El discurso inaugural del presidente Donald Trump acabó siendo la peor pesadilla para los políticos del mundo. Trump ha sido coherente. Trump no ha hecho nada más que reiterar sus promesas electorales: “Primero Estados Unidos”. Y eso lo llevará a cabo con medidas concretas para cumplir los próximos cuatro años. “El tiempo de palabras vacías se ha acabado”, anunció el Presidente. El día 21 de enero de 2017 empieza la política. Los defensores de la corrección política, es decir, aquellos que se esconden detrás de la ambigüedad y el cálculo electoralista temen la coherencia política de Trump.
Estás cumplen con las expectativas generadas. En efecto, antes de tomar posesión del cargo presidencial Trump ha conseguido más que cualquier otro presidente electo. Entre sus mayores logros Trump anunció en la entrevista concedida el 16 de enero (The Times; Bild) la permanencia de las grandes empresas dentro de las fronteras de los EEUU. Ford, Fiat Chrysler, General Motors, todos ellos han desistido de trasladar sus nuevas plantas a otros países. Trump subrayó que los EEUU no pueden permitir que las grandes empresas americanas se vayan a crear empleo en otros países para luego vender sus coches sin ningún impuesto en EEUU. “Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo de la capital de nuestra nación ha cosechado las recompensas del gobierno mientras la gente tenía que pagar el precio. […] Políticos prosperaron, pero el trabajo desaparecía y las fabricas se cerraban” subrayó Trump el día de su toma de posesión.
Merece la pena, pues, releer esa entrevista a dos periódicos europeos. Es absolutamente coherente con su discurso de toma de posesión. Trump en la entrevista anunció que es uno de los presidentes más pragmáticos y menos retóricos del último siglo. Eso es lo que ha reflejado su discurso del viernes. Son tres ideas clave de toda su política: fronteras fuertes, recuperación del ejército recuperado y protección del comercio. ¿Qué quieren decir estas tres medidas que dan pavor a la mayoría de los políticos y periodistas? Es muy sencillo de resumir de las palabras de Trump. Nadie se podrá beneficiar del estatuto de refugiado o de migrante, aprovechando la falta de control en las fronteras. Los militares americanos ya no van a la muerte segura, entre otros motivos, porque al antiguo presidente se le ocurrió anunciar el ataque a Mosul cinco meses antes de realizarlo. “Reforzamos las alianzas ya existentes y formamos las nuevas y unimos el mundo civilizado contra el terrorismo del islam radical, que erradicaremos de la faz de la Tierra.”
Y el tercer punto prioritario para Trump: el comercio justo prevalecerá sobre el comercio libre en caso de no ser beneficioso para su país, los Estados Unidos de América. Y si algunos ilusos creen que vivimos la era del comercio realmente libre, que se lo cuenten a los agricultores españoles que importan producción a Francia y al gobierno chino o japonés que ocultan las medidas proteccionistas bajo la mirada condescendiente de la OMC. Durante la entrevista Trump dijo que le parece fenomenal la teoría de las fronteras abiertas que defienden los conservadores y, sin duda, esto beneficia al comercio. Sin embargo, cuando las fronteras abiertas menguan la seguridad de los ciudadanos y el libre comercio causa un déficit de 805 billones, entonces la cosa se vuelve insostenible: “Me da igual si me llaman conservador o no, lo que quiero es que la gente siga con su trabajo”.
Sin embargo, hay un asunto clave en lo dicho por Trump. Hay un solo mensaje suyo que la progresía mundial no le va a perdonar: “La inauguración de hoy tiene un significado especial. Hoy no es mero traspaso del poder de una administración a otra, de un partido a otro, sino que transferimos el poder de Washington DC y os lo devolvemos a vosotros, al pueblo.” Eso no es populismo. Eso es democracia. Y que sigan ahora con la cantinela sobre el “imprevisible” Trump.