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ORIENTE EXPRESS

Los atentados de Bagdad y Estambul

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 01 de enero de 2017, 19:29h
Actualizado el: 01/01/2017 20:03h

El año 2017 ha comenzado con sendos atentados terroristas en Bagdad y Estambul.

En la capital iraquí, el sábado 31 de diciembre, dos suicidas se hicieron explotar en el mercado Al Sinek. Mataron a 28 personas e hirieron a otras 53. El DAESH ha reivindicado la autoría. En estos días, el ejército iraquí combate para arrebatar a la organización yihadista la ciudad de Mosul, que los hombres de Abu Bakr Al Baghdadi tomaron en junio de 2014. La respuesta de los yihadistas ante los avances del ejército ha sido, una vez más, sembrar el terror entre la población civil.

En Estambul, la noche del 31 de diciembre al 1 de enero, un hombre disfrazado de Santa Claus abrió fuego contra cientos de personas que celebraban el fin de año en la discoteca Reina a la orilla del Bósforo. Mató a 39 personas, entre ellos 19 extranjeros, e hirió a otras 69. Muchos saltaron al agua para salvar la vida. El terrorista logró huir y, mientras escribo estas líneas, las autoridades turcas lo están buscando. No ha habido hasta el momento una reivindicación formal. Algunos mensajes recientes del ISIS hacían referencia a Turquía como posible objetivo de atentados, pero hay que tener en cuenta que esta organización a menudo no reivindica los atentados que comete en países de mayoría sunní. En esto, hay una diferencia con Irak, donde la mayoría es chií.

Así, el año ha comenzado con dos baños de sangre en el Oriente Próximo.

Estos atentados -sobre todo los cometidos en Irak- suelen tener escasa cobertura en los medios de comunicación europeos. La distancia y la frecuencia se han aunado para que el sufrimiento de los iraquíes -que padecen el azote de los asesinos desde hace más de diez años- se olvide pronto en los informativos y las tertulias. Por desgracia, el dolor de musulmanes, cristianos y yazidíes, árabes y kurdos, apenas goza de unos segundos en los titulares. Tal es la perversa normalización de la barbarie que apenas es noticia. A veces, uno siente que solo hay verdadera noticia cuando los que mueren son occidentales.

Por eso, hay que recordar que la mayor parte de las víctimas de estos asesinos son musulmanes sunníes y chiíes y que, en esto, comparten un trágico destino con los cristianos, los yazidíes y las restantes minorías religiosas del Oriente Próximo. Del mismo modo que hay unos desalmados que mancillan el nombre de Alá matando en su nombre, hay centenares que mueren luchando contra ellos en nombre de ese Dios cuya Clemencia y Misericordia repiten cada vez que recitan la Basmala: “En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso…”. Así comienzan 113 de las 114 azoras del Corán y así se empieza el recitado de los 99 nombres de Alá, entre los que está Al Muyib, “el que responde a todas las súplicas”.

He tenido la inmensa suerte de pasar tiempo con musulmanes. He comido y bebido con ellos. Con ellos me he reído y he llorado. Hemos trabajado juntos. Sé que estos criminales no tienen nada que ver -¡nada, nada!- con los millones de creyentes que profesan su religión en paz. También sé que las sociedades árabes, desde Marruecos hasta Arabia Saudí, viven en este tiempo dolores de parto mientras afrontan algunos de los debates que han estado silenciados durante décadas: las desigualdades, la falta de democracia, las gravísimas carencias en materias de derechos humanos, la corrupción y la traición de las élites, el populismo… Esta transformación que se está dando en el mundo islámico es real, pero de resultado incierto. La educación en el odio y la exaltación del terrorismo en los territorios que controlan Hamás y Hizbolá son solo algunos ejemplos de los gravísimos problemas que afrontan las sociedades árabes. El terrorismo, tantas veces utilizado por los Estados que lo auspician en el Oriente Próximo, se ha convertido en una fuerza política poderosísima de la que ninguno se atreve a prescindir por completo. Las guerras de Yemen, Siria e Irak o el caos libio nos muestran el potencial desestabilizador de unas pretendidas revoluciones que terminaron secuestradas por los yihadistas. Esto lleva, incluso, a hacer lecturas sesgadas del pasado. No, ni Saddam Hussein ni Asad han sido jamás los garantes de seguridad y paz que, a veces, se cuenta en Occidente. Parte del actual laberinto del mundo árabe consiste, precisamente, en que jamás conocieron verdaderas democracias, ni Estados de Derecho, ni derechos humanos. No es que los tuviesen y les fueran arrebatados. Es que jamás pudieron disfrutarlos.

Otro de los nombres de Alá es “Al Adl”, “el Justo”. Yo creo que algún día todos estos asesinos tendrán que comparecer ante un Juez que les pedirá cuentas por los inocentes muertos y heridos, por la incitación al odio y a la venganza, por la propaganda y por el terror, por el inmenso negocio hecho a expensas del sufrimiento de millones de árabes, kurdos, persas, turcos, judíos… En una religión tan generosa en bendiciones y fórmulas de alabanza como el islam no debe de haber maldición lo suficientemente severa para estos asesinos.

Ante el horror, algunos descreen de Dios y ven en la religión la fuente de todos los problemas. Otros pensamos que sin la religión -sin las personas religiosas- será imposible acabar con el sufrimiento del Oriente Próximo. Si es cierto que los terroristas matan en nombre de Dios, también lo es que sus víctimas y quienes luchan contra ellos lo hacen con el nombre de ese mismo Dios en los labios. A Él se vuelven buscando justicia y a Él se encomiendan. En Él piensan cuando hacen frente a la desgracia con palabras que comprenden todo el ciclo de la vida humana: “De Allah somos y a Él hemos de volver (La Vaca, 156). Me resisto a creer que el Mal tenga la última palabra en nuestra Historia.

Tal vez por eso, no pierdo la esperanza.

Esta columna eleva una oración por las víctimas de los atentados de Bagdad y Estambul.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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