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TRIBUNA

Maldita Educación

viernes 25 de noviembre de 2016, 16:23h

En este mundo de expertos de nada hay más expertos que de expertos en educación. Son legión los que toman la palabra para establecer criterios, objetivos, procedimientos adecuados para “la educación”. Nunca falta entre nosotros una ley – hoy la LOMCE – que les preste ocasión. Casi siempre se da por supuesto que la idea de educación es unívoca y evidente, como si todos los expertos dispusieran de un mismo concepto no discutible de educación y la cuestión se limitara a los medios para hacer del individuo un hombre educado.

Se nos dice que la educación debe formar ciudadanos, cuando al parecer forma empleados. Entiendo que quiere decir individuos dotados de una cualificación técnica, apta para el mercado laboral, en suma, empleables. Podría parecer preferible formar ciudadanos, porque no parece razonable formar empleables en un país sin empleo. En cualquier caso, no parece que una educación para el empleo, orientada por un desquiciado mercado laboral, haya logrado paliar el problema del paro. La producción global, deslocalizada y flexible supone un mercado de trabajo cuyas demandas son intrínsecamente inestables. ¡Y se quiere que este imprevisible mercado defina la forma y el contenido del sistema educativo! Algo parece tener que ver esa (des)orientación con una optatividad caprichosa que tiende a una formación a la carta o con la proliferación asombrosa de dobles y triples grados universitarios etc.

Pero la cuestión radica ya en hacer del problema del paro un problema educativo. Es otro caso de asignación al sistema educativo de la falsa capacidad de resolución de unos problemas que están muy lejos de su alcance. Del sistema educativo se espera que resuelva el problema de la llamada violencia de género, el problema ecológico y el demográfico, del sistema educativo se espera que genere una ciudadanía reflexiva y madura, una población emprendedora y activa… Pero tampoco es el del paro un problema propiamente educativo, aunque tenga alguna relación con el sistema educativo. Pero es que con la educación guarda relación la totalidad de las cuestiones humanas, de manera que reducir todas esas cuestiones humanas a cuestiones educativas es confundirlas en su genericidad.

Precisamente dicha genericidad, el carácter de universal antropológico de la educación, hace tan banales y fatuas las pretensiones de un disciplina presuntamente especializada en semejante genericidad. La pedagogía no circunstanciada de tantos expertos es, en el mejor de los casos, un discurso vacío. Por el contrario cuando la pedagogía se circunscribe a una sociedad, a una época, a unas materias e instituciones… entonces se resuelve en un momento de la historia de las sociedades humanas o en un momento de la estructura misma de las distintas disciplinas. Por tanto, podemos concluir que el que sabe de una u otra cosa sabe enseñarla, así como el que aprende una u otra cosa aprende a aprenderla. Obsérvese que el discurso hueco del experto pedagogo contiene siempre una importante cantidad de estas enfáticas y vacías replicaciones. Con esto no renegamos, evidentemente, de toda sabiduría en el arte de educar a los hombres, sino únicamente de la moderna pedagogía abstracta.

Pero los que piden una educación de ciudadanos – no de empleados – parten de una falsa distinción: la distinción entre empleados y ciudadanos. La ciudadanía es sólo el haz de una realidad cuyo envés es el trabajo, en correspondencia con la inseparable unidad del Estado y el Mercado. Horkheimer nos recordaba que el desarrollo del comercio y la industria, la supresión de los obstáculos que se oponen al libre juego de las fuerzas económicas “sólo puede ser asegurado por un poderoso aparato estatal”. El sistema educativo tiene como objetivo la formación de ciudadanos tanto como de trabajadores-consumidores, porque el sistema educativo constituye un elemento esencial de la máquina política o de un aparato estatal inextricablemente conjugado al Mercado. No se olvide que las fronteras abiertas del mercado universal amenazan hoy con levantarse nuevamente. Pero si pueden alzarse es porque el Estado no ha perdido unas prerrogativas que se dieron, acaso apresuradamente, por superadas.

Pero incurrimos en una grave confusión al no distinguir educación de sistema educativo. El sistema educativo – un sistema del Estado – tiene por objeto la formación de un ciudadano que habrá de buscar su lugar en el mundo laboral. Pero hay una educación que el sistema educativo presuponía como condición de posibilidad de su misma actividad. Esa educación anterior y elemental fue siempre responsabilidad de la comunidad, especialmente de la familia. Se trata de una educación de la persona – anterior a la ciudadanía o al trabajo – que las instituciones modernas no pueden proporcionar y que no puede proveer una comunidad extinta.

Sólo conozco un criterio de buena educación: es una buena educación aquella cuyos objetivos y recursos tienen como horizonte el fortalecimiento de la persona o, dicho de otro modo, un buen sistema educativo es el que se atiene a esa forma elemental de educación. Pero desaparecida ésta con la misma comunidad que la sostuvo, convertido el sentido común es opinión pública, cualquiera puede en conciencia declararse experto en cuestiones pedagógicas.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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