Estamos, no podemos negarlo, sumidos en la nube populista, hablemos de Europa o de América o, hasta cierto punto también, de España. Me parece que son dos los rasgos que predominan en esta situación, se trate de la simplificación en el análisis, que acaba en una descalificación del sistema, o de la rotundidad en la respuesta, apostando por la demolición y el comienzo desde cero, negando posibilidad alguna de rectificación y enmienda al orden democrático. En suma una actitud de brocha gorda, que me parece rematadamente equivocada. Lo que yo recomendaría es honestidad en el examen, llámenle si quieren radicalidad, y valentía en la resolución, aunque sin superar ni los límites ni los procedimientos del referente en que nos movemos.
La descalificación del sistema político democrático, como tinglado institucional falso y esencialmente corrupto, que plantean muchos de los líderes políticos en la actualidad, y que es la actitud de Trump, no puede compartirse. Con todos sus defectos la democracia, tal como aparece diseñada en los sistemas constitucionales es una forma de gobierno razonable que respeta los derechos individuales de las personas, como exigencia obvia de su dignidad, y que parece un marco adecuado para resolver en orden y libertad los conflictos de las sociedades complejas y plurales de nuestro tiempo. Debe rechazarse la demagogia que denuncia irresponsablemente las deficiencias funcionales como taras insuperables del sistema. La alternativa al sistema democrático es la autocracia o la dictadura: un retroceso en la historia de la civilización que ninguna sociedad puede permitirse pues se trataría, como todos sabemos, de un regreso a experiencias políticas lamentables. Es importante que seamos conscientes que hacia esta situación sin horizonte conducen los ataques injustificados y las acusaciones sin fundamento contra el estado democrático, hablemos de América o de España.
La solución a los problemas de los sistemas democráticos, aparte de una reparación de quienes ocupando posiciones de autoridad no se han comportado de manera honesta, creo que no consiste en el contraste con una imagen ideal y simplificada de un tipo político deducido platónicamente, hablemos de una utopía o de un esquema establecido a tiralíneas: que maximizaría el principio medular democrático facilitando a todo trance la participación; o que acogiese una idea rígida de la separación de poderes; o asumiese una idea de los derechos fundamentales, reduccionista y aislada de los mismos obviando las exigencias para su ejercicio deducidas de la necesaria observancia de determinados límites; o que hiciese caso omiso de la inserción de los sistemas estatales en unidades de integración más amplias, de lo que se siguen ventajas pero también obligaciones.
Esta actitud política solo puede adoptarse desde la ingenuidad o desde el cinismo. La ingenuidad es síntoma de inmadurez y debe denunciarse porque denota una ineptitud radical; el cinismo implica mentira y manipulación y ha de rechazarse porque sobre tales bases es imposible construir nada útil para la convivencia. Las democracias constitucionales, por el contrario, deben entenderse como formas complejas en cuya configuración institucional han de jugar tanto exigencias, si se quiere decir así, teóricas, recurriendo al modelo constitucional correcto del Estado social y democrático de derecho que acumula una reflexión doctrinal considerable, y que para entendernos puede albergar un marco doctrinal en el que quepan desde Paine, el Federalista, Kelsen o Habermas; como experiencias históricas que permiten trasladar elementos institucionales de un Estado a otro. En este sentido las democracias son sobre todo formas políticas sincréticas, sistemas interconectados entre los que se produce una mutua influencia, de modo que determinados elementos institucionales que han resultado exitosos en un país pueden incorporarse a las estructuras políticas de otro. Podemos hablar si queremos de la utilidad del derecho constitucional comparado, con la observación de que la relación entre sistemas no necesita tener un alcance internacional, pues puede producirse también internamente, como ocurre en los estados descentralizados, como ahora sucede en el caso español, donde la experiencia autonómica puede resultar de interés en el plano general. La complejidad de las formas políticas constitucionales actuales, su sincretismo, puede ejemplificarse en el modelo propuesto por un autor francés al que ya me he referido en alguna ocasión. Hablo de Pierre Rosanvallon que señalaba que en los actuales sistemas, el principio democrático no solo se presentaba en veste representativa, sino a través de determinadas manifestaciones, complementarias si se quiere, pero con evidente legitimidad. Rosanvallon hablaba de las instituciones de imparcialidad, esto es, las administraciones, se tratase de la general o tradicional o de las actuales agencias independientes, las instituciones de la imparcialidad, o tribunales constitucionales, y las de proximidad, imponiendo la obligación de la cercanía al gobierno.
A la complejidad institucional de las democracias les acompaña también su correspondiente cultural que también naturalmente niega el populismo, que pretende partir de cero o refundar el sistema, sometiéndole a una situación, explícita o no, constituyente. Lo que horroriza a Marilynne Robinson en su contribución al número especial de la New York Review of Books al que aludía en mi anterior columna es la ignorancia por parte de Donald Trump del equilibrio en que la cultura democrática reposa, ocupando un lugar mediano en el espectro entre tradición y, dice ella, aspiración, esto es, la disposición a innovar o cambiar. Las instituciones necesitan para funcionar efectivamente una legitimidad histórica y una apertura a la innovación o el cambio. Esta autora pone el ejemplo del sistema electoral y la libertad de prensa. Si la participación no es una mascarada es porque hay una experiencia de elecciones libre que la avalan; si desacreditamos a la prensa se removerá la credibilidad de la libertad de expresión. Las deficiencias en el funcionamiento de estas instituciones solo serán reparadas desde su corrección concreta no desde su descalificación total.
Cuando aparece el populismo, que es una propuesta política simplificadora, mendaz y manipuladora, con oportunidades significativas es que la democracia está en serio peligro. Hablemos de la latitud que sea.