Cristina Crespo Palomares es una de las grandes estudiosas de la política exterior norteamericana, aspecto que el lector puede confirmar a través de sus publicaciones y actividades en el Instituto Franklin, sito en Alcalá de Henares.
La obra que tenemos entre manos se enmarca dentro de la tesis doctoral defendida por la autora. Así, además del rigor metodológico que desprende, si bien su objeto de estudio está acotado cronológicamente a los dos Gobiernos del Partido Popular liderados por José María Aznar, previamente Crespo Palomares analiza las características de la política exterior española a partir de 1978, sin olvidar los años de la dictadura del general Franco, siempre a partir del binomio España-Estados Unidos.
Esta metodología, que consideramos un acierto, tiene una especial utilidad a la hora de conocer las raíces del antiamericanismo español (explicadas también por el prologuista, Javier Rupérez) y las políticas, oportunistas y electoralistas, desplegadas por el PSOE hasta 1982 (en particular cuando fueron dominantes las tesis de Fernando Morán), basadas en visiones desfasadas sobre la OTAN y sobre Estados Unidos. No obstante, los Gobiernos de Felipe González fueron variando de forma gradual esta actitud, para convertir finalmente a nuestro país en un socio leal a Washington.
Con todo ello, considerar el atlantismo como un rasgo distintivo de la política exterior española es un atributo del que puede presumir el PP de Aznar. En efecto, en los populares no se observó ningún viraje ideológico en lo que se refiere a su visión del rol global de Estados Unidos. Esta postura no debe definirse como ejemplo de seguidismo o subordinación. Por el contrario, la autora se muestra contundente e incluso políticamente incorrecta rechazando tal calificación, insistiendo en que el objetivo de la Estrategia Atlantista del PP no suponía renunciar al europeísmo sino compatibilizar e influir en ambas esferas geopolíticas.
En este sentido, Cristina Crespo reivindica el vínculo transatlántico, tan cuestionado hoy en día, recurriendo a explicaciones ofrecidas por el propio Aznar: “La relación atlántica nos fortalece a europeos y norteamericanos; hace del mundo un lugar más seguro, más libre […]. El vínculo atlántico está en el origen de la construcción europea, forma parte de su desarrollo y tiene que estar decisivamente presente en su futuro […]. Querer una Europa fuerte [….] no significa trabajar por un contrapoder a los Estados Unidos” (págs. 162-163).
Con todo ello, aunque esa relación con Estados Unidos se sustentaba en diferentes planos (comercial, cultural…) fue la lucha contra el terrorismo global patrocinado por Al-Qaeda el fenómeno que la fortaleció. Al respecto, George W. Bush halló en España un socio incondicional que puso a su disposición los recursos, conocimientos y experiencia acumulada producto de décadas de lucha contra el terrorismo autóctono. De esta colaboración se extrajeron réditos tangibles; a modo de ejemplo, sirvió para deslegitimar y arrinconar a ETA, persiguiéndose a todo su entramado (político, “militar”, financiero…).
Como resultado, se creó una relación especial instrumentalizada por la oposición (en especial por Rodríguez Zapatero) para desacreditar a los dos gobernantes, Bush y Aznar, y a sus agendas. Dicha estrategia, tan pueril como cortoplacista, generó tristes réditos para nuestro país, como se demostró durante el segundo Gobierno de Bush o más tarde con Obama.
Finalmente, la obra tiene valor porque nos acerca algunas críticas formuladas ya entonces y que hoy condicionan el desarrollo de las relaciones transatlánticas (por ejemplo, el escaso gasto de los europeos en defensa). También la autora analiza las raíces del pensamiento “neocon” y las intenciones de Francia y Alemania en su oposición a la intervención norteamericana en Irak. Para ello, ambas naciones apelaron a un europeísmo tan retórico como demagógico con el cual buscaron responsabilizar a Estados Unidos de las fisuras que ya en aquel momento reflejaba el proyecto de integración europea.