Entre lo que dicen los políticos y piensan los ciudadanos hay un mundo. Repasemos algunas declaraciones recientes de los políticos nacionales y europeos que me hacen sospechar si los ciudadanos habitamos en el mismo mundo que los políticos. Lamentables son las palabras del ministro de Justicia, señor Catalá, quien hizo un llamamiento a olvidar las siglas de ETA y, además, a escribirlas con minúsculas. Este hombre ni siquiera sabe que “eta” en minúscula significa “y”. Las siglas “ETA”, según él, “merecerían ser borradas y olvidadas para siempre de nuestra historia como verdaderos enemigos del Estado, de los ciudadanos, de la libertad, del Estado de Derecho”. ¿Es el olvido el mejor remedio para este mal? ¿Olvidamos también las miles de víctimas de “ETA”? Pocos quieren ver en estas palabras un síntoma muy grave, pero inequívoco, que la justicia ha dejado de ser determinada por las leyes, sino ahora es asunto de conveniencias políticas, o sea, de los intereses políticos de un grupo en el poder.
Otro caso de autoengaño, incluso aún más ridículo que el de Catalá, es el que ha ofrecido el teniente general Álvarez Espejo, quien dijo que “la situación en Cataluña se arreglará”. ¡No sabe bien el bravo general cuántas veces repite la vicepresidenta Soraya este mantra! Lo único que le ha faltado añadir es “seremos felices y comeremos perdices”. Pero todo llegará. Dentro de poco, cuando el polvo cubre los casos de corrupción del Palau de la Música, el referéndum del 9N y el 3%, y no se encontrarán culpables, sino el pérfido destino humano que llevó a los gobernantes catalanes a caer en la tentación. Pronto nos pedirán que nos olvidemos de estos rencores y casos de corrupción. ¡Qué más da! ¡No vamos a arriesgar la convivencia pacífica por unos cuantos millones de euros del presupuesto púbico!
Y para no quedarnos solo con los asuntos y disgustos domésticos, demos una vuelta por las tierras de Europa. Por allí los políticos europeos han elaborado un Libro Blanco, un documento sobre el futuro de la Unión Europea. No será exagerado decir que es el primer acierto en los últimos diez años de los políticos europeos. Llamar un documento sobre el futuro de la Unión Europea “White paper” o, literalmente, “papel blanco” es bastante significante. El futuro es blanco, o sea, la nada porque los cinco escenarios que encontramos en el Libro Blanco no servirán para nada. No toman en cuenta la realidad europea. Antes que nadie la niega, el presidente Jean-Claude Juncker, quien pronunció ante la Eurocámara: “Cualquier día triste de 2017 seguirá siendo mucho más alegre que el de nuestros antepasados en los campos de batalla”. Patético.
En fin, lo dicho, parece que los políticos habitan en alguna otra dimensión del mundo real y es por ello que sus palabras están muy lejos de lo que dicta el sentido común. Sólo un caso hay claro es el del presidente Rajoy, que sigue sin quitarse las gafas de la realidad virtual que se probó el año pasado. Y ahí sigue, sí, aunque caiga el mundo, él seguirá siendo presidente, y le irá todo tan bien como a la Infanta con su juicio.