La Unión Europea (UE) flota en el aire sin saber qué decir ante las iniciativas políticas de la nueva Administración norteamericana. A Trump le ha bastado una semana en el poder para retratar los grandes defectos de la política europea. Prestemos atención a la principal novedad que trae Trump a la política mundial, a saber, todo es negociable. El presidente de los EEUU es básicamente un negociador. No pone condiciones para llegar a ningún acuerdo. Es suficiente para alcanzar un pacto que sepamos claramente quién negocia y qué cosa oferta. El marco de negociación elegido por Trump es sencillo: “negocio con quien tenga capacidad de negociación y oferte algo con entidad”. ¿Logrará satisfacer esas sencillas coordenadas de tratos y posibles contratos la Unión Europea con EEUU? Lo dudo.
La justificación de mi escepticismo está a la vista de cualquier ciudadano. Fijémonos únicamente en esa preferencia de Trump a negociar todo con cada una de las naciones del mundo, que es respaldada, si no me equivoco, por la opinión mayoritaria de los países que viven en régimen de democracia en nuestro planeta. Trump revisará y establecerá relaciones con naciones bien definidas a través de liderazgos claros y precisos. La nueva Administración de EEUU da prioridad a las relaciones con naciones concretas y deja en un segundo plano cualquier negociación con entidades, “federaciones” y conglomerados de Estados-nacionales. Tres lecciones se derivan de modo inmediato de esa prioridad de la nueva Administración de EEUU que, lejos de haber sido explicada con grandes discursos retóricos, se ha substanciado en dos acciones sencillas: la salida de EEUU del Pacto Transpacífico y la entrevista que Trump ha mantenido con la primera ministra británica, Theresa May.
La primera lección es silenciosa, pero fácil de captar para quien sepa observar el espacio político sin gafas ideológicas: ninguna autoridad de la UE se ha atrevido a responder, cuestionar o, sencillamente, proponer una política distinta a la marcada por Trump. Ningún jerarca de la UE ha abierto la boca ante las acciones y propuestas de Trump, salvo unas jeremiadas del presidente de Francia en la cumbre de Portugal. He ahí el primer problema de la UE: no sabemos quién manda en Europa. O sea la UE carece de un líder con capacidad para negociar directamente con Trump. EEUU no tiene un interlocutor político en la UE. Eso lo sabe muy bien Trump y, por eso, se refiere a Juncker como un buen hombre, pero sin capacidad para negociar con el presidente de los EEUU.
No sabemos quién manda de verdad en la UE y, además, segunda lección que nos da Trump, somos incapaces de definirla en términos políticos para llevar a cabo un proceso de negociación con EEUU. Si no sabemos exactamente qué es la UE, difícilmente podemos ofertar a Trump algo claro y distinto que sea susceptible de negociación. En otras palabras, si la UE fuera una genuina unidad política supra o ultranacional, jamás se confundiría con algo similar a un conglomerado de tratados internacionales del que todos los firmantes pueden extraer algún provecho. Nuestro Ortega y Gasset, hace más de setenta años, nos mostró el problema con toda su crudeza: si no sabemos quién manda, desaparece la política. Se adelantó al gran problema de la actual Europa. La UE no tiene una sola voz, porque no es un Estado ultranacional ni supranacional. Es solo una agrupación de Estados-nacionales. Algo parecido a un espacio o ámbito de negociación de competencias normadas entre naciones, es decir, cuanto más fuerte sean las naciones, más ventajas sacarán del proceso negociador.
Más allá de deseos utópicos sobre un futuro “Estado Supranacional”, hoy por hoy, la UE no es, por desgracia, creíble para sus propios ciudadanos, porque no sabemos quién ejerce el poder. El surgimiento de Trump ha venido a recordarnos que hemos perdido, en los últimos lustros, cien oportunidades para construir un Estado Europeo. Nadie sabe muy bien cuál es el vínculo, el poder político, que une a la UE. El dominante afán de beneficio y “rapiña” de cada uno de sus socios ha desvirtuado el propio ideal de la UE, que no era otro, como manifestó Ortega y Gasset, que superar las identidades nacionales como forma más perfecta de vida colectiva. Eran certeros el diagnóstico y el pronóstico de uno de los más grandes padres espirituales de la Unión Europea, en 1949, en pleno proceso de reconstrucción de Europa después de la Segunda Guerra Mundial, en un Berlín dividido en cuatro zonas, y es aún hoy más actual. Entonces como ahora, los máximos responsables, en realidad, culpables de no haber conseguido ese salto cualitativo en la política mundial, es decir, transitar del Estado-Nación al Estado Supranacional tuvo un nombre: “las minorías políticas dirigentes”. Tampoco en esto se equivocó Ortega y Gasset.
La baja calidad de los dirigentes políticos de la UE es la tercera consecuencia que retrata la predilección negociadora de Trump. Los políticos europeos no han conseguido hacer creíble la UE para sus propios ciudadanos. Han sido incapaces de hacerse cargo y explicar a la ciudadanía los problemas y las ventajas de un proceso, sin duda alguna apasionante, que debería habernos conducido a los europeos desde las nacionalidades clásicas a una identidad colectiva de carácter supranacional. Por desgracia, ese proceso está estancado hace más de dos décadas, paradójicamente, por una casta política cada vez más envilecida y degenerada por los falsos apetitos de las masas. Nuestros políticos quieren ser dirigidos antes que dirigentes. Nada han hecho, salvo esconderse en Convenios Internacionales jamás ratificados de modo contundente por las poblaciones, por crear nuevas formas de identidad política y, además, han deteriorado, cuando no destruido, identidades colectivas de carácter nacional, que parecían fuertes y seguras. Los ejemplos de ese deterioro de las identidades nacionales son abundantes por todo nuestro continente, pero recordemos dos muy cercanos: España y Francia; al problema del separatismo de carácter “golpista” del mesogobierno de Cataluña, consentido por los diferentes gobiernos de España, se une el caso de la actual Francia, cada vez más fragmentada y dividida por la imposibilidad de integrar en su “cultura nacional , en “la pasión por Francia”, como diría Gilles Kepel, a la inmigración de origen musulmán y sobre todo llegada del Norte de África.
Sin una cabeza visible, sin un líder capaz de definir qué tipo de unión política es Europa dentro de una forma de vida o identidad colectiva más perfecta que la del Estado-nacional, en fin, sin políticos de fuste que defiendan una identidad supranacional en Europa, no esperen nada bueno de las relaciones entre EEUU y la UE. Trump ya ha ganado la partida sin comenzar el proceso negociador. Ahora queda el trago más duro para los españoles: ¿qué nos cabe esperar de la nueva Administración de EEUU? No es necesario que les exprese y justifique mi desazón ante esa cuestión, que requiere una respuesta urgente de todos los actores políticos de España, especialmente de su gobierno, ante la posibilidad de que EEUU opte por Marruecos antes que por España como socio preferente en la zona del Sur de Europa y Norte de África.