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TRIBUNA

Escuela Libre

jueves 23 de marzo de 2017, 20:08h
Actualizado el: 23/03/2017 20:27h

La cantidad de eufemismos, gratuitos neologismos o barbarismos innecesarios que incorpora un discurso da la medida de su densidad ideológica. No hay mejor índice de la ideología que su abuso de las palabras, de las meras palabras o de las palabras vacías, el uso torcido de nuevos términos para referir a realidades consabidas que, aludidas por los nuevos vocablos, parecen súbitamente ignoradas. Ante los cautivos de la ideología, ante los mentecatos, uno parece un ignorante porque no usa el nuevo término para nombrar aquello que conoce bien en voces del común.

Pues bien, lean cualquiera de las numerosas leyes de educación que ha emanado el legislador en los últimos decenios: pocas veces encontrarán tal exuberancia de nada, alambicados modos de dar nombre a lo que siempre lo tuvo, abundancia de declaraciones que, con voz engolada, enfatizan obviedades y toda suerte de pamplinas. No voy a presentarles aquí sus giros y retruécanos. Lo ha hecho ejemplarmente Ricardo Moreno Castillo en un libro de gran éxito, que consiste en una antología comentada de monsergas pedagógicas. La cosa puede parecer cómica, pero es profundamente trágica. Recuerdo la terrible situación en la que V. Klemperer escribió su Lingua Tertii Imperii, un magnífico compendio de la torsión del alemán por el nazismo. Nosotros no escribimos desde un campo de trabajo pero corremos el riesgo de no poder llamar por su nombre a la escuela, como los alemanes han de llamar hoy work camp a lo que se llamó hace mucho tiempo Arbeitslager. También la escuela perdió hace tiempo su nombre al perder su valor de ocio, de tiempo libre o, mejor, del tiempo que los hombres libres dedican a actividades y objetos a los que reconocen el más elevado valor. Hace tiempo que ese ocio fue absorbido por la inmediata utilidad, porque hace tiempo que dejó de haber hombres libres. Y esta libertad no equivale a la riqueza económica, sino que pudiera hallarse más cerca de una digna pobreza. Y éste es quizás el asunto fundamental.

“Escuela”, que es una palabra del tiempo remoto en que las cosas se llamaban por su nombre, comporta libertad y sólo prospera en libertad. El griego del que procede (schole) alude al ocio, al descanso, al tiempo libre del trabajo de pura reposición o de sostenimiento. Es el tiempo liberado o el tiempo de los hombres libres, que no es necesariamente ajeno al trabajo productivo. El primer atentado contra la escuela es la escuela obligatoria o los estudios forzados. Esa escuela obligatoria es un producto de las revoluciones modernas que han de formar sus ciudadanías, empezando por la alfabetización universal, capacitándolas para cumplir sus deberes políticos y económicos de ciudadanos que, en su llamada vida privada, adquieren la calidad de trabajadores-consumidores. Pero así como el Estado y el Mercado son dos modos de una misma substancia – la sociedad moderna – así también han de conjugarse íntimamente la educación política y la económica. La escuela moderna nos educa en y para el trabajo, embridado por el consumo y el deseo infinito que lo alienta, en el mismo acto en que nos forma como ciudadanos. Para los que anteponemos la persona a la ciudadanía, esta educación moderna es, de suyo, mala educación.

Y nótese que la razón última de la desidia y la ruina de la voluntad de trabajo, que padecen nuestros así llamados “escolares”, deriva del carácter forzado del estudio, de la escolarización obligada. Otra torsión del sentido ha hecho del studium (“voluntad”, “ahínco”, “inclinación”) un trabajo forzado contra la propia voluntad. Así ha de recurrirse – siempre subrepticiamente – a técnicas disciplinarias. Escuelas rodeadas de amplias vallas para evitar la huida, profesores dedicados a labores de guardia y gestión administrativa… La llamada ESO esconde en su obligatoriedad la raíz última del verdadero fracaso escolar. Otra cosa es que haya de tenerse recogidas a esas muchedumbres de jóvenes que amenazan con incrementar la tasa de desempleo. Pero es que la llamada escuela se reduce crecientemente a una formación para un trabajo que ya tiene enteramente tomada la escuela. Los talleres de esto y de lo otro, las prácticas laborales, las presentaciones de organizaciones y empresas que alientan una formación según sus necesidades siempre efímeras…. Y todo ello en una situación de creciente desempleo.

Desde el primer desarrollo de la sociedad industrial se sabe que el trabajo forzado es siempre indolente y perezoso, sujeto a eventuales resistencias violentas, por ello hubo que vincularlo a un deseo infinito garantizando el acceso masivo al consumo de naderías. Pero sólo la liberación de este doble yugo puede devolver a las palabras su viejo sentido, sólo así encontraríamos escolares capaces de arder en deseos de conocer la verdad (ardere studio veri reperiendi). Pero no es cambiando una ley de educación como esto puede lograrse. Pretender cambiar el mundo cambiando las instituciones educativas sólo puede juzgarse de una ingenuidad culpable.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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