Tal cual y con el con qué del anterior martes se presentó en Madrid, exactamente en la juerguita del Círculo de Bellas Artes, la última novela de Arturo Pérez Reverte, de cuyo nombre ahora no me acuerdo y no voy a mirarlo en Google porque tengo prisa a la hora de escribir este artículo puesto que se me casa una prima esta tarde en Formentera. Da la casual que a la misma hora pero en lugar distinto yo también presentaba mi última novela, “La escritura negra de los lirios”, la cual y con el también de Raúl del Pozo y Antonio Miguel Carmona, dos caballeros de estos madriles desperdiciados por las tardías culturas de brocha gorda. Vino casi nadie a mi presentación. Ahí estaban María España, viuda de Umbral y duende mío, lo mismo que Carmen de la Vega, quien me saca estos artículos lustrosos y de buena mano aquí en “El Imparcial”. Había también otro joven con el que al terminar la contienda Raúl y yo nos tomamos unas cicutas. Madrid es el traspié del fracaso, siendo dicho mal una señal de victoria, pues que organizamos todos una charla que a mí me bastó para agrandar mi ego y mi fisiognomía. Raúl y Carmona estuvieron admirables, solemnes, cachondos y cumpleañeros -yo cumplía esa noche otra vez los 18 años-. Una simple edad es la garrocha de todo un escritor.
Pero, como digo mientras voy diciendo, Pérez Reverte en el Círculo circular y amamantado de marquesas, poetas noctívagos y alastristes de madera me venció -como era de esperar- en esta fiesta del chivo que es la literatura. Los tres millones de madrileños estaban en Bellas Artes, mientras que en mi librería asomaba el crepúsculo desde la diminuta grandeza de una batalla perdida o ganada, quién sabe. Pérez Reverte, que tiene tras de sí a toda esa maquinaria de la promoción y el márketing y los agentes literarios y las grandes editoriales -la noche anterior yo lo había visto presentando su libro malo en la tele-, escribe como las once tribus de narices eran, varadura de best-seller y un novelismo histórico que ya da un poco de asco. La literatura en España no es que sea llorar, como decía el gran Larra, sino el pijotero aburrimiento de unos señores y señoras que han cogido por los huevos a unos lectores que hacen uso de la escritura como somnífero o como lavativa, purga o mariconeo. Madrid es el cementerio de las millonadas dentro del vallado del cunífero Corpus Cristi, como si volviera de nuevo Calderón de la Barca, a cuyo pie de la estatua de Santa Ana, una vez acabado mi festín sin fiesta, pero con honor y abundancia de walkirias, yo esperé a un amigo que venía en tren desde Soria.
Esa noche perdí la partida contra un fabulador, un mal inventor del lenguaje -del cual carece por ser todo historias y hormigas ortográficas-, pero yo sigo a lo mío, en este fracaso victorioso de un escritor de provincias que no deja ni un solo día de intentar renovar la literatura desde la heterodoxia, la originalidad, -no son palabras mías, sino de la crítica a mi obra-, la sintaxis liminar, la cultura agropecuaria, el adjetivo sorprendente, el verbo rabioso y la polla enhiesta como en los clubs de Chueca. Ha ganado otra vez la superficialidad. Y así vamos andando en España hasta que los sexos impongan el cigoto de los nuevos descubrimientos. Regresé a mi tierra en avión sabiendo que siempre fumaré solo dentro de las neveras.