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ORIENT EXPRESS

Mitteleuropa

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 25 de junio de 2017, 19:23h

El término alemán “Mitteleuropa” designa una realidad geográfica, política y, sobre todo, cultural. Tiene unos confines algo difusos pero identificables. Se extiende desde el Mar del Norte y el Báltico en el extremo septentrional del continente hasta los Alpes y el Adriático en el sur. Al este y al oeste lo delimitan respectivamente dos ríos: el Bug y el Rin. Por supuesto, sus fronteras son porosas y permeables. La influencia de este espacio cultural llega hasta los Balcanes y la costa del Mar Negro. Si el mariscal Józef Piłsudski hubiese llevado a buen puerto su proyecto de federación dirigida por Polonia y que comprendería Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Bielorrusia, Ucrania, Hungría, Rumanía, Yugoslavia y Checoslovaquia, buena parte de Mitteleuropa hubiese quedado dentro de su territorio. Antes, se extendía por la mayor parte del Imperio de los Habsburgo.

Aunque, como digo, sus límites son vaporosos, su cultura es identificable por completo. Surgida de la diversidad fabulosa del continente, Mitteleuropa hunde sus raíces en el mundo germánico, eslavo, magiar y hasta latino. En un mestizaje prodigioso, es capaz de albergar en su seno lenguas, religiones y pueblos variadísimos y, entre sí, muy diferentes. Joseph Roth, uno de los genios de Mitteleuropa, lo describió en las célebres líneas del capítulo quinto de “La cripta de los capuchinos”: “En esta monarquía […] nada es extraño. Si no fuera por los imbéciles de nuestro gobierno […] estoy seguro de que sería completamente natural, incluso visto desde fuera. Quiero decir con esto que lo que se dice extraño es lo natural para Austria-Hungría, es decir, que solamente a la loca Europa de las nacionalidades y los nacionalismos le parece extraña la evidencia. Naturalmente son los eslovenos, los polacos y los rutenos de Galitizia, los judíos de Kaftán de Boryslao, los comerciantes de caballos de Bacska, los mahometanos de Sarajevo, los castañeros de Mostar, los que cantan “Dios guarde al Emperador” […]”.

En efecto, Europa Central y el espacio por el que se extiende su influencia hasta los Estados del Báltico y hasta el centro de Serbia, siempre fue diversa. En su territorio surgieron culturas originalísimas y de una riqueza inagotable. Ahí está el monumento del yiddish, cuya belleza celebró el premio Nobel Isaac Bashevis Singer: “El alto honor que me ha concedido la Academia Sueca es también un reconocimiento a la lengua yiddish, una lengua de exilio, sin una tierra, sin fronteras, no apoyada por ningún gobierno, un idioma que no tiene palabras para armas, municiones, maniobras militares, tácticas de guerra; una lengua que fue despreciada tanto por gentiles como por judíos emancipados. […] Hay algunos que llaman al yiddish una lengua muerta, pero así llamaron al hebreo durante dos mil años y ha revivido en nuestro tiempo del modo más admirable; incluso milagroso. El arameo era ciertamente una lengua muerta durante siglos, pero alumbró el Zohar, una obra mística de valor sublime. Es un hecho que los clásicos de la lengua yiddish son también los clásicos de la literatura hebrea moderna. El yiddish no ha dicho aún su última palabra. Contiene tesoros que no se han revelado a los ojos del mundo. Fue la lengua de mártires y santos, de soñadores y de cabalistas -rica en humor y en memoria que la humanidad no debe olvidar nunca. En un sentido figurado, el yiddish es el sabio y humilde idioma de todos nosotros, el idioma de una humanidad asustada y esperanzada.”. Los nazis y sus colaboradores -los mayores traidores a Europa y a su significado- acabaron con la mayor parte de los hablantes de yiddish, así como con las grandes comunidades judías que, desde Cracovia hasta Bucarest, habían hecho de este espacio su hogar. Bastaron apenas treinta años -desde el estallido de la I Guerra Mundial hasta la caída de Berlín- para arrasar Europa Central y destruir una diversidad que, no obstante, los nacionalismos habían ido minando poco a poco. Los pueblos de estas tierras saben bien a dónde conducen los experimentos de ingeniería social y las utopías que ignoran la historia”.

Mitteleuropa, Intermarium, las “tierras de sangre” de Sneyder, han albergado una diversidad que no ha desaparecido por completo. Es mentira que los pueblos de Europa Central sean insolidarios por su oposición a la política de asentamientos de refugiados según cuotas impuestas por la Unión Europa. La historia de Polonia, Hungría, Eslovaquia, la República Checa y, en general, Europa Central demuestra que los equilibrios y las convivencias que el tiempo y la Historia han creado durante siglos pueden ser destruidas de un plumazo, pero no forzadas a golpe de decreto. Las imposiciones que Bruselas pretende corren el riesgo de alienar a los europeos centrales como antes alienaron a los millones de británicos que apoyaron el Brexit. El desprecio a las nacionales -que, insisto, han coexistido y se han influido mutuamente durante siglos- terminarán conduciendo a un descontento y un sentimiento de agravio cuyas consecuencias son incalculables.

La Unión Europea no debe convertirse en un poder ajeno a las sociedades de los Estados nacionales. Se trata de identidades superpuestas, no excluyentes. No es más europeo el español que proclama a los cuatro vientos en Barcelona su deseo de acoger refugiados que el eslovaco, el checo, el polaco o el húngaro que advierten de los peligros de la política de asentamientos tal como está concebida. El multiculturalismo de algunas sociedades europeas -tomemos el caso de los Países Bajos- no tiene por qué funcionar en otras. Es más, podríamos incluso discutir si ha funcionado en algún sitio como se esperaba, aunque quizás esto nos llevaría muy lejos, mucho más allá del espacio centroeuropeo.

Vuelvo a Joseph Roth. Uno de mis personajes favoritos de su obra es el maravilloso librero Jakob Mendel, que desde su mesa del café Gluck, en la parte alta de la Alserstraße vienesa puede localizar cualquier libro que el lector necesite: “Él lo sabe todo y lo consigue todo. Él trae el libro más singular del más olvidado de los anticuarios alemanes. Es