Que 6 millones de judíos fueron exterminados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial es algo de sobra conocido. No lo es tanto, sin embargo, el hecho de que entre esos nazis hubiese dos divisiones de las SS nutridas de voluntarios musulmanes, y que algunos de ellos formaran parte también de la maquinaria de campos de exterminio. Su artífice, un palestino: Haj Amin al-Husseini, Gran Muftí de Jerusalén y uno de los mayores criminales de todo Oriente Medio. Su “labor” jamás mereció reproche oficial alguno. Por contra, la semana pasada, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas mancillaba la memoria de las víctimas de aquella barbarie con una declaración de condena contra Israel, poniendo así en bandeja a los terroristas de Hamas un arma propagandística casi tan dañina como las bombas que lanzan contra las escuelas israelíes.
Vaya por delante que no comparto para nada la política de asentamientos llevada a cabo por Benjamin Netanyahu. Creo que es una torpeza y que, desde luego, no soluciona nada. Pero de ahí a llevar este tema al Consejo de Seguridad media un abismo. Principalmente, porque todavía no he visto una sola muestra de repulsa hacia la llamada Intifada de los Cuchillos, por la que extremistas musulmanes degüellan impunemente a niños y adultos israelíes, cuando no los atropellan, los tirotean o los bombardean.
Israel está rodeado. Al norte, terroristas de Hizbolá. Al sur, Hamas. Y en Cisjordania, un poco de todo. Es verdad, la gran mayoría del pueblo palestino es pacífica, y sería muy injusto meterla en el mismo saco de asesinos y extremistas. Pero la realidad es la tozuda: cada vez que hay algún enfrentamiento, suele empezar con el lanzamiento de cohetes contra objetivos civiles israelíes o agresiones de diversa índole. Israel se defiende; va en ello la vida de sus nacionales. Ciertamente, más de una vez lo ha hecho extralimitándose en la fuerza, aunque también hay que entender el hartazgo que supone décadas de atentados.
Rusia está llevando a cabo un genocidio en Siria sin que, hasta la fecha, haya recibido condena alguna. Que es, por otra parte, lo que reclama su aliado al Assad. Estados Unidos -mejor dicho, Obama- ha traicionado al suyo absteniéndose en el Consejo de Seguridad. Nunca las relaciones entre Washington y Tel Aviv han sido tan tensas como hasta ahora. Es más, diera la impresión de que la administración Obama ha priorizado atender al Irán de Rohani -irritando con ello al Islam suní, con Arabia Saudí a la cabeza- en detrimento de Israel. E insisto una vez más: discrepo tanto con la política de asentamientos como con algunas actitudes de la derecha israelí. Pero con lo que nunca podré estar de acuerdo es en legitimar el asesinato de civiles inocentes, que es lo que ha hecho la ONU al dar alas a Hamas. Una ONU, dicho sea de paso, más preocupada en potenciar el aborto que en defender la vida humana. Buena prueba de ello es su inoperancia a la hora de detener matanzas como las de Siria o Sudán del Sur, menos mediática pero igual de horrible. Poco importa si a quien se asesina es a judíos, cristianos o inocentes que aún no han nacido.