La corrupción por dinero es un nauseabundo tipo de corrupción, pero no es la peor ni con mucho la más grave. Tanto quien soborna con dinero como quien se deja sobornar merecen, sin duda, un castigo, pero mucho mayor castigo merece quien engaña con palabras. Los clásicos sostenían que comete una acción peor aquel que corrompe a un juez con un discurso que el que lo hace con dinero, ya que nadie puede corromper a una persona honrada con dinero, pero con palabras sí puede (vid. Cicerón, De re publica, 5.11). Por lo general, la corrupción no entra por la boca, sino que sale de la boca y entra en los oídos de los corruptibles. Gorgias se planteaba hace veinticinco siglos en la Defensa de Helena y el Palamedes hasta qué punto son las palabras que perturban el alma y las pasiones que ciegan la sabiduría y que tienen el vehículo de tales palabras las que corrompen al hombre o lo engañan; lo que luego haga el hombre corrompido o engañado es secundario. Lo primero es corromper al hombre con la mentira; la corrupción vendrá por añadidura. El hombre corrompido por las palabras está corrompido por entero, a fondo, el que lo está por la necesidad o las pasiones todavía puede salvarse si alguien lleva un poco de paz y tranquilidad a su alma a fin de que se deje guiar por su propia sabiduría libre de pasiones. El corrompido es inocente del mismo modo que lo es el forzado o el violentado. Es así que Gorgias comparaba las palabras con las medicinas. Y es que hay una analogía entre el poder del discurso respecto a la disposición del alma y el poder de las medicinas en la regulación de los cuerpos. Algunas medicinas eliminan de los cuerpos ciertos humores, y otras otros, y unas pueden hacer cesar el dolor, pero otras cesan la propia vida, así mismo, unos discursos pueden provocar pena, otros deleite, otros terror, otros disponen a los oyentes a la valentía, y otros, a través de una cierta persuasión política nefasta, pueden drogar y seducir el alma para siempre. La mentira, la palabra mala, y el engaño han sido siempre la fuente de toda corrupción. Ello lo atestiguarían, de existir, hasta los registros akásicos.
Las palabras buenas que anidaron en nuestra alma nos hacen buenos, pero las malas que como malos gérmenes dejamos anidar nos hacen malos y perversos. Y cuando en nuestro espíritu se enraízan como simientes fecundas tanto las buenas como las malas entonces somos espíritus anfíbolos, inciertos.
Pero las palabras no sólo nos corrompen o nos purifican, sino que también pueden hacer bien a otros o destruirles su honor para siempre. Cuando un periodista poderoso, potentia loquens, no contrasta la información que le llega puede convertir en corrupto a un hombre honorable, puede convertir con sus solas insidiosas palabras en un individuo peligroso a un santo varón. Nunca como ahora el valor de las personas y su honor lo deciden tanto los medios de comunicación, alzando sobre su pavés de papel al que quieren linchar o quieren ensalzar dependiendo de lo que se pague al medio o los intereses económicos del medio. También pueden silenciar nuestra actividad política o cultural, que es la forma más educada y delicada de enterrarnos. Uno se define socialmente no ya por lo que opinan los demás, sino por lo que los demás han leído en la Prensa, que adoctrina y no informa.
- Oye, en la televisión he oído que eres un ladrón, un asaltador de tumbas.
- Para nada es verdad eso. Ya te explicaré.
- No me tienes que explicar nada. Lo dice super Mr. X en la Televisión. Acepta tu destino, amigo mío.
Por eso hoy, con el triunfo de Trump, agriopo y listo como el hambre, estoy contento y alegre, porque es un hecho inaudito. A un hombre del que toda la Prensa, del Este al Oeste, ha dicho que es el demonio, que es el mayor impresentable, un antisistema, nunca siervo de la todopoderosa dictadura de lo políticamente correcto, machista irredento, fascista protervo, supino infumable, el trémulo pueblo americano le entrega el poder. Este hecho inesperado debería hacer reflexionar un poco a los Cuarteles Generales de la Prensa sobre el tipo de palabras que de ella emerge, casi siempre tan tendenciosas (y por ello amañadas con medias verdades o medias mentiras), tan injuriosas e insidiosas una veces, y tan hagiográficas otras, que está perdiendo el primer puesto en la configuración o conformación de la opinión pública. La derrota no prevista de Hillary Clinton, el cerebro de la llamada “Primavera Árabe”, con todo su rosario de muertos y martirios, ha sido la derrota de todos los grandes medios de comunicación, que no han tenido un seguimiento veraz en la larga campaña electoral, sino que sólo han sido expresión de hooligans iracundos, pontificando doctrinas incontestables y sublimes sobre política doméstica e internacional, pero que la “gente tonta” no ha sabido percatarse de su sublimidad. Esto sólo puede ocurrir cuando las palabras que anidan en nuestro espíritu – madres del fanatismo y el dogma – no nos permiten ver con claridad lo que nuestros ojos verían si les dejásemos ver.
El pueblo americano, profundamente cristiano, como siempre ha hecho, ha socorrido al candidato más perseguido, interpretando esta despiadada persecución implacable y gigantesca como el intento perverso del sistema imperante de eliminar la única esperanza americana que se opone a que las cosas sigan igual, y siga reinando la mentira. De todos modos el pueblo americano ha hablado, y el poder político de Donald Trump es ya legítimo. Quién sabe si la presidencia le hace un poco más educado y le enseña mejores modales, y acaba siendo uno de los grandes presidentes americanos. Deus id vellet.