Según el Principio 8 de la Declaración de los Derechos del Niño, “el niño debe, en todas las circunstancias, figurar entre los primeros que reciban protección y socorro”. Por su parte, el artículo 39.4 de la Constitución dispone que “los niños gozarán de la protección prevista en los tratados internacionales que velan por sus derechos”. Sin embargo, cabe preguntarse quién protegía a la niña de 12 años que moría hace pocos fines de semana victima de una intoxicación etílica. Recientemente, otra niña de 13 años ha estado a punto de perder la vida por idéntico motivo y, como ella, miles de preadolescentes convierten al alcohol en el referente de su ocio. Y ahora, con las vacaciones de Navidad, el tema puede ir a peor.
¿Qué está fallando? La nueva ministra de Sanidad ya ha propuesto una ley que dificulte el acceso al alcohol entre los más jóvenes, aunque no lo va a tener fácil a la hora de recabar acuerdos parlamentarios. Y es que, de unos años a esta parte, la izquierda española ha defendido y amparado el nefasto fenómeno del botellón, cuyos efectos han sido devastadores. En lugar de fomentar alternativas de ocio saludables -apertura de recintos deportivos municipales viernes y sábados noche, eventos populares sin alcohol, etc.- se han habilitado lugares para esta práctica, como en Granada, y se ha evitado su erradicación en aras de una supuesta “libertad”, a todas luces mal entendida.
Nada hay de malo -antes al contrario- en un consumo responsable. Y esa responsabilidad hay que inculcarla, tanto en el ámbito doméstico como desde los poderes públicos. Hasta hace pocos años, era impensable que alguien fuese con una bolsita recogiendo los souvenirs de su perro. Hoy, en cambio, miramos mal -con toda razón- a quien no lo hace. También con las imprudencias al volante sucede algo parecido, si bien aquí aún resta mucho por hacer.
Tardará, y los resultados serán de todo menos concluyentes, pero se puede hacer algo. Vaya por delante que el problema no es específico de España, aunque el nuestro sea quizá uno de los países donde un menor puede adquirir alcohol -y consumirlo en la vía pública- con mayor facilidad. Es imprescindible, pues, inculcar en niños y preadolescentes el rechazo social al consumo masivo e irresponsable de alcohol desde las administraciones locales, pues desde las familias ya se intenta hacer.
Eso pasa en primer lugar por declarar la guerra al botellón. La labor de prevención debe pasar también por colegios e institutos; lo cual, por cierto, sí que es “educación para la ciudadanía”. Ahora bien, mientras se siga bebiendo en espacios públicos -muchas veces habilitados para ello por los propios ayuntamientos- sin control alguno y se siga confundiendo libertad con irresponsabilidad, el problema persistirá.