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TRIBUNA

Dioses de hielo

miércoles 30 de noviembre de 2016, 20:37h

El fallecimiento de una joven de 14 años recorrió días atrás los medios de comunicación. No por la magnitud de una tragedia cuya cotidianeidad la hace periodísticamente irrelevante. La noticia procedía de la victoria legal que ha permitido realizar su deseo de ser criogenizada. En contra se expresaba su padrastro, pero la madre apoyó los deseos de su hija. El juez se inclinó por favorecer la voluntad de la madre, que no pudo estar presente en el momento de la defunción por tener que atender a la preparación del proceso de criogenización.

La pérdida de la vida siempre constituye una tragedia dolorosa, mayor cuando el hierro cae sobre una vida joven. Son muchas las formas de afrontar el lance de esa ineludible derrota y la sabiduría humana ha formulado doctrinas y prácticas relativas al modo de vivir el inevitable ocaso. Las enseñanzas de académicos o estoicos, de epicúreos o cirenaicos entre tantas escuelas y orientaciones antiguas incluían, como un momento esencial de sus prácticas, el relativo al modo de encarar el final de los días.

Entre tantos regímenes y doctrinas presentes en la matriz antigua del viejo orden medieval, el cristianismo acabaría configurando la visión occidental de la vida y la muerte. Un cristianismo que – sin reducirse a ninguna de esas doctrinas – construiría una síntesis singular con aportes fundamentales de muchas de ellas. Los aportes de esas doctrinas serían refundidos a una escala nueva al converger con la religiosidad cristiana, al punto de constituir una comprensión del mundo, del hombre y de la historia que encontraba fundamento en una fe viva en el sentido trascendente de la existencia. Ese cristianismo supo llevar a nuevas fronteras las viejas cuestiones elaboradas por las muy diversas y profundas tradiciones filosóficas y sapienciales. El esfuerzo multisecular de definición de la dogmática y la tradición católica se acompasó con la constitución de la forma de vida común en que consistió la vieja Cristiandad occidental. Definida ante una extrema crisis de existencia, producto del triple acoso: magiar, normado y musulmán, la Cristiandad occidental se configuraría en el umbral del primer milenio.

La potencia defensiva de aquella comunidad universal cristiana permitió asimilar la fuerza magiar y normanda, aunque sólo logró rechazar – sin asimilar – a la potente civilización islámica. La estructura económica y social de ese orden medieval se conoce como feudalismo desde que este término fuera puesto en circulación por una modernidad definida en su contra. Pero de un modo u otro, positiva o negativamente, aquella filosofía teológica ha seguido determinando, apenas hasta hoy mismo, la concepción de nuestro lugar en el mundo.

Sin embargo, actualmente, ese occidente, que el curso de la modernidad convirtió en postcristiano, ha comenzado a no merecer siquiera ese título. Ajeno enteramente al cristianismo, el occidente secularizado alcanza una nueva fase que parece haberse deshecho ya de toda relación con la Vieja Europa. A la secularización le sigue un laicismo pleno, de manera que anhelos, que se dirían inherentes a la condición humana, se expresan hoy en formas completamente ajenas a la vieja tradición cristiana.

La joven ya criogenizada quiso “vivir y vivir más tiempo” y acudió al sueño científico y tecnológico con su vieja promesa de inmortalidad. La diosa Razón, cuyo referente real son las ciencias y tecnologías, promete una asombrosa inmortalidad. Una inmortalidad egoísta y totalmente naturalizada que esconde mal su feo rostro. A veces ese rostro se muestra en las palabras de los grandes profetas del milenarismo racionalista, R. Kurzweil es uno de los grandes propagadores actuales de la promesa, falsamente salvífica, de una inmortalidad conquistada científicamente: “Nuestra inmortalidad estará en nuestras propias manos, podremos vivir tanto como queramos (que es un poco diferente a decir que viviremos para siempre)…”.

Terrible inmortalidad que se presenta como una condena a vivir: poder vivir indefinidamente y no querer vivir más y tener que vivir. ¿Por qué no habrían de querer vivir siempre esos hombres inmortales? Me entristece pensar en una vida recuperada para ser rechazada, que esa joven fallecida pudiera recuperar su vida en el tiempo mitológico de la Razón, en la era de la realización plena del progreso, para desear entonces la muerte. Como los futuros superhombres de Ray Kurzweil cuya vida está en sus manos, pero no vivirán para siempre. Pero obsérvese que éste es ya el signo de nuestro tiempo. En las sociedades desarrolladas gozamos de una magnífica longevidad, pero al mismo ritmo en que se dilató nuestra esperanza de vida creció la tasa de suicidios o la pandemia de una melancolía depresiva. Ha crecido, en suma, la esperanza de vida desesperada, promesa ambigua como el sentido de la vieja consigna: el sueño de la razón produce monstruos.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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