemos montado con la desigualdad. Tributar es fracasar, proclaman las celebridades de los “Papeles de Panamá”.

La dignidad salarial se nos ha perdido en la noche de los tiempos hispánicos, de la misma forma que los amores eternos se han convertido en una reserva sentimental fatigosa y ambigua. “Uy, yo un amor verdadero, pero qué dices”, nos decía hace poco –cerveza va y cerveza viene– una periodista entre Helen Lindes y Malena Costa, novia de un torerillo de Triana, que antes lo había sido de un futbolista, de un electricista, de un peluquero… y hasta de un repartidor de pizza. Amor con mozzarella. “A mí no me gustan las mentes complejas”, nos aclaraba por si nos quedaba alguna duda, pero no lo afirmaba en el sentido de Oscar Wilde, que adoraba los placeres sencillos porque eran el último refugio de lo complejo. No. Ella lo decía en el sentido de su futbolista enganchado a la Game Boy hasta el amanecer y del torerillo con sus tres o cuatro “novias” simultáneas, “de las de toda la vida”. Y a ella eso no le importaba porque asumía la derrota de lo efímero, el placentero intercambio de fluidos sin resentimiento, sin transfiguración en otra cosa que no sea un breve y amoroso lance que no vuele tan alto, tan alto que no le den a la caza alcance para, fieles a nuestros fracasos, evitar males mayores. Y se nos asignó la categoría de amante de la que muy diplomáticamente desertamos.

Entonces el amor verdadero pues mejor con impeachment y suplicatorio, mientras que el amor fetén, el que se lleva… mejor de mentirijillas, para pasarlo bien y echar el rato. O el grano. O la paja. O el grano y la paja sin drama stendhaliano, la discontinuidad sin lágrima. Y el cansancio de la chica pobre y humilde, el desgaste, el hastío en el sofá con el torerillo o el futbolista… El pasteleo de la simultaneidad, “mejor dos a la vez”, nos decía su amiga, metida hace años en el torbellino de la carne muerta, en el vicio solitario y masivo del amor digital, donde los corazones vuelan por Instagram, queridas mías, y ese flujo sin números clausus que no lo corta ni el polémico Premio Nobel a Bob Dylan, que siempre lo asociamos con Sam Peckinpah y del que no queréis hablar en este bareto infame de la calle Infantas a las tantas de la madrugada porque no lo conocéis. Samuel Beckett buscaba “la expresión de que no hay nada que expresar, nada con que expresarlo, no querer expresarlo”, escribe en Detritus; y en ese estercolero podemos dejar, sin mancharnos demasiado, vuestro amor en los tiempos del chat. Lindas. Coquetas. Tristes. Declinantes.

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha emitido un comunicado en el que informa de que una de las alarmas mundiales que ha saltado es la del deber de “sacar la pobreza a quienes ya tienen trabajo”. Pero eso a los hijos del PP, del PSOE y de papá no les afecta: ellos se casan en los Jerónimos, los ricos con las ricas, y en la noche de bodas practican posturas de ricahembra y de fijodalgo, con la suegra ciega a champán y con ese vestido color coral en la carpa de la hacienda y rodeada de chuchos porque el marido ya se ha ido con la secretaria a pasar la madrugá a orillas del Guadalquivir. Son casorios de mánager, triduos del cuché y entonces subcontratan a una agencia de catering cuyos camareros son doctores, químicos y matemáticos, como una reciente boda del famoseo, según nos han dicho los colegas de la tele. Esa rígida austeridad de Mariano y Luis, el ministro de los “derivados financieros”, eufemismo para no llamar robo al atraco.

Puede que con tanta precariedad el amor acumulatorio, el poliamor sin reposo y sin vergüenza del que hablan los veinteañeros y veinteañeras con tanta solemnidad no sea sino la respuesta del salario mínimo interprofesional que encuentran ante la nada y el hambre. Ningún reproche al respecto, que a falta de pan, buenos son polvos. Aunque sean precarios.

Twitter: @dfarranz
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (7)    No(1)

+
0 comentarios