El tenista español asoma al resurgimiento en Australia. Por Diego García

El mejor deportista español de la historia ha amanecido en este 2017 de la mejor manera. Tras tomarse un respiro balsámico en el crepúsculo de la temporada pasada, en el que debía terminar de curar sus dolencias tanto psíquicas como físicas para mirar a la nueva temporada con más garantías, Rafael Nadal ofrece síntomas consistentes de rehabilitación (no como los chispazos insinuados en este par de años pretéritos), encajado ya como favorito para el Grand Slam australiano junto al que debiera ser su modelo de resurrección, Roger Federer -salvando las distancias y necesidades morfológicas de cada cual-.
El hecho es que la soltura y vehemencia rutilante con la que el manacorí ha disparado su ejecución en las pistas de Melbourne, sobre todo en los cuartos de final frente a uno de los púgiles prototípicos que mejor le han maniatado en sus últimos cursos de zozobra, evidencia una solidez que, al fin, susurra el advenimiento de un tenista más compacto y experto de aquel que acumulaba trofeos y reconocimiento con la naturalidad con la que conjugaba los milimétricos golpes de derecha y defendía cada pulgada del terreno hasta lanzar passings de highlight.
"He restado adelante y ha salido bien. No hay que apuntarse medallas ni sacar pecho ni nada, porque podía haber salido mal, pero he tenido la decisión de cambiar las cosas y es buen signo tener la mente abierta para querer hacer cambios", resumió toda vez que hubo eliminado al rocoso canadiense Raonic. Y pasaría a analizar la clave de su aparente firmeza en el repunte de su carrera del siguiente modo: "He estado muy bien, he sacado solido y bien en el segundo saque. La concentración y la actitud mental despierta en todo momento ha sido muy, muy buena. He aceptado los momentos complicados sin poner ninguna mala cara, ni nada. Y he luchado para el siguiente punto nada más".
Esta percepción, que ha pasado de puntillas sobre el análisis puramente tenístico -y aquella modificación que le lleva a forzarse más sobre la red, concentrarse en envenenar su primer servicio y recortar el tiempo y peloteo de los puntos en pos de estirar su magnetismo anatómico hasta un nivel competitivo parangonable al de las generaciones venideras-, representa el núcleo de la nueva estampa que presenta la leyenda.
El campeón de 14 Grand Slams, que ha arrancado este enero con diez victorias y una derrota, no accedía a las semifinales de un gran torneo desde que alzó su noveno Roland Garros en 2014, ha padecido una larga travesía por el desierto, sustentada por lesiones como terreno abonado para que germinaran males mayores. Y germinaron. En pleno vaivén físico, el mejor jugador del circuito, relamido dominante, comprobaba como su particular estilo rebosaba de los límites de la cancha, conduciéndole a derrotas que mermaban su confianza y ponían en peligro un estatus que terminaría por derruirse ante el lanzamiento de Djokovic, Andy Murray y compañía. Y la sombra más oscura que cabría como posible contaminante lo hizo: la cabeza demayor fortaleza del circuito colapsó.

