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TRIBUNA

El exitoso abogado Frank Kafka

miércoles 25 de enero de 2017, 20:32h
Actualizado el: 25/01/2017 20:50h

Como devoto lector de Franz Kafka una de las primeras cosas que hice apenas llegado a la patriarcal Praga de comienzos de la década del 90, cuando se desprendía del régimen comunista, fue localizar su casa y luego visitar el cementerio judío de Olsany, ubicado en las afueras de la ciudad, donde está enterrado junto a sus tres hermanas (muertas en los campos de concentración del nazismo) y a sus padres.

Con su reposado río Moldava y sus morosas barcazas, que lo navegan incesantemente, con su medieval puente San Carlos, que lo cruza estremeciendo a los viajeros por una solitaria melodía de violín, con las torres de sus iglesias y su aristocrático castillo bohemio, con su remota sinagoga y el cementerio viejo en el centro de la judería, Praga se me ofrecía como una metrópoli grata y sobrecogedora.

Sin embargo, no fue fácil encontrar el cementerio de Olsany, ubicado en uno de los extendidos suburbios. Pero, como dice el refrán, “preguntando se llega a Roma”. Mis finanzas, por otro lado, no me permitían viajar en taxi, escasos y muy caros en esa época; de manera que el metro me dejó cerca y luego caminando llegué hasta el impresionante portal de hierro de la entrada, que me pareció más un jardín botánico que un camposanto.

En ese bosque, donde el verde es sólo una gama de tonos verdes, con árboles de todas las especies imaginables, y ya impuesto en mi cabeza el pequeño gorro ritual exigido a los visitantes, que los hebreos llaman kipá o yarmulque, empecé a caminar lentamente por los penumbrosos senderos hasta que tropecé, de súbito, con la modesta tumba de la familia Kafka, señalada por una lápida y sus correspondientes inscripciones, a cuyos pies el breve cantero de piedras la cubre como un discreto acolchado veneciano (esas pulidas piedras suplantan a las flores de nuestras costumbres y son depositadas a modo de ofrendas a los muertos).

El asombro, sabemos, es algo frecuente que se ofrece a cada momento y en todas las formas posibles; en consecuencia, quienes trasladan a la literatura los rasgos de ciertas situaciones se atienen de modo exclusivo a los enigmas de este universo tantas veces propenso a lo fantástico. De manera que lo sucedido, bien pareció una bella trampa urdida por el admirado artista de los apocalípticos símbolos.

Allí, ante la tumba de los Kafka encontré a una simpática pareja de jóvenes norteamericanos depositando un ramo de flores con una frase que decía: To Franz Kafka, master of lawyers, “A Franz Kafka, maestro de abogados”. Desconcertado, les pregunté si eran, como yo, lectores de su obra literaria. “No -me respondieron-, somos licenciados en derecho y estudiosos de sus trabajos jurídicos”. Lo cual, como es de esperar, me confundió bastante. Yo nunca consideré al autor de La metamorfosis, como un modelo para los hombres de leyes. “Es así –me ilustró la sonriente muchacha-. El doctor Kafka fue un brillante profesional de la abogacía y en nuestra Universidad se lo estudia también en esa faceta”. Me explicaron que como abogado de la compañía de seguros Assicurazioni Generali, donde se desempeñó durante pocos años, en el sector de seguros contra accidentes de trabajo, ganó un juicio memorable, con argumentos brillantes, que lo colocó entre los primeros abogados de la época, y que ese pleito es materia de estudio en algunas universidades de los Estados Unidos. A estos buenos amigos, además de la fabulosa revelación, les debo una fotografía que me hicieron llegar generosamente y aún conservo como preciado testimonio.

Aunque su literatura abunda en el infortunio y es una metáfora de la derrota, representada por Josep K., el inocente culpable de El proceso (que despierta una mañana acusado de un delito que desconoce y lo llevará a la muerte); o el señor K. de El Castillo (ese pobre infeliz que va de ningún lado hacia ninguna parte en procura de un sitio en el mundo cada vez más lejano, que es una quimera), al parecer, en su vida cotidiana Kafka no era un hombre ajeno a las llamadas formas normales de convivencia social, sino un perfeccionista en todos los órdenes de la existencia. Y tal vez un tanto obsesivo que, entre otras cosas, habría decepcionado a varias mujeres porque no lograba definir con claridad sus intenciones con ellas, y al enfrentar los hechos quedaba como un hombre raro y un tanto incomprensible. Quizá ese mito podría haber sido creado a partir de las narraciones sobre mujeres que estuvieron con él y lo conocieron.

Sabemos, también, por testimonios de sus contemporáneos, que fue un hombre simpático y elocuente, lúcido y hasta bromista, como lo describe su amigo más íntimo, Max Brod; quizá hasta un poco ingenuo y muy querido por sus compañeros de oficina. Según Brod, Kafka era un hombre de sonrisa fácil y con buen sentido del humor. Recuerdo haber leído en la biografía que le dedica, que, en una oportunidad en que estaba invitado a comer en su casa, se equivocó de sala e irrumpió atropelladamente en una habitación donde dormitaba el padre de Brod, que fue bruscamente despertado. “No se asuste, señor –se disculpó Franz con una sonrisa-. Considéreme como parte de su sueño.”

Para nosotros, sus lectores, la historia de Franz Kafka es, ante todo, la historia de sus libros, pero quizá no está de más registrar aquí algunos datos de carácter biográfico. Nació en Praga en 1883 en el seno de una conservadora familia hebrea y murió en 1924 en Kierling, Austria, a causa de las complicaciones de la tuberculosis. Su padre, Hermann Kafka, fue un representante de comercio que después de su matrimonio con Julie Löwy se estableció por su cuenta en Praga, donde empezó administrando un negocio textil que contaba con quince empleados cuando Franz nació y llegó luego a quintuplicarlo cuando fue adolescente. El próspero empresario, ya en esa época, utilizaba un grajo o ave de rapiña (kavka, en checo) como emblema comercial, que provocó la mofa de su hijo en una de sus ásperas cartas. El matrimonio, afianzado en la ciudad, pasó a formar parte de la alta sociedad. Acaso como resultado de su propia experiencia comercial, ese padre severo fue desde el comienzo quien marcó la pauta de la educación de Franz, insistiendo en la necesidad del esfuerzo continuado para superar todas las dificultades de la existencia y seguir sus mismos pasos; situación que el hijo no compartió y fue siempre motivo de conflicto. La madre, como suele suceder en esos casos, quedó relegada a un papel secundario en el aspecto educativo.

Toda la familia está enterrada en ese arbolado cementerio que yo visité aquella mañana y donde descubrí al insólito doctor Franz Kafka, el exitoso abogado de Praga.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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