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Un brexit aún más loco

viernes 09 de junio de 2017, 18:07h
Actualizado el: 06/09/2017 18:53h

La victoria pírrica del Partido Conservador en Reino Unido añade más dosis de incertidumbre a las incertidumbres que ya se había instalado en las islas británicas, poniendo de manifiesto, una vez más, las directrices errabundas y sin sustento de sus actuales dirigentes políticos. A la polarización de un laborismo reorientado hacia populismos trasnochados, al peligroso referéndum de secesión para Escocia y al no menos descabellado plebiscito que ha desembocado en el Brexit y cierto auge de un populismo ultranacionalista de derechas, hay que sumar ahora las consecuencias de una convocatoria electoral innecesaria y a destiempo, cuyos resultados empujan aún más a Gran Bretaña al laberinto en que ella misma se ha metido por propia voluntad.

No es ningún secreto que Theresa May ha dado este nuevo paso en falso llevada por cálculos tácticos de bajo vuelo. Poseía mayoría absoluta en el Parlamento de Westminster, pero creyó ver el pasado mes de abril la oportunidad de incrementarla aún más, reduciendo a una total insignificancia a la oposición y afrontar así una negociación de salida de la Unión Europea (UE) en términos “duros”. Eufemismo, que una vez oídas las declaraciones de la primera ministra, venía a significar una postura arrogante e inflexible ante las autoridades europeas, entre las que tenía la esperanza de encontrar desavenencias. Conjeturas que acaba de tirar por tierra la realidad. La UE no ha mostrado por ahora fisuras y la supuesta posición de fuerza desde el interior acaba de derrumbarse al perder May la mayoría parlamentaria. Incluso esa entelequia de un Reino Unido globalizado fuera de la UE se hace aún menos creíble cuando Theresa May necesita ahora contar con el ultranacionalista y xenófobo Partido Unionista Democrático del Ulster (DUP) y sus diez escaños claves.

En estas circunstancias, la inquilina del número 10 de Downing Street debería haberse planteado más seriamente su dimisión, en vez de introducir aún más al Reino Unido en una deriva laberíntica. Si el Brexit, desde sus inicios, suponía un disparate, con los actuales resultados resulta un desatino de colosales proporciones. Son muchos los despropósitos que se acumulan en la gestión de la líder británica. Theresa May se había mostrado contraria a salir de la UE, y resultó ilógico que tras la consulta se convirtiera en el más entusiasta adalid del Brexit. El error mayúsculo de la convocatoria electoral de ayer recae por igual en sus espaldas, con un resultado al que le cuadra a la perfección el dicho castellano de ir a por lana y salir trasquilado. Nos sabemos cuánto han influido en los resultados los recientes atentados del Estado Islámico, pero no cabe duda de que la gestión política de May no ha podido ser más desafortunada. Tras los apuñalamientos de Londres, su respuesta fue decepcionante: llevó la cuestión nada menos que al terreno del Brexit, afirmando, contra toda evidencia, que una mayor autonomía británica era la llave para alcanzar más seguridad. En su afán por señalar debilidades y errores en la actuación policial, Theresa May no estaba haciendo otra cosa que descalificarse a sí misma, en cuanto ella ha sido la responsable del ministerio del Interior en los últimos años.

Theresa May no posee las mejores referencias para afrontar los actuales desafíos del Reino Unido, que también lo son de toda la UE. Su dimisión y reemplazo abriría ciertas expectativas de esperanza, aunque el relevo, además de líderes, debería realizarse más aún en la ideología nacionalista, que no es precisamente la panacea que muchos quieren hacer pasar por una solución mágica.

La única buena noticia, desde el punto de vista democrático, de este continuo despropósito del Reino Unido es el hundimientos de los partidos nacionalistas (en Escocia) y populistas (del UKip) en Inglaterra.

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