La versión más veraz y extendida que nos llega del pasado avala que la palabra “tertulia” tiene su remoto origen en Roma y proviene del teólogo Quinto Septimio Florente Tertuliano, presbítero de Cartago y uno de los padres latinos de la Iglesia Católica. Según es fama, para repudiar el marcionismo y defender la doctrina trinitaria, el polemista cristiano organizó una disimulada reunión en los fondos de una casa de baños públicos. En ese ámbito, mientras recibían la caricia del sol y se bebía el buen vino samnita, se charlaba animadamente sobre asuntos culturales y mundanos, o se aprovechaba para exponer ideas polémicas. Tertuliano, apasionado dialéctico, aprovechó las propicias ocasiones para difundir su polémico tratado contra Práxeas, el principal hereje monarquianista.
Pero la opinión general, sin negar esos remotos orígenes, señala que las “tertulias” se afianzaron en España y dan comienzo, tal como las conocemos ahora, en las academias literarias del Siglo de Oro, donde se destacó la dirigida por don Fadrique Enríquez de Riberal, Duque de Tarifa, que se reunía en Sevilla, en la Sala del Pretorio, de su Casa de Pilatos. Otros, no menos enfáticos, anteponen el Corrillo de los Nocturnos de Valencia. Aunque al mismo tiempo, también en Madrid, se hacía famosa la Academia Mantuana, donde Lope de Vega, frecuente animador, se dice que leyó ante un fastidiado Francisco de Quevedo, su Arte nuevo de hacer comedias.
Acercándonos a nuestra época, digamos que entre los finales del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX, toda España fue abundante en tertulias. Se recuerdan, entre tantas, una que hizo historia, la del Café Novelty, vecina a la Universidad de Salamanca, punto de encuentro de la vida cultural de la ciudad, donde los días jueves eran habituales las presencias de don Miguel de Unamuno y Carmen Martín Gaite, y cuando estaban de paso por esa ciudad, las de José Ortega y Gasset, Francisco Umbral y Gonzalo Torrente Ballester. También Granada tuvo la suya en la Plaza de los Campos, un café donde actualmente se encuentra el restaurante Chikito y cuyos animadores fueron Federico García Lorca y Manuel de Falla.
Otra de las tertulias memorables fue la del Nuevo Café de Levante, de Madrid, centro de reunión donde acudían personajes consagrados como los hermanos Machado, Pío Baroja, Jacinto Benavente, Azorín, y los pintores Julio Romero de Torres y Santiago Rusiñol, junto a jóvenes promesas y hasta escritores caídos en olvido. En palabras de don Ramón María del Valle-Inclán, que tenía allí su cenáculo, “el Café de Levante ejerció más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que muchas universidades y academias”. Cuando se cerró, alguien le regaló esta nostálgica coplilla:
Adiós Café de Levante,
adiós famoso café
tu historia aquí finaliza
por el dichoso parné.
Entrados en la década de 1920, el Café Colonial, de la calle Ruíz, consagró una tertulia que tenía como animador al políglota sevillano Rafael Cansinos Assens (celebrada por el joven Borges, asiduo concurrente durante su estancia madrileña en los años veinte), donde se daban cita pintores, artistas y famosos poetas extranjeros. Pero, quizá la más multitudinaria y rival de la anterior (no celebrada, sino criticada por Borges) fue la que comandó el tan vigoroso como genial Ramón Gómez de la Serna en el antiguo Café y Botillería de Pombo, de la calle de Carretas, a pasos de la Puerta del Sol; ésta llegó a ser la más difundida y consagrada de Madrid, perpetuada en un célebre cuadro de José Gutiérrez Solana donde están generosamente retratados todos los contertulios.
Aquí, de este lado del Océano, en Buenos Aires, a las tertulias se las llamó indistintamente “peñas” y desde la época de la Colonia, a imagen y semejanza de España, abundaron en diversos puntos de la ciudad gozando de un particular pintoresquismo. En 1893, apenas llegado a estas tierras, Rubén Darío fue uno de los precursores de las tan mentadas reuniones, que empezaron a celebrarse en las cervecerías Aue’s Keller de la calle Piedad y en la de Monti y Luzio. En esos sitios entrañables el poeta nicaragüense escribió buena parte de sus Prosas Profanas, y en unos versos muy sentidos los evoca:
Monti, Luzio y Aue’s son templos.
Allí se excluyen las políticas,
se muestran líricos ejemplos,
vuelan las odas y las críticas...