En marzo de 2015, después de ser apartado del Masters 1.000 de Miami por Fernando Verdasco, el balear expuso su pesar sin disimulo: "No es una cuestión de tenis. Antes era capaz de controlar mis emociones, pero ahora me está costando mucho. No sé si tardaré una semana, un mes o un año, pero lo voy a arreglar". Nadal aseguró, entonces, que "físicamente estoy bien, ese no es el problema. Estoy mucho mejor que en Australia, mucho mejor que en Río y mucho mejor que en Buenos Aires. Pero tengo la sensación de que no tengo confianza en mí mismo, no saber cómo atacar la bola, cómo moverme o qué hacer. No sé, tengo que trabajar sobre los nervios y el dominio de mí mismo sobre la pista", confesó.
El nombre que enarboló la bandera del deporte español en los Juegos Olímpicos no estaba digiriendo el nuevo soplar de los vientos. Debía defragmentar su pedigree de aristócrata tenístico para localizar un punto básico y despojado de pompa y exigencia sobre el que volver a reencontrar la felicidad con uan raqueta en la mano izquierda. Como hizo Federer en su día. O Agassi. Entre rehabilitación y rehabilitación, Rafael se vio involucrado en una necesaria introspección de la que saldría su renacer o su depresión definitiva. Asumir un rol secundario (decidió renunciar a lapugna por el ranking en el reciente cambio de año) y trabajar desde ahí para un tótem no resulta digerible con un mero bicarbonato. Quizá no sea ni razonable. Sin embargo, el propietario del brillo y el asombro en el pasado lustro tenístico ha salido de ese debate interno y su rendimiento, de manera inexporable, se ha relanzado.
En octubre, con la ansiada medalla olímpica ya en su currículo, Nadal venía a esbozar una mejora reseñable en el tramo final de la temporada pasada a este respecto. "Ganar un partido por 7-6 en el tercer set ayer y ganar otro partido hoy en el 'tiebreak' del segundo, dos 'tiebreaks' sin perder un punto con mi servicio, es imposible si tú no tienes el control sobre tus emociones. Eso era algo que hace un par de meses habría sido imposible para mí", declaró en su participación en el torneo chino. Ya no le preocupaba la clasificación ni la percepción que el aficionado, crítica, esponsors y demás tuvieran de su decrépita inercia. La presión autoimpuesta se estaba disolviendo y el parón final parecería haber hilvanado las heridas restantes para devolver a la pista a un tenista más consistente y con más argucias en su raquetero que aquel que amalgamaba luces sin pestañeo.
Carlos Moyá, otro de los elementos que han entrado en la renovada fórmula de Rafael, ofreció su diagnóstico hace meses. "Evidentemente, es normal que Nadal tenga dudas, han sido unos meses duros con muchas lesiones. Estamos acostumbrados a verle regresar después de un problema físico y ganar, pero eso no es nada fácil. Para cualquier jugador es mucho más fácil recuperarse de un problema a los 20 años que a los 29 y Nadal no es una excepción. Ahora, en partidos igualados, no resuelve tan fácil como antes. A veces duda y se le terminan escapando puntos que antes ganaba". "Pero no me sorprendería que Nadal lo consiguiera. Para mí, lo que hizo en 2013 fue increíble: después de casi siete meses de baja por culpa de las lesiones, fue capaz de regresar y derrotar al mejor 'Nole' -en el US Open-. Si lo hizo entonces, no veo razón para que no lo vuelva a hacer ahora", pronosticaba su actual ayudante.

Lo cierto es que la distancia mental entre lo expuesto por el protagonista del texto tras caer en Wimbledon 2015 supera con creces a la esfera temporal. "Voy día a día, torneo a torneo. En un tiempo veremos dónde estoy, dónde puedo estar y dónde no puedo estar. Si seguimos así durante dos años más ya veremos", reflexionaba su versión más relativista. "Mi motivación es intentar recuperar el nivel de 2008 y 2010. Si no lo consigo no pasa nada, ya llegué a cinco finales aquí", explicó al marcharse del All England Tennis Club tras caer con el alemán Dustin Brown, 102 del mundo. "Voy a todos los torneos con la motivación correcta y trabajando bien. Me preparé bien para Wimbledon, ya que jugué en Stuttgart y en Queens y llegué a Londres con bastante tiempo. Pero así es el deporte, hay momentos buenos y malos. La vida continúa y mi carrera también", sentenciaba un jugador que este miércoles sonreía, como flotando, al tiempo que abrazaba a Raonic.
Hace un año -el 19 de enero-, Verdasco se interpuso en su camino y le apeó de Australia en primera ronda (7-6 (8), 4-6, 3-6, 7-6 (4) y 6-2, en cuatro horas y media). Su tío y entrenador, Toni Nadal, salió al paso y subrayó lo acontecido: "Rafa está afectado, es una derrota dolorosa en un torneo en el que queríamos hacerlo bien. No jugó demasiado bien y Verdasco estuvo muy agresivo en todo momento y fue justo vencedor". "Rafa llevaba tres o cuatro meses jugando bastante bien. Aquí habíamos entrenado muy bien pero la verdad que las cosas no salieron como esperábamos. Según avanzaba el partido la intranquilidad se apoderó de él". Los síntomas eran buenos pero no gozaban de cimientos suficientes. Ahora ha sobrevenido el fruto de tanto tropiezo y desconcierto.
"Este año llevo una buena dinámica, gané tres partidos en Abu Dabi, aunque no sea oficial, en Brisbane, dos y perdí uno, y aquí llevo cinco ganados. Son diez ganados y uno perdido, una dinámica positiva para mi y hay que intentar luchar para mantenerme bien mental y de exigencia, y ojalá que físico también", finalizó en sala de prensa este miércoles un deportista que poco a poco se está reconstruyendo desde un reflejo diferente al que le ofrecía el espejo meses atrás. Ese reflejo presionante que le hacía dudar hasta de cómo enfundar su raqueta. De cómo ocupar los espacios y jugar con la ambición posicional. Todo ello queda revestido como un mal sueño en este viaje por Australia en el que ha regresado la sublime mezcla de técnica, cabeza, agresividad y sudor reconocible.