No son precisamente elogios lo que Donald Trump ha venido vertiendo sobre Angela Merkel. En su campaña antes de llegar a la Casa Blanca, el presidente norteamericano arremetió contra la canciller germana, llegando a decir que estaba arruinando Alemania por su política migratoria. Y en esa actitud continuó nada más sentarse en el Despacho Oval. Un Despacho Oval que ayer, en el primer encuentro entre los dos, fue testigo del gesto de Trump de hacer caso omiso a la petición de Merkel, que recogía la de los fotógrafos, de darse la mano. Es verdad que ya se la habían dado con anterioridad, pero no deja de ser llamativo el rechazo de Trump, que no solo no contestó, sino que ni siquiera la miró. Llamativo, pero muy acorde con la personalidad del magnate que ha conseguido llegar a la cima del país más poderoso.
En el rechazo, Trump desaira a la canciller y, a la vez, a los periodista, con quienes ya sabemos que mantiene excelentes relaciones. Tan buenas que La Casa Blanca llegó a prohibir, empleando subterfugios que no engañaron a nadie, la asistencia a algunos de ellos a una rueda de prensa. El gesto, más allá de lo anecdótico, es significativo de la actitud de Trump ante una mandataria que defiende sin ambigüedades una Europa fuerte y unida, como ayer volvió a hacer en persona ante Trump. Algo bien distinto a la postura de la premier británica Theresa May, tan contenta con el Brexit, a la que Trump tan cariñosamente recibió hace poco tiempo.
También Merkel apostó claramente por los tratados de libre comercio, chocando radicalmente con el proteccionismo de Trump y tampoco hubo entendimiento en la postura ante Putin, sobre todo en la inclinación estadounidense a levantar las sanciones a Rusia. Y mucho menos cercanía se produjo en el espinoso asunto de los refugiados. Merkel y Trump escenificaron su escasísima sintonía, que es complicado que mejore. Sobre todo mientras Trump siga empeñado en hacer –o decir- todo lo que pueda para romper la UE.