www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Adrián y el azote de la maldad

Juan José Vijuesca
miércoles 19 de octubre de 2016, 18:19h

Ni soy taurino ni tampoco antitaurino. En tiempos acudí a plazas de toros como un espectador en busca de esa magia y de ese arte que pregonan los entendidos. Me declaro ignorante en la materia al no conseguir captar ni la esencia ni tampoco el virtuosismo que emana de esta valerosa profesión. Me retiré de los ruedos, o sea, dejé de asistir para dejar sitio a quienes en todo este mundo de la tauromaquia atesoran conocimientos y razones suficientes. Respeto, por tanto, a los que están a favor y también en contra.

Ahora bien, en el concierto de esta animosidad entre defensores y detractores, que ni entro ni salgo, lo que no tiene cabida es cruzar los límites de la cordura existencial. Confieso que mi fe en la especie humana pasa por el respeto de obra y de darle culto a la palabra; no entiendo otra manera porque he sido educado en ello y para ello, por eso me parece de todo punto execrable cuando leo a una antitaurina desear la muerte a un niño enfermo de cáncer que sueña con ser torero. Me refiero a ese niño de tan sólo ocho años de edad, llamado Adrián, que aspira a ser lo que el ideal de su corta edad le llama en aspiraciones. Todos hemos tenido esa misma edad, incluso la causanteen declaraciones y quienes la han secundado jaleando idéntica afirmación. Miren ustedes, a los ocho años uno quiere ser aquello que la imaginación te hace mover los sueños, por eso es tan importante ser un niño, porque a esa edad, por suerte, no te mueve ninguna ideología ni tampoco la maledicencia hacia ningún gremio ni asociación pública o privada. Ser niño significa ser feliz, por eso, si odio a la especie humana en alguna de sus vertientes es la de atentar contra la infancia.

El pequeño Adrián, como queda dicho, no solo tiene ocho años, también padece sarcoma de Ewing. Hoy quiere ser torero a lo lejos, es decir, el día de mañana, pero es posible que acabe siendo astronauta, fontanero, científico o tal vez el mejor de los investigadores. Quizás dentro de unos años de él dependa salvar vidas humanas, tal vez entre sus semejantes se encuentren personas que hoy desprecian su niñez envuelta en unas ganas de vivir que, a pesar de todo, miren por dónde, es el mundo del toro quien le está regalando la mejor de las terapias. Adrián vivirá para ser lo que él quiera ser y estoy convencido que lo hará para el no rencor a pesar de que los impresentables de hoy, los mismos que le agreden con maldad despiadada, antes que después, recogerán el desprecio de la miseria en que se desenvuelven.

Duele lo sucedido por varias razones. Primero, porque en España y en pleno siglo XXI es descarnado que alguien, supuestamente joven, en su derecho a ser antitaurino, siembre en el resto de la sociedad el escalofrío con tales aseveraciones. Segundo, duele y mucho, como no puede ser de otra manera, que determinadas voces hayan guardado silencio. Uno puede ser o dejar de ser, pero por encima de todo ha de prevalecer nuestra condición de seres racionales capaces de diferenciarnos de quienes se alimentan de la manera más aberrante como lo es la de atacar a los niños y a su tierna y desvalida infancia.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (21)    No(0)

+
1 comentarios