La visita del Papa Francisco a Egipto tiene una trascendencia que quizás sea pronto para valorar en toda su extensión. Apenas han pasado tres semanas desde los dos atentados terroristas yihadistas contra sendas iglesias coptas que dejaron el terrible saldo de 44 muertos. La fotografía del abrazo de Su Santidad con Ahmed Al-Tayeb, gran imán de la mezquita y de la universidad Al Azhar -la más importante del mundo islámico- simboliza el espíritu de diálogo y paz que el Papa propone.
Así, ha hablado el Papa:
“Como líderes religiosos estamos llamados a desenmascarar la violencia que se disfraza de supuesta sacralidad, apoyándose en la absolutización de los egoísmos antes que en una verdadera apertura al Absoluto. Estamos obligados a denunciar las violaciones que atentan contra la dignidad humana y contra los derechos humanos, a poner al descubierto los intentos de justificar todas las formas de odio en nombre de las religiones y a condenarlos como una falsificación idolátrica de Dios: su nombre es santo, él es el Dios de la paz, Dios Salam. Por tanto, sólo la paz es santa y ninguna violencia puede ser perpetrada en nombre de Dios porque profanaría su nombre.
Juntos, desde esta tierra de encuentro entre el cielo y la tierra, de alianzas entre los pueblos y entre los creyentes, repetimos un «no» alto y claro a toda forma de violencia, de venganza y de odio cometidos en nombre de la religión o en nombre de Dios. Juntos afirmamos la incompatibilidad entre la fe y la violencia, entre creer y odiar. Juntos declaramos el carácter sagrado de toda vida humana frente a cualquier forma de violencia física, social, educativa o psicológica. La fe que no nace de un corazón sincero y de un amor auténtico a Dios misericordioso es una forma de pertenencia convencional o social que no libera al hombre, sino que lo aplasta. Digamos juntos: Cuanto más se crece en la fe en Dios, más se crece en el amor al prójimo.”
La referencia a Dios como “salam”, es decir, “paz”, entronca directamente con la tradición mística del islam. Una forma de oración practicada habitualmente -se hacen incluso concursos entre los niños- es el recitado de los noventa y nueve nombres de Allah, a los que se llama “Al-Asmā' al-Husnà”, “los nombres más hermosos”. Pues bien, el sexto de ellos es precisamente “AS-Salam”, la paz.
Durante este viaje, no han faltado las referencias a los asesinados por los terroristas y, en general, a los mártires de la Iglesia copta. En su discurso ante el Papa Tawadros II, Papa de Alejandría y Patriarca de la Sede de San Marcos, Francisco, obispo de Roma y Papa de la iglesia católica, ha dicho:
“Cuántos mártires en esta tierra, desde los primeros siglos del cristianismo, han vivido la fe de manera heroica y hasta el final, prefiriendo derramar su sangre antes que renegar del Señor y ceder a las lisonjas del mal o a la tentación de responder al mal con el mal. Así lo testimonia el venerable Martirologio de la Iglesia Copta. Aun recientemente, por desgracia, la sangre inocente de fieles indefensos ha sido derramada cruelmente: su sangre inocente nos une. Querido Hermano, igual que la Jerusalén celeste es una, así también nuestro martirologio es uno, y vuestros sufrimientos son también nuestros sufrimientos. Fortalecidos por vuestro testimonio, esforcémonos en oponernos a la violencia predicando y sembrando el bien, haciendo crecer la concordia y manteniendo la unidad, rezando para que los muchos sacrificios abran el camino a un futuro de comunión plena entre nosotros y de paz para todos.”.
Ambos líderes religiosos han exhortado a orar por los cristianos de todo el mundo y, especialmente, los de Egipto y Oriente Medio:
“Intensifiquemos nuestra incesante oración por todos los cristianos de Egipto y de todo el mundo y, especialmente, por los de Oriente Medio. Las trágicas experiencias y la sangre derramada por nuestros fieles, que han sido perseguidos y asesinados por la única razón de ser cristianos, nos recuerdan aún más que el ecumenismo del martirio es el que nos une y nos anima en el camino hacia la paz y la reconciliación.”
Una lectura detenida de los discursos del viaje arroja luz sobre el camino que -en la estela de Juan Pablo II y Benedicto XVI- el Papa Francisco va siguiendo tanto en el diálogo interreligioso como en el ecuménico: respeto a la propia identidad y a la del otro, cercanía, oración, espíritu de paz y de entendimiento. No en vano, lo han recibido con unas palabras llamadas a hacer fortuna: “El Papa de la paz en la tierra de la paz”.