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TRIBUNA

La Argentina o el yugo de las corporaciones (I). Ante las puertas del purgatorio

martes 20 de diciembre de 2016, 20:28h

Todos los sociólogos y analistas políticos están de acuerdo en que las puertas del nuevo mundo están abiertas hacia inminentes peligros. Los más optimistas podrán pensar que la modernidad, con un noble criterio humanista, su cientificismo y su poderosa tecnología irá adecuando el sombrío panorama a los vertiginosos cambios; los pesimistas sostienen, por su parte, que estamos ante las puertas del abismo y que el infierno espera a la humanidad. Sin embargo, aunque con argumentos antagónicos, ambos creen que en definitiva se está cerrando una puerta y -aún confusamente, tímidamente-, se intenta abrir otra que aún no nos revela hacia dónde desembocará: si a una ancha autopista, a un camino en el desierto o a un estrecho sendero en medio del bosque. Esos estudiosos de nuestra época, reconocidos como benignos o demoníacos, no son más que los precursores de otros pronósticos todavía más confusos, que ni ellos mismos entienden. Todos, sin embargo, están de acuerdo ante ese desconcertante porvenir; por mi parte, yo asumo la culpa de coincidir con ambos.

Lo cierto es que el hombre y las corporaciones, o las “elites” (para usar un piadoso eufemismo) que los agrupan, carecen, en casi todo el mundo, de capacidad para pensar en el largo plazo y en ideas concretas. En cambio, se las ve diestras en la defensa de sus intereses sectoriales, que consisten, habitualmente, en aprovechar las prebendas que les ofrece el entendimiento con los poderes de turno. Entre la gente de empresa, beneficiarse con el patrocinio gubernamental es acaso una historia tan vieja como lo son los propios Estados. Esto se da en casi todo el mundo, pero me limitaré al caso argentino, que mejor conozco y más me espanta.

Empecemos diciendo que la Argentina, uno de los países más favorecidos por la madre naturaleza tiene en la región, desde el siglo XIX, una ancha puerta abierta hacia el abismo (“Como el espacio es infinito –sentenciaba Borges con lúcida amargura-, seguiremos cayendo infinitamente”). Nada más cierto, porque ¿cuál es el límite de la caída, cuál es el fondo del abismo? Ah, triste destino que se viene cumpliendo de manera inexorable.

Vayamos al hueso del enojoso asunto. En el camino empresarial, quizá todo empezó a fines del siglo XIX cuando los productores de la remota provincia de Tucumán, rica en caña de azúcar, lograron una tarifa aduanera protectora, que durante décadas defendió con eficiencia los privilegios de ese sector. Podríamos decir que allí empezó el primer gran lobby argentino que se extiende a nuestros días.

Instalados en el siglo XX, las corporaciones siguieron avanzando; el sindicalismo, otro sector clave de la dirigencia argentina, también se empezó a regir por el principio del reclamo sectorial al Estado. Sus objetivos fueron y son siempre los mismos y de corto alcance: mejoras salariales para los afiliados a sus sindicatos, e inmensas ventajas extorsivas para los dirigentes devenidos en una casta de beneficiarios que poco o nada tienen que ver con los trabajadores que dicen representar. Todo gira, por supuesto, en la corrección de ciertos obvios abusos; no en el cambio de los usos.

Estos privilegios se hicieron fuertes en el primer gobierno peronista, cuando se transformaron en la principal columna del poder, ejerciendo una hegemonía que contó con muy breves interrupciones durante las perversas dictaduras militares, que, como dice un tango “es mejor no recordar”. Sobrevivientes de cualquier gobierno, esta corporación registra casos de corrupciones extremas, que no vienen al caso mencionar, pues no alcanzaría esta columna y abrumarían al lector.

También es fácil encontrar defensas corporativas semejantes en cualquier otro sector de la sociedad y del propio Estado argentino, que van desde militares y jueces, hasta policías y políticos, o profesionales de la burocracia (como la elite diplomática y la subvencionada Iglesia Católica). En ese ancho espacio la puerta se abre y el charco salpica hasta el periodismo, la educación, la salud pública y privada y la cultura en manos de pequeños círculos que se promueven y se premian entre ellos. Todos, definitivamente todos, encontraron en la democracia el terreno adecuado para anidar sus excluyentes clanes. Como consecuencia, la elección de dirigentes se realiza según esta lógica y prosperan quienes mejor se adecuan a este patrón de comportamiento. La atomización es la regla para el enfrentamiento y, aunque no faltan las excepciones, es difícil encontrar entre estos sectores el impulso para articular intereses particulares en un proyecto colectivo.

