El entusiasmo con que se recibió la victoria de Emmanuel Macron fue desconcertante aunque explicable: la derrota de la ultraderechista Marine Le Pen. Pero la segunda vuelta debió de haber provocado algún debate de fondo sobre las opciones francesas: la derecha tecnocrática, europeísta y neoliberal contra la ultraderecha ideológica, antieuropeísta y neoliberal.
Europa, la estabilidad macroeconómica y la gobernanza han liquidado las posibilidades de la izquierda, aunque sin debatir el papel de la izquierda. En el fondo, muy en el fondo, la izquierda se ha movido en dos escenarios: el ideológico a partir de su propuesta socialista y el de gobierno basado en la administración del Estado. La necesidad de fortalecer el segundo escenario ha llevado a diluir las posibilidades del primero.
El debate no es nuevo: comenzó en los setenta cuando los socialistas y comunistas avanzaron en porcentajes electorales y se desembarazaron del peso agobiante de Moscú a través del eurocomunismo español o un socialismo con “los colores de Francia”. Pero ese debate tuvo un segundo pensamiento que fue convirtiéndose en el primero: ante la crisis general del capitalismo de finales de los sesenta, el socialismo encaró el gran desafío de proponer una alternativa de política económica y de modelo de desarrollo.
Y a pesar de contar con el instrumental teórico del marxismo para analizar el modelo económico, el saldo fue otro: el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Consenso de Washington y la OCDE lograron la victoria conceptual del pensamiento económico estabilizador. François Mitterrand arribó al poder en Francia en 1981 pero en su segundo mandato ya había pactado con el modelo estabilizador del FMI. En un congreso extraordinario de 1979, el Partido Socialista Obrero Español decidió excluir el marxismo de sus documentos básicos y quedarse con el apellido socialista.
Así, la expectativa del poder llevó a la izquierda socialista de pensamiento marxista a correrse al centro socialdemócrata. Pero el problema no fue la decisión de acomodarse en los nuevos escenarios ideológicos de los setenta por el fardo que representaba el lastre de Moscú, sino que el pensamiento socialista se alejó de la reflexión marxista de la lucha de clases como motor de la economía y sin proponer nuevas formas ideológicas.
Luego de casi cuarenta años de inserción de la izquierda socialista en los espacios de la institucionalización del poder, ahora Francia se presenta como un desafío. La izquierda socialista quedó rezagada en la primera vuelta y la segunda hizo competir a la derecha tecnocrática contra la ultraderecha reaccionaria. Lo que dejó Francia fue la certeza del final de las ideas y por tanto de las utopías. Y sin utopías, el pensamiento crítico se transforma en pensamiento pragmático que, por tanto, deja de ser pensamiento.
La verdadera crisis de la modernidad ocurre en el pensamiento político, entendiendo por éste el pensamiento crítico que por la duda, la reflexión o la oposición ayuda a perfilar nuevas ideas. En el 2004 Giovanni Sartori se preguntó a dónde se dirigía la ciencia política porque se estaba ahogando en el pantano de lo cuantitativo y en el 2008 el politólogo mexicano César Cansino --alumno de Sartori-- decretó la muerte de la ciencia política por el olvido de la filosofía política.
La izquierda se quedó varada en ese debate: por aspirar al poder desde el socialismo marxista optó por el camino de la socialdemocracia pragmática. El socialismo marxista, por ejemplo, considera la inflación como la esencia de la lucha de clases --el trabajador con el salario y el patrón por la utilidad--, en tanto que el neoliberalismo considera la inflación como un fenómeno monetario --Milton Friedman dixit--. La primera versión implica la disputa por la riqueza social y la segunda apela a la estabilidad macroeconómica.
Aunque las referencias de calendario sirven sólo como pretexto, este año se recuerda el 150 aniversario de la edición del primer tomo de Das Kapital, de Karl Marx, texto denso, complejo, armado como pedacería, pero la gran propuesta de interpretación económica después de Adam Smith y la “mano invisible” del mercado. Y no pudo haber mejor escenario para esta celebración que la crisis del pensamiento económico capitalista y la crisis del pensamiento económico socialdemócrata.
El tema central de las elecciones en Francia no se localizó en el tema europeo, sino en el costo social y político de la globalización de los mercados. Veintitrés años de tratado de comercio libre e integrado con los EE.UU. y Canadá le han dejado a México una tasa promedio anual de PIB de 2.2%, cuando en su largo periodo de 1934-1982 esa tasa fue de 6%. Y otro dato oficial más grave: sólo el 20% de los mexicanos vive en condiciones de no-pobreza y no-marginación, dejando al 80% con restricciones. Y el tratado fue vendido políticamente por Carlos Salinas de Gortari como el camino para la equidad y el desarrollo.
La izquierda socialista fue contrapunto, ideas sociales, utopía y sobre todo crítica al sistema capitalista de mercado. La socialdemocracia surgió para una mejor distribución de la riqueza sin modificar el modo de producción capitalista, pero ha derivado en un vulgar populismo de programas asistencialistas que tratan de ayudar --sin lograrlo-- a los más pobres. Y los más sacrificados son, paradójicamente para la izquierda socialista, los trabajadores porque ven sus salarios no como parte de la disputa por la riqueza, sino como mecanismo de estabilización de la inflación.
Francia fue la oportunidad para reabrir el debate sobre el futuro de socialismo y de la izquierda, pero vimos a la izquierda pedir votos a favor de la derecha tecnocrática.
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