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TRIBUNA

Generación Macron

Víctor Rodríguez Gago
lunes 15 de mayo de 2017, 19:36h

Emmanuel Macron no había cumplido los cuatro años cuando François Mitterrand llegó a la Presidencia de la V República, y era un adolescente de 18, cuando el veterano líder de la Resistencia francesa falleció. Es imposible que recuerde la fumata blanca por Juan Pablo II y los decisivos primeros años de su pontificado. Apenas había empezado a hablar, cuando Margaret Thatcher y Ronald Reagan iniciaron sus mandatos. Estaba a punto de cumplir los doce cuando cayó el Muro de Berlín. Se trata del primer líder europeo sin memoria personal de los hitos que hicieron de Occidente lo que hoy es. Con Macron, llega al poder una generación sin una vivencia directa de las grandes transformaciones que aceleraron el fin de la historia y el comienzo de la historia, el cénit y la crisis del orden liberal nacido de la Segunda Gran Guerra.

La quinta de Macron es la de los jóvenes que llegaron a la mayoría de edad tras el final de la Guerra Fría. Justin Trudeau, Albert Rivera, Matteo Renzi, Suana Díaz, Pedro Sánchez, Alexis Txipras, o Pablo Iglesias han conocido solo un mundo en paz y una Europa unida. Se educaron en valores progresistas como el pacifismo, la igualdad de hombres y mujeres, el Estado benefactor y la secularización de las costumbres. Su ascenso puede cambiar las reglas de la política europea y global.

No es una coincidencia que la elección del candidato de En Marche! y el crecimiento del Frente Nacional se den al mismo tiempo que el retroceso de los socialistas y los republicanos, los dos partidos en cuya alternancia ha descansado el orden de la V República. Hay quien habla ya de fundar la VI República, con nuevos mecanismos de democracia directa y un mayor peso de los movimientos de la sociedad civil.

Que se vea a sí mismo como un reformista del orden liberal y cosmopolita –y no como un liquidador– es lo de menos. La idea de una política basada en la iniciativa de movimientos ciudadanos como En Marche!, y no en partidos políticos tradicionales, es incompatible a medio y largo plazo con el elitismo en el que descansa el sistema actual.

La generación Macron llega para recordar, además, que no hay una crisis de la socialdemocracia, sino de los partidos socialistas. Estos siguen cayendo, elección tras elección, pero las ideas y los programas de ortodoxia socialdemócrata gozan de una excelente salud.

El presidente Macron, formado en la escuela donde se preparan las élites de los funcionarios franceses, es la prueba de que el Estado, y no el individuo, seguirá siendo el centro de la política francesa y europea. Su promesa de reducir el tamaño de la Administración y restaurar la jornada laboral de 40 horas semanales chocarán inevitablemente con el poder de los sindicatos, y con la realidad de una Asamblea Nacional en la que es improbable que En Marche! tenga mayoría suficiente para las reformas, tras las elecciones legislativas de junio. Al final, se impondrán el pragmatismo y el cálculo electoral: después de todo, los votos de Macron vienen, en su mayoría, de las ruinas del Partido Socialista.

El estatismo de Marine Le Pen tiene otros acentos: es proteccionista en el comercio, policial en la seguridad y soberanista frente a la Unión Europea. Representa otro afluente de la tradición del socialismo del siglo XX, que sigue siendo la ideología más seductora del siglo XXI.

Ganar unas elecciones es estupendo, lo malo es que luego tienes que gobernar. La luna de miel con los electores será más bien corta: en junio se celebran elecciones a una Asamblea legislativa en la que, probablemente, Macron tendrá que pactar con socialistas y republicanos para poder aprobar sus reformas. Para Marine Le Pen, los casi once millones de votos obtenidos en esta elección son más de los que nunca ha recibido el Frente Nacional. Si Macron fracasa y ella sigue, puede ganar en 2022.

Austria, Holanda y ahora Francia apartan la solución nacionalista a la crisis del proyecto europeo. Los sondeos en Italia vuelven a preferir a Matteo Renzi, que resurge como candidato del centro-izquierda. En España, según el barómetro del CIS conocido hace unos días, el PP volvería a ganar con mayoría, si el presidente Rajoy decidiese convocar elecciones ahora mismo. Aun así, la crisis europea sigue ahí. El Brexit es real. Las sombras de la crisis económica no han desaparecido. Bruselas sigue teniendo un problema de arrogancia con las voces discrepantes, déficit democrático y tendencia a concentrar de poder.

Las líneas de división existen: entre el Norte y el Sur, entre la primera y la segunda velocidad de la integración, entre federalistas y soberanistas, entre tribales y cosmopolitas, entre el Este y el Oeste. Los partidos tradicionales pierden votos y emergen nuevos actores políticos. Negar los síntomas y seguir como si nada, como hacen Donald Tusk y Jean-Claude Juncker, no solucionará los problemas. Descalificar al “otro”, al que piensa diferente, al que percibe que sus valores no cuentan, solo conseguirá alimentar las falsas soluciones prometidas por líderes mesiánicos.

En su discurso de aceptación del resultado, el señor Macron se dirigió a los votantes de Le Pen, para decirles que comprende su enfado y hará todo lo posible por que no vuelvan a tener motivos de respaldar soluciones extremas.

Al menos, no los ha llamado “deplorables”, como hizo Hillary Clinton a los votantes de Donald Trump.

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