De esas tertulias, queda el testimonio de una empecinada bohemia cuyo paradigma fue el melancólico poeta Charles de Soussens, o sans-sous (sin un centavo), como cariñosamente lo apodaba Darío:
Soussens hombre triste y profundo,
Verá en Sión al Nazareno,
Soussens es el hombre más bueno, más bueno
del mundo…
Sin un lugar físico determinado, ya que se convocaba en distintos cafés de Buenos Aires y con un sentido menos polémico que bromista, animada por el doctor José Ingenieros, se creó hacia principios del siglo XX La Syringa, que reunía a personajes heterogéneos como el dramaturgo Florencio Sánchez, el político Alfredo Palacios, el aviador Jorge Newbery, y los escritores Leopoldo Lugones y José González Castillo, entre otros notables. No muy lejana en el tiempo, acaudillada por el publicista y político Alberto Ghiraldo, en un salón especialmente acondicionado, ubicado en el sótano del edificio, funcionó la tertulia del Café La Brasileña, de la calle Esmeralda, donde con abundantes banquetes se realizaban los elogiados “almorzáculos”, revividos en las plumas de don Alberto Gerchunoff, Roberto J. Payró, Juan José de Soiza Relly y los directores de la revista Nosotros: Alfredo Bianchi y Roberto Giusti. Pero las que más sobrevivieron fueron la del Café de Los Inmortales y la del Café Tortoni. Esta última animada por el pintor Benito Quinquela Martín y a la que concurrían figuras tan conspicuas como los hermanos González Tuñón, Carlos Mastronardi, Alfonsina Storni, Borges, “el Malevo” Muñoz y Francisco Antonio Loiácono, el popular “Petizo Barquina”, apodo que le puso el célebre bardo “Malevo” Muñoz, después de haberlo visto caminar rengueando. Allí, como si fuera poco, de regreso a casa después de sus tareas de gobierno, se hacía presente para tomar su cafecito y escuchar recitar algunos poemas, don Marcelo Torcuato de Alvear, a la sazón presidente de la República Argentina entre los años 1922 y 1928.
Continuadora de las españolas (que han sido muy bien registradas por el atento escritor Mariano Tudela en su libro Aquellas tertulias de Madrid), vale señalar la que sin duda más se destacó en Buenos Aires, convocada por el ocioso pensador Macedonio Fernández en la confitería La Perla del Once. Allí concurrían, los sábados por la noche, fervorosos asistentes entre los que se contaba el ya nombrado Borges, que le dio fama universal, y los escritores Gabriel del Mazo, Fernández Latour, Leopoldo Marechal, Scalabrini Ortíz, “Paco” Bernárdez, los hermanos Dabove y el pianista de jazz Enrique Villegas; contando, además -en su primer viaje a la Argentina- con la ilustre presencia de Ramón Gómez de la Serna, que le dedicó elogiosos párrafos en sus Retratos contemporáneos. Hubo otras tertulias, menos trascendentes (reveladas por la pluma del poeta Antonio Requeni, en su volumen El Cronicón de las peñas de Buenos Aires), que ya forman parte de la mitología porteña.
Aunque han menguado por lo apresurado de estas épocas, esos encuentros siguen siendo, tanto en España como en la Argentina, una saludable costumbre. Allí se reúnen, de manera informal y periódica, personas interesadas en el arte, la ciencia o la filosofía, para debatir, recrearse y compartir opiniones. Se considera que una tertulia de buen nivel puede ser un excelente instrumento educativo, ya que lo primero que se aprende en ellas es el sentido crítico y la tolerancia por las ideas ajenas. Además, en esos encuentros se fomenta la amistad, se estrechan las relaciones sociales y se enriquece la cultura de sus asistentes.
Entre las tertulias que aún se perpetúan en Buenos Aires, ya se ha hecho famosa, con más de tres décadas de permanencia, la que iniciara el bibliófilo uruguayo Washington Pereyra y ahora convoca el generoso y tenaz escribano Eduardo Scarso Japaze, que se reúne en la Sociedad Argentina de Escritores los días miércoles al mediodía y ya ha empezado a ser famosa con la sigla “M.M” (Mesa de los Miércoles). Es raro que un escritor español que esté de paso por la Argentina no recale en ella para leer algunos párrafos de su obra.
En Madrid, según nos cuenta Tudela, si las comparamos con la intensidad de otras épocas, obviamente han decaído; pero aún sobresalen las que se reúnen en el más que centenario Café Gijón del Paseo de Recoletos. Dos de ellas muy concurridas, convocan a poetas, artistas plásticos y consagrados profesores. En una noche, que ahora puede ser cualquier noche, nos deleitamos escuchando anécdotas y poemas bajo las sombras tutelares de los maestros Ramón del Valle Inclán, Rafael Cansinos Assens y el siempre ocurrente Gómez de la Serna.