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TRIBUNA

Iglesias hostiga a la Iglesia

Antonio Barnés Vázquez
lunes 27 de marzo de 2017, 20:13h
Actualizado el: 27/03/2017 21:20h

Es normal que Pablo Iglesias hostigue a la Iglesia, porque su formación, Podemos, es heredera de la tradición jacobina-bolchevique, una tradición iniciada a fines del siglo XVIII, de corte estatalista y como tal emparentada con el fascismo y el nacional socialismo. Tal tradición sospecha de toda instancia que no esté sometida a su control: familias, organizaciones sociales no afines y, particularmente, la Iglesia católica, por tener 2.000 años de historia, amplio arraigo y estar gobernada por un jefe extranjero.

Para el jacobinismo la Iglesia era cosa del pasado. Pero ahora, a comienzos del siglo XXI, es más bien el jacobinismo, y su marcas redivivas, la cosa del pasado. La tradición jacobina-bolchevique no es rechazable por ser antigua (más vetusta es la Iglesia) sino por haber prometido paraísos devenidos en infiernos. El capitalismo, en cuanto sistema que prima el capital sobre el trabajo y el trabajo sobre la persona, es nocivo. Pero más lo ha sido –y sigue siéndolo- el neocomunismo, que confirma el clásico refrán de que es peor el remedio que la enfermedad.

Es normal que Pablo Iglesias hostigue a la Iglesia, pues él pertenece a la estirpe de agitadores que hablan de los pobres, mientras que la Iglesia alimenta muchas iniciativas que, más que hablar de los pobres, ayudan a los pobres. Es tal la desproporción entre las personas atendidas por instituciones de la Iglesia o impulsadas por católicos (comedores, hospitales, escuelas, universidades, cofradías, residencias) y las que atiende Podemos, que la comparación no es posible.

Es normal que Pablo Iglesias hostigue a la Iglesia porque diez millones de personas acuden a Misa cada domingo, cifra que ni Podemos ni partido político alguno pueden reunir un solo día. La Misa dominical, mal que les pese, tiene más tirón que todos los políticos juntos, incluso si pagan el autobús y el bocadillo. Depositar una papeleta cada cuatro años en una urna indica cierta participación. Acudir a Misa cada domingo implica bastante participación. Y ya no digamos la desproporción entre salir a la calle a Misa y votar por móvil tumbado en el sofá (que es la propuesta de los demagogos para banalizar las elecciones).

La democracia es gobierno del pueblo, de la gente, como gusta decir a Iglesias. Y se da la circunstancia de que nadie en la historia de España ha hecho salir a tanta gente a la calle como los últimos papas que la han visitado. Lo cual deberían tenerlo en cuenta aquellos a quienes la palabra democracia no se les cae de la boca.

La tradición jacobina-bolchevique nació muy impresionada por la frase de Luis XIV: el Estado soy yo. Ese es su anhelo, esa su religión, esa su aspiración: ser el Estado. Por eso los jacobinos como Pablo Iglesias no comprenden que lo público no es lo que ellos definen como público. Son políticos de escritorio, a menudo sin competencia profesional, que se creen sus propias piruetas lógicas de corte hegeliano. Lo público es lo que los ciudadanos desempeñan en la vía pública: trabajar, hacer deporte, disfrutar de la naturaleza y reunirse con cualquier fin: político, cultural o religioso. Sería ridículo que las televisiones públicas retransmitieran partidos de fútbol, y ninguna misa, evento que congrega, cada semana, a diez millones de españoles (sin contar los que la ven por televisión).

Afirmar que la religión debe quedar fuera de la esfera de lo público es fascismo puro, esto es, comunismo puro. Pero los jacobinos confunden la Constitución con su programa, el Estado con su partido, y el partido con su jefe. Ellos son el Estado, el Pueblo y la Iglesia. Es probable que Pablo Iglesias tenga razón, y que la Misa deba dejar de transmitirse por la 2. Dada su relevancia social (nada congrega a tanta gente en un solo día) puede ser más justo que la Misa sea retransmitida por la 1.

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