Luis Bárcenas volvía a comparecer nuevamente para declarar sobre el caso Gürtel. La versión ofrecida ayer difería de otras anteriores; algo que, por lo demás, entraba dentro de lo previsible. Las explicaciones del ex tesorero sobre el origen de su fortuna y las corruptelas financieras del PP han sido tan diversas como numerosas, lo que retrata a las claras su escasa credibilidad.
En esta ocasión, tocaba eximir a Rajoy de sus responsabilidades en la supuesta financiación irregular del partido, aunque nada asegura que en breve modifique esta postura. La estrategia de defensa de Bárcenas es, por otra parte, tan legítima como desesperada, igual que la de Francisco Correa. En ambos casos, sin embargo, hay una coincidencia tan real como significativa: los más de ocho años que lleva en el candelero esta causa.
Y es que la instrucción del caso Gürtel, al igual que la de otros muchos, tendría que haber sido mucho más ágil. Es un hecho que han primado intereses políticos a la hora de mantener la expectación sobre un asunto que erosiona -por méritos propios, dicho sea de paso- la imagen del Partido Popular, dilatando la fase preliminar de una forma inaceptable. Sirva como ejemplo la condena por prevaricación del ya ex juez Baltasar Garzón, cuya ejecutoria habla por si misma. En todo caso, que tipos como Bárcenas o Correa hayan tenido un papel tan destacado en la vida del PP revela hasta qué punto las cosas se hicieron mal en el partido, donde la responsabilidad de sus dirigentes va mucho más allá de la mera culpa in vigilando. Que dirigentes prominentes del PP sean o no culpables de un delito es un tema que, en su caso, deberá determinar la justicia, pero es evidente que son políticamente responsables y que hace mucho tiempo deberían haber dimitido.