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TRIBUNA

España en Rubén Darío

miércoles 26 de octubre de 2016, 19:37h

En América, como en España, tuvieron lugar dos “épocas de oro”, dos auténticos renacimientos de la poesía. La desigualdad consistió, sin embargo, en que uno de ellos, el americano, tuvo un solo nombre, se llamó Rubén Darío, mientras que el español se llamó pródigamente Garcilaso, fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Calderón, Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, Góngora, Tirso de Molina y otros que con menos obra no desentonaron con los mencionados. Definitivamente precursores, los ilustres poetas de España conformaron con su retórica común más de ciento cincuenta años de puro y rotundo oro; en tanto que los americanos, con Darío al frente de su movimiento Modernista, alumbraron tardíamente hacia fines del siglo XIX y en los inicios y primera mitad del siglo XX, y dieron, en simultáneo, oxígeno a la nueva poesía peninsular, que apenas conservaba por esos tiempos un opaco brillo del añejo oro.

En consecuencia, cuando llegó Rubén Darío a España por primera vez, en el año 1892, el Romanticismo, que había producido pocos poetas de envergadura, languidecía, y el nicaragüense fue reconocido casi de inmediato como un genuino renovador. La decadencia en esa época alcanzaba a uno y otro lado del Océano; según Octavio Paz, que compara el Romanticismo español con el latinoamericano, éste último aún más pobre que el primero era “el pálido reflejo de un reflejo”.

Al darse a conocer Darío no tardó en sobresalir. Había llegado a España como secretario de la Delegación de Nicaragua a los festejos del cuarto centenario del Descubrimiento de América y de inmediato se vinculó con don José Zorrilla “viejo y pobre”, con Gaspar Núñez de Arce y con don Ramón de Campoamor. Se cuenta que en una reunión en su casa el anciano vate le hizo leer la décima que Darío le dedicara: “Capricho de viejo lindo y jovial”.

Éste del cabello cano,
como la piel del armiño,
juntó su candor de niño
con su experiencia de anciano;
cuando se tiene en la mano
un libro de tal varón,
abeja es cada expresión
que, volando del papel,
deja en los labios la miel
y pica en el corazón.

Luego el propio Darío reconoce que los tres tuvieron influencia en su primera juventud de poeta. Fue apenas un chispazo, pero sirvió para iluminar. “Ese muchacho nicaragüense algo tiene; sólo habrá que esperarlo”, profetizó don Ramón.

No se equivocaba; también otros verían en ese joven mestizo al gran renovador de la poesía. El mismo año, Juan Valera escribe a don Marcelino Menéndez y Pelayo: “El joven Darío es natural y espontáneo, aunque primoroso y como cincelado. Es un muchacho de 24 a 25 años, de suerte que yo espero de él mucho más, muchísimo. Lo veo como un gran precursor y me lisonjeo de pensar que llegará a la cumbre de la poesía en nuestra lengua”. El primer verdadero amigo español de Rubén Darío será Salvador Rueda, que ya lo proclama “gran poeta y divino visionario, maestro de la rima, músico triunfal del idioma”.

Pero es en la afrancesada Argentina donde prospera seriamente su teoría modernista. En 1896, desde París, llegará a Buenos Aires curiosamente como diplomático representante de Colombia y aquí conocerá a Leopoldo Lugones, también enorme poeta, que cuando se refería a Darío, decía, como recordaba Borges: “mi maestro y amigo”; aunque en rigor de verdad, eran compadres: Darío fue testigo de Lugones con Juanita González y padrino de su hijo. Dos años después publicará Prosas profanas y otros poemas. Y en 1897, Los raros, una colección de artículos sobre los escritores que, por una razón u otra, más le interesaban, y en el que no incluye –cosa rara- a su compañero Lugones. Casi tres años después, el poeta vio una posibilidad de regresar a Europa cuando supo que La Nación necesitaba un corresponsal en España.

En ese viaje Darío se hace gran amigo de don Ramón del Valle Inclán, el gallego universal, que en sus Sonatas había introducido en España la más bella prosa modernista. En compañía de Valle Inclán visita Darío los jardines de La Casa de Campo donde conoce a Francisca Sánchez, hija del jardinero de la mansión real; Francisca obsequia flores a ambos caballeros. Contacto que Darío no abandonaría nunca más.

Seguramente Dios te ha conducido
para regar el árbol de mi fe,
hacia la fuente de noche y de olvido,
Francisca Sánchez, acompáñame...

Otro íntimo de Darío fue el poeta Francisco Villaespesa; también los hermanos Manuel y Antonio Machado, a quienes agradece y los califica como “dos grandes poetas y sinceros amigos hasta la muerte”. Cabe señalar que la elegía de Antonio Machado a la muerte de Darío es conmovedora.

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,
¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?
Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,
corazón asombrado de la música astral…

Que en esta lengua madre la clara historia quede;
corazones de todas las Españas, llorad.
Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,
esta nueva nos vino atravesando el mar.

Agreguemos que Rubén Darío fue, además, amigo de escultores y pintores españoles; entre ellos está Santiago Rusiñol, y no tan amigo de Miguel de Unamuno, a quien calificó como “un académico aferrado a las viejas formas tradicionales y clásicas”. Por otra parte tenía Unamuno hasta prejuicios raciales hacia el nicaragüense, pues dijo que “bajo el sombrero de Darío asomaban las plumas”.

A principios de 1900 lo conoce a Juan Ramón Jiménez e inmediatamente se establece entre ellos una sólida amistad. En 1904, decepcionado de tantos aduladores y traidores, Darío le escribe: “Después de tantas decepciones solo me queda usted; y tres seres a quien querer”. Sin hacerse esperar, Juan Ramón le contesta: “Usted es el único gran poeta que hay actualmente en América y en España.”

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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