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TRIBUNA

La soberbia de los cocineros

jueves 04 de mayo de 2017, 20:07h

El gobierno presenta el crecimiento del producto interior bruto como un logro de su gestión económica, que es a lo que – al parecer – se reduce el gobierno. El político es el gestor de una economía a la que es absurdo calificar de nacional, puesto que la nación es una magnitud en una economía global o planetaria con cuyos ritmos hemos de sintonizar. Es cierto que no todos lo logran del mismo modo y que nuestro gobierno se ha ajustado al ritmo exigido con una precisión de metrónomo. Se grita a menudo que el capital no tiene patria, pero esto es una evidencia que hace ridículo el grito. No señor, no tiene patria. La enorme complejidad estructural – industrial y financiera – de las corporaciones internacionales no debiera olvidarse, pese a que sus propietarios mayoritarios sigan disfrutando una lengua materna o sientan cierta inclinación hacia un paisaje entrañable: al menos en la primera generación de hombres hechos a sí mismos. Sus herederos suelen serlo de una riqueza enteramente abstracta y son ya hombres sin nostalgias.

No tiene patria, como tampoco la tiene el trabajo. El trabajo convertido en mera fuerza de trabajo, una mercancía más, apta para su compra venta en el mercado laboral, es también magnitud abstracta en un mercado mundial. El otro lado del movimiento del capital es la gran migración. El trabajo se homogeneiza y simplifica desde que el trabajador perdiera sus habilidades, olvidara el uso de las viejas herramientas movidas por su fuerza y su destreza y acabara de servidor de la máquina. Los oficios han sido laminados, el producto se somete a estándares internacionales y el mundo presenta la superficie pulida e higiénica de un enorme centro comercial. Los restos de la vida tradicional son hoy objetos de museo o espacios pintorescos aptos para el recorrido turístico.

Hubo un tiempo en que el trabajador gozaba todavía, en su ámbito doméstico de medios de vida al margen del mercado y el salario. Un huerto, una cabra o un cerdo, unas gallinas... En resumen: un pequeño reino de libertad que quedó aniquilado por las políticas higiénicas y sanitarias, en el mismo momento en que se desarrolló la poderosa industria agro-alimentaria. Industria de la alimentación que sustituye las condiciones domésticas por nuevas condiciones mercantiles de reposición de la fuerza viva del trabajo. Desde entonces estamos condenados a vivir y comer del salario.

Prácticamente no hay ningún aspecto de nuestra vida que escape al contrato, todo se hace a cambio de retribuciones establecidas formalmente. Pese a todo quedan espacios singulares y reducidos que, con una rústica resistencia, practican formas de ayuda mutua y convivencia gratuita. Actividades cuyo sentido no procede de un beneficio económico que no se espera, aunque se agradece cuando llega. Todo el mundo ha de comer para vivir – es evidente – pero aún hay quiénes no viven para comer. Aunque coman, les guste comer y coman bien.

Hablando de comer. El amable gremio de los cocineros, tradicionalmente dotado de una simpatía propia de un oficio que consiste en acoger y dar de comer a la gente, ha ido perdiendo en muchos casos su tradicional bonhomía y adquiriendo el gesto adusto del juez o del amanerado crítico de arte: acaso molesto por la ignorancia de una plebe inculta que no goza del gusto sutil de su afinado paladar. En esta España que es una potencia turística, el sector de la restauración es parte fundamental de la industria. Por supuesto debe respetarse y cuidarse el trabajo de nuestros cocineros, si queremos que contribuyan al aumento del producto interior bruto, que tanto vigila el gobierno. Pero no hay ganancia sin pérdida, esta promoción de una sofisticada cocina esconde sombras preocupantes.

No entraremos en la cuestión básica: ¿A qué estamos llamando comer?. El asunto es otro: El Sr. Jordi Cruz ha afirmado – con la desfachatez rotunda de su soberbia – que el trabajo gratuito que rinden los becarios en su restaurante no es forma alguna de explotación económica, sino un auténtico privilegio para unos jóvenes que aprenden en un “ambiente real” sin que les “cueste un duro”. No es, por tanto, que trabajen gratis sino que deberían pagar por la enseñanza que reciben. Sin duda, son escandalosas esas palabras, pero lo es también el escándalo que provocan. En España hay becarios al borde de la jubilación y son innumerables las empresas que recurren a prácticas no remuneradas, que están incluidas en el sistema educativo, no ya en la Universidad sino en la misma educación secundaria.

Resulta doloroso que se hable en estos casos de aprendices, ofendiendo una palabra que tuvo un sentido enteramente distinto. En una economía tradicional, subordinada al bien común, el aprendiz no cobraba propiamente un salario, pero figuraba como un miembro más de la familia del maestro. Hoy el becario es solamente un trabajador sin salario y esto – en las condiciones de nuestra economía – parece ser una explotación sin matices cuya práctica habitual la hace más dolorosa.

Pero hoy ya nada es lo que parece, ni parece lo que es. El mundo del espectáculo y la publicidad, de la sugestión y la virtualidad produce fantasías poderosas. Si el mundo mantuviera un mínimo de realidad diríamos que a Jordi Cruz le ha perdido el estrellato cuando juzga, sin pudor, que sus becarios tienen bastante con el privilegio de rozar su mandil. Pero en el mundo virtual en que vivimos es muy posible que el contacto con el master chef dote al becario de la aureola del genio, capaz de adquirir mañana la habilidad de su maestro. No tanto la de guisar sino la de fundar empresas de ensueño en las que los trabajadores se entreguen gratuitamente al prodigioso don del trabajo. El negocio es perfecto; su condición es nuestra fantasía. El único problema será despertar.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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