El anuncio por parte del conglomerado francés Peugeot-Citröen de adquirir Opel ha conmocionado al mundo del motor. Opel, marca europea de General Motors, otorgaría a la empresa francesa la posibilidad de crear el segundo grupo europeo, tras Volkswagen, y ampliar su base geográfica a Alemania. Ambos grupos están ya colaborando, y su completa integración supondrá unas sinergias cercanas a los 2.000 millones de euros.
El nuevo grupo es un ejemplo de lo que debe ser el continente, un lugar de integración económica, de alianzas sin fronteras, de entendimiento entre ciudadanos y las instituciones de la sociedad civil, como es el caso de las empresas. Y es un paso sorprendente, pero necesario, en el sentido opuesto de lo que está mostrando el ámbito de la política europea, con el resurgir del nacionalismo y del proteccionismo. Especialmente en Francia, donde se observa como una posibilidad probable, y para algunos difícilmente evitable, la victoria en las elecciones presidenciales de Marine Le Pen.
Como siempre que se forja una unión entre empresas, cunde el temor al ahorro de puestos de trabajo. En principio, por lo que se refiere a nuestro país, las plantas actuales de ambas empresas tienen su futuro asegurado. El mercado del automóvil está viviendo un momento de enorme transformación, con la implantación, por fin real, del coche eléctrico, y la paulatina conversión de los vehículos en robots que saben ayudar a la conducción y, en un futuro, suplantar al conductor. Esta transformación exigirá empleados altamente cualificados. España los tiene, pero debe reforzar el capital humano de nuestros ciudadanos si no quiere que parte de ese futuro tenga que emigrar a otro país.