Arnaldo Otegui afirmaba ayer mismo que “2017 será el año del desarme de ETA, le guste al gobierno o no”. Semejante absurdo es consustancial al personaje en cuestión. Si algo caracteriza tanto al propio Arnaldo Otegui como a la izquierda abertzale en su conjunto es un desmedido afán de copar protagonismo mediático.
Tras la última detención en Francia el mes pasado, se estima que apenas queda una decena de miembros de ETA “en activo”. Por suerte, la banda terrorista lleva ya tiempo sin asesinar ni extorsionar, pero ni se ha disuelto ni ha hecho entrega de sus armas. Tampoco ha pedido perdón a las víctimas; antes al contrario, sigue defendiendo su ejecutoria de casi 900 muertos y miles de heridos y desplazados.
Otegui no piensa muy distinto. Como miembro de ETA que es, ha cumplido condena por secuestro en una ocasión y por intentar reconstruir el brazo político de la organización terrorista en otra. Cuenta con el apoyo de Podemos y de gran parte del nacionalismo, siempre más cerca de los verdugos que de las víctimas. Pero sea como fuere, ETA es ya una triste reminiscencia del pasado. Y los únicos interesados en que siga “activa”, sin disolverse ni entregar las armas, son aquellos que como Otegui y la izquierda radical siguen contemplando el terrorismo desde una óptica “política”.