Formas de ocultarse es un libro de Javier Cercas que reúne algunas de sus mejores columnas, conferencias, epílogos y ensayos. Prologado y ordenado por Leila Guerriero, el volumen no sigue un orden cronológico, pues lo que intenta mostrar es la vida del autor y su entorno (literario, familiar, deportivo) en sus distintas etapas.
“Hablar mucho de uno mismo es la mejor forma de ocultarse” es una frase de Nietzsche que sirve como antesala de lo que nos deparará este conjunto de escritos. Javier Cercas estuvo veinte años sin tomarse fotos porque se despreciaba. Por lo mismo, su interés por convertirse en escritor no respondía a un patrón de ambición: la escritura fue una forma de autoestima. Parte de este patrón autorreferencial lo hallamos en Formas de ocultarse, pues, en la gran mayoría de sus publicaciones refiere a él y sus contextos: un encuentro con Ringo Starr, un autógrafo de Roberto Dueñas, su admiración por Rafael Nadal, sus discusiones con quienes critican los libros de autoayuda. Estamos ante un escritor formado y contundente: “Un tipo con unas ganas tremendas de divertirse y una incapacidad espantosa para conseguirlo”.
Interesantes resultan los artículos sobre fútbol y tenis que encontramos en el libro. La admiración de Cercas por Nadal va mucho más allá de un interés deportivo, pues propone que las frases del tenista responden a un patrón filosófico que deambula entre Schopenhauer y los estoicos: “No hay que caer en grandes euforias ni en grandes dramas”, es una cita sobre la cual vuelve una y otra vez, no descartando en el futuro crear un libro que seleccione algunos pensamientos del tenista. En relación al balompié, Cercas confiesa haber sido de niño hincha del Real Madrid, pero que de adolescente se cambió al Barcelona. Nunca ha sido muy fanático, o más bien dejó de serlo la primera vez que asistió al Camp Nou, y un público más cercano al que asiste a la ópera que al que debería asistir a una cancha de fútbol, terminó de truncar la que podría haber sido su pasión.
Diversas anécdotas con Roberto Bolaño ilustran el texto. La más conmovedora y significativa resulta la confesión en donde aún se arrepiente de no haberlo acompañado una madrugada en que el chileno -sin expresar su miedo a la muerte- le pidió que durmiera con él. Por otro lado, gracioso resulta un encuentro con John Maxwell Coetzee en que ninguno de los dos sabía de qué conversar. Después de un largo rato en silencio, Cercas le confiesa que es un seguidor y un admirador de su obra, pero el sudafricano solamente asiente mediante monosílabos.
En un tono más ensayístico propone lecturas y relecturas sobre Borges y Cortázar. El primero lo entiende como un fantasma del cual a la literatura argentina le ha costado mucho desprenderse. Si bien es cierto que escritores como Puig, Fogwill y Aira han logrado deshacerse de esa mochila, hay un tufillo borgeano que pesa e inunda cada lápiz de los escritores argentinos contemporáneos. Interesante es la defensa que Cercas realiza de Cortázar. Atravesamos una época en donde el descrédito hacia el autor de Rayuela es cada vez mayor. Se dice que sus novelas y cuentos envejecieron mal, sin embargo, Cercas sugiere una lectura que se refiere al contexto en que fueron publicados y leídos sus escritos, sin ir más lejos, probablemente sin ellos Bolaño no hubiese sido Bolaño.
Detalles y quehaceres cotidianos también componen el volumen: calderas estropeadas, visitas al dentista, apologías de la siesta e intentos exitosos por dejar de fumar, conviven en un universo en donde también habitan la literatura y la política. Un escrito donde Cercas nos narra su vida, sus miedos y sus aficiones, es decir, está constantemente exhibiéndose y mostrándose con el objetivo silencioso de permanecer oculto.