Me llamó de forma notable la atención hablando con los compañeros de redacción la distancia a la que se encuentra esta colección de planetas que, dicen, pueden albergar vida. ¡Están muy lejos! Y sin embargo sabemos, saben los que estudian y los demás nos queremos creer, precisamente eso, que puede haber agua y, por tanto, vida. A partir de ese momento, la cascada de ideas, hipótesis, fabulaciones y películas sobre este descubrimiento que se pasan por la cabeza es casi tan infinita como el propio Universo.
El caso es que metidos en disertaciones sobre la velocidad de la luz, sobre si no hay máquina ni cacharro tecnológico que nos permita llegar a esas distancias, sobre por qué no inventan ya de una vez la forma de doblar el plano espacio-temporal (siempre me gustó esta frase de las películas) y así llegar a estos sitios tan estupendos por un atajo, me sobrevino la gran pregunta, imagino que clave en la evolución humana: ¿por qué?
¿Por qué querríamos ir hasta donde el viento espacial da la vuelta? ¿Qué esperamos averiguar y descubrir en sitios tan lejanos? ¿De verdad queremos saber si hay vida más allá de nuestro cielo? ¿Qué necesidad tenemos de perdernos entre galaxias muy lejanas? Esta frase también me apetecía escribirla. No sé si es que todos llevamos un Luke Skywalker dentro o es lo que los filósofos llaman “curiosidad científica del ser humano”.
Quizá la pregunta sea al revés: ¿por qué no queremos quedarnos en la Tierra? Y aquí sí que se me ocurren muchos motivos por los que dan ganas de largarse a divagar con el Principito. No hay más que encender la televisión y ver las noticias o encender el ordenador y leer un par de periódicos. Puedo parecer, lo reconozco, pelín pesimista, pero es que es tan triste pensar que tenemos tan poca fe en nosotros mismos y tanta en nuestra capacidad de autodestrucción que llevamos años buscando vías de escape.
Entonces sí que echo de menos no tener un Halcón Milenario. No el que vuela generalmente libre por los cielos azules y cercanos a la Tierra, sino el que escapaba en La Guerra de las Galaxias de sus perseguidores porque superaba la velocidad de la luz. Qué invento genial que te permite viajar por el espacio sin importar las distancias. ¡Quién tuviera uno! Pero para volver después…
También puede pasar, puestos a imaginar, que en esos planetas tan parecidos al nuestro haya ya unos tipos que nos observan con mejor aparataje, que ya nos han estudiado, que nos conocen porque cabe la posibilidad de que se hayan dado, incluso, un garbeo por aquí y que en este preciso instante están lamentándose y maldiciendo en marciano (o lo que sea) porque les hemos descubierto.
“¡Qué no vengan, qué se queden allí con su egoísmo, su estupidez, su contaminación y su injusticia!”, puede que piensen. ¿Por qué no?