Pero limitémonos al campo de la política (y de los políticos) que es el que conduce los azares o el destino del país en nuestro sistema democrático y representativo, y se expresa con debate abierto parlamentario, aunque ahora también se extiende al televisivo y al de las redes sociales. En esas “facciones” existen las correspondientes divergencias y las supuestas voces intransigentes, que convocan a la aniquilación del enemigo, con secretos pactos espurios no menos fraudulentos que ilusorios. Se me dirá: “Eso no sólo sucede en la Argentina, sino también aquí, en España, y en casi todos los países democráticos”. De acuerdo, pero en la Argentina alcanza un paroxismo que supera cualquier impunidad imaginable y hace que sea uno de los sectores mejor pagos, con privilegios y prebendas únicas. Por otro lado cuando se descubren los actos de corrupción, nadie va preso y si alguno cae entre rejas es un “perejil” (palabra lunfarda que alude a los siempre predispuestos y vulgares testaferros).

Si hacemos un poco de historia, podemos ver que hacia fines del siglo XIX, la construcción de una nación a imagen de las más progresistas del mundo, se dio saludablemente dentro de una coincidencia progresista y liberal, con amplias puertas a la inmigración europea y al desarrollo productivo, que casi siempre facilitó coherentes acuerdos beneficiosos para el país. Esa preclara elite, se llamó Generación del 80 y prevaleció por sus valores intelectuales, incorporando a la gente más ilustrada para conducir los destinos de la República. Durante un tiempo, que se midió en décadas, se llamó a la Argentina “el granero del mundo”. Pero ese clima tolerante, quebrado a veces por un irrespetuoso anarquismo intransigente, empezó a cambiar a mediados del siglo XX, cuando el fanatismo ideológico y mercantilista de una interesada política se convirtió en una suerte de virtud. Las posiciones dogmáticas pasaron entonces a dominar un debate clave, que alcanzó hasta la definición de la nacionalidad, marcado por dos voces poderosas, convertidas después en corporaciones. Una de ellas, la del Ejército, la ancló en un territorio limitadamente nacional, mientras que la otra, la Iglesia, con consignas misericordiosas, definió la república como una “nación católica”. Así, a partir del primer golpe militar de 1930, ambos poderes estructurales conformaron juntos una alianza poderosa como lo fue el “nacionalcatolicismo”, que encontró buena acogida en un mundo signado por la corporativa presencia internacional del fascismo.

Luego, radicales y peronistas, dos formas menos adversas que coincidentes de populismo, le agregaron un nuevo condimento que intentaba expresar al entonces denominado “pueblo nacional y popular”. El caudillo Juan Domingo Perón, militar de carrera, con elementos decorativos distintos a los de Hipólito Yrigoyen, regente del Partido Radical, su principal antecesor, alcanzó la presidencia por la vía democrática y se transformó en el líder que se enfrentaba a una oligarquía multiforme. Ese “populismo nacionalista” ejercido por Perón fue democrático, plebiscitario, autoritario y antiliberal, todas esas cosas juntas y, además, con tendencia al unanimismo y a la dictadura. Desde entonces, la cultura política de la Argentina se caracteriza por su facciosidad, y quienes creen en el pluralismo y en las genuinas instituciones conforman una insuficiente minoría, casi sin presencia popular o parlamentaria.

La Argentina de los últimos setenta años es un pavoroso ejemplo de entropía, ese desorden insuperable de un sistema que muestra cada intento de frenar o de querer volver al estado anterior, en este caso al de la rotura del país; la entropía aumenta, como la vaca empantanada que se mueve para salir del pantano y sólo logra hundirse más en el lodazal.

Una de las perplejidades que nos produce la lectura del estremecedor último día de Sócrates, es que este hombre, que sabe que va a morir, está discutiendo algo que es un tema abstracto; lo que quiere saber es si más allá de la cicuta seguirá de algún modo viviendo. El lúcido filósofo pasa así del razonamiento a la alegoría. Luego será Platón, su más preclaro discípulo, el que introducirá al “pensamiento mitológico” (que es también el onírico) el llamado “pensamiento lógico” (que es el de la vigilia). ¿Despertaremos algún día para asomarnos a la gran puerta del entendimiento común y ecuménico, o encerrados en nuestras corporaciones habremos puesto otro cerrojo a la aspiración de un mundo mejor?

Nuestra sociedad aún no ha descubierto si pertenece al género realista o al género alegórico. Los antiguos y los hombres medievales daban por hecho que el mundo tiene dos caras; nosotros comprobamos, cada día, que tiene miles de caras y se refleja en una sola, la corporativa. ¿No seremos un Jano desfigurado, sin rasgos que nos definan?

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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