Mientras oigo al doctorando enhebrar los argumentos que defiende en su exposición, no puedo menos de pensar en el contexto en que se presentan, referido a quienes me acompañan en este lado de la mesa, pero también al mismo edificio en que nos encontramos. Se trata de la Facultad de Historia madrileña que ocupa el sitio de la vieja Facultad de Políticas, que no visitaba desde hace cincuenta años. Era un paralelepípedo imponente, cuya biblioteca, bastante bien surtida, se encontraba en un piso alto desde donde, cuando dejabas de leer si te cansabas o aburrías, te asomabas al bello paisaje madrileño con el Guadarrama al fondo. Ya sabía que la calma de septiembre, que era cuando yo me examinaba, en los márgenes de mis estudios de derecho en Valladolid, tenía poco que ver con el agitado curso ordinario, pues la Facultad de Políticas era la punta de lanza del movimiento estudiantil contra el franquismo. Durante el último mes de verano residía en algún colegio mayor, tal vez el José Antonio, donde coincidía con algunos muchachos catalanes, especialmente, que simultaneaban los estudios jurídicos con los políticos como hacía yo, pensando en iniciar una carrera universitaria o preparar las oposiciones de entrada en la escuela diplomática.
Todavía no me había trasladado al barrio federal de Madrid, en el cruce entre las calles del redactor del anteproyecto constitucional de 1873, el estadístico gaditano Eduardo Benot, y de don Estanislao Figueras, el presidente de la Primera República, que según cuenta Pla dimitió dando un puñetazo en la mesa del consejo de ministros por estar harto, dijo -en realidad utilizó otra expresión catalana- de “todos nosotros”. Si no paraba en el colegio mayor podía hacerlo en una pensión de la calle de Martin de los Heros, el encartado liberal vizcaíno, y que entonces no albergaba a las varias tiendas para cinéfilos y modestas casas de comidas de la actualidad. En los aledaños de la Plaza de España, creo recordar, ubicaba Jon Juaristi en su Unamuno al escritor bilbaíno a su llegada a Madrid, buscando la protección de su primo Aranzadi. Desde Martin de los Heros subiendo hacia Arguelles llegabas a Moncloa. Lo suyo era que, como he hecho en esta mañana, cogiese el autobús E y arribase al destino en que hoy me encuentro. Mis estudios más regulares en la Facultad de Políticas tendrían lugar algo más tarde, cuando el edificio, también singular, pero ahora no por su verticalidad sino por su estructura de terraza pegada al desmonte, se fijó al otro lado de la carretera de la Coruña, al lado, como quien dice, del complejo de la Moncloa.
El contraste entre lo que, en el aspecto académico, era la Facultad de Derecho de Valladolid, en realidad, con algunas excepciones, comenzando por don José Girón Tena y don Federico Sáenz de Robles, una vez que Sebastián Martín Retortillo había dejado sus aulas para arribar a Barcelona, un centro más bien gris, y la Facultad de Políticas madrileña era casi abismal. Téngase en cuenta que en el sitio madrileño profesaban gente de la categoría de José Antonio Maravall, Luis Diez del Corral o Luis García Valdeavellano. Es muy difícil olvidar la exhaustividad, rigor y absoluta puesta a punto de sus exposiciones, que mostraban el perfecto parangón de los maestros españoles con sus colegas europeos, especialmente franceses y británicos. Maravall, por ejemplo, llegaba a clase con un manojo de treinta o cuarenta fichas, referidas a autores españoles u opiniones de otros historiadores, que ilustraban el relato articulado, ecuánime y completo del tema que desarrollaba. A las clases de don José Antonio o de don Luis el público que acudía era más bien selecto, diríamos “ya” entregado. Otra cosa eran las clases de la, así llamada, historia de las ideas, donde comparecía un tropel de personas variopintas, de diversas edades y condición, bastantes de ellos a los que solo quedaban “las ideas” (Historia de la Teoría Política) y, por tanto, el “pensamiento”(Historia del Pensamiento Político Español) para acabar la carrera, y cuya atención era un arte mantener de modo sostenido durante el tiempo que duraba la clase. En una de las ocasiones en que hubo que sustituir a don Luis Diez del Corral apareció Francisco Rubio. Lo recuerdo, con su barba catalana, con un ejemplar en italiano del Príncipe en sus manos, glosando las categorías fundamentales del pensador florentino. Maquiavelo, recordaba mi maestro, no sabía nada de lanas ni de negocios, pues se limitaba a estudiar el Estado.
Déjenme para finalizar que haga tres consideraciones. Primero, estos tiempos de la Facultad los dediqué al estudio de la historia, bien de la teoría política o de las formaciones institucionales españolas. Creo que los planteamientos genéticos u originalistas en la interpretación constitucional, que es el principal menester de los constitucionalistas, es más bien limitado, pero no es fácilmente prescindible. El historicismo puede ayudar a corregir algunos excesos en que puede incurrir la interpretación jurídica basada exclusivamente en la lógica o, si lo podemos decir así, la sola razón del derecho.
Segundo, aunque parezca paradójico, Madrid nos ha mostrado a muchos periféricos la riqueza territorial de España, pues es en su centro donde hemos conocido y nos hemos relacionado con gentes de todos los rincones de la Patria. Aquí hemos entendido bien a Gracián, que comparaba la homogeneidad francesa tan fácil de gobernar, y España, donde las provincias son muchas, las naciones diferentes, las lenguas varias, las inclinaciones opuestas y los climas encontrados, y donde, seguía diciendo, por tanto, se necesitaba gran capacidad para unir.
Tercero, en la vida universitaria de mi época, se hacía presente un cuidado internacionalista que quizás ha disminuido en estos días, en donde la -bien comprensible- preocupación laboral de los estudiantes ha disminuido la solidaridad con otras gentes del mundo. Recuerdo a profesores como Roberto Mesa y Antonio Lago; y a los médicos palestinos formándose en la Facultad y el Clínico con los que coincidíamos en los comedores universitarios...