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TRIBUNA

Libre y digno

domingo 02 de abril de 2017, 18:44h
Actualizado el: 04/03/2017 08:57h

Lo cuenta en sus Memorias el que fuera Secretario de Estado del Papa Pablo VI, Cardenal Villot. En plena guerra fría, y ante el arrollador empuje del comunismo en Europa, algunas voces del Vaticano concluyen que la única vía para la supervivencia de la Iglesia católica era la coexistencia condescendiente con los hijos de Marx. Pablo VI tiene la última palabra. Accedería a plegarse si la jerarquía eclesiástica de las naciones de más allá del telón de acero consienten unánimemente la claudicación ante el materialismo ateo de la hoz y el martillo. Una voz en Cracovia se alza discrepante y resistente: No caben concesiones a quien te priva de libertad y te arrebata el alma. Lo sabe bien porque en la sociedad comunista en la que vive, al margen del partido y de los soviets ni existe ni florece nada. Todo es yerma planicie. Bajo las promesas tan generosas y tan cálidamente expresadas de ayuda y defensa a los pobres y afligidos se esconde la brutal presión de la ideología comunista. Hábil para aprovecharse de la candidez ajena y sobre todo para enmascararse detrás de la cortina de humo que determinadas palabras pueden representar, el comunismo siempre saca a la luz pública su verdadera entraña: el terror como elemento de gobierno y como arma para realizar ambiciones sectarias y revanchistas. El tiempo le abastecería de razón. Ese mismo tiempo miniaturizó al dictador que ironizó sobre las divisiones del Papa. Para verdades, el tiempo; para justicia, Dios, pensó Wojtyla al presenciar los escombros y la polvareda tras el derribo de un infamante muro.

Marcado por el drama familiar y por la tragedia nacional, muerte y muerte en ambos casos, el futuro Santo se forja como robusto valedor de la vida. Oprimido como polaco por Oeste y Este se erige en férreo defensor de la libertad. Fuertemente agarrado a asideros inquebrantables, su fe en Cristo y su esperanza en María, Totus Tuus, resulta victorioso en la contienda. En 1978, hora crucial para la Historia, llega con el diagnóstico ya escrito: Todo lo que se intente sin Dios o contra Dios es edificar sobre arena. Aplica la terapia: La fe no se propaga solo misionalmente, en extensión, también culturalmente, en profundidad. ¡No tengáis miedo y abrid las puertas a Cristo! El efecto es sanador. Nos hace libres de temores y de necesidades. No hay mejor tesoro que la Verdad revelada. Su magna tarea iba finalizando. Anciano, sedente y silente pero presente, sin renuncia y con dignidad. Se nos fue apagando con la satisfacción del deber cumplido, servir veloz y fielmente al mensaje de Cristo, pues la Verdad del Hombre no puede desviarse ni aplazarse. A los doce años de su marcha a la morada del Padre, nosotros, agradecidos y orgullosos por habernos propuesto el amor de y hacia el Altísimo, continuamos la recogida de su imperecedero fruto. Que los católicos no se entierran, se siembran.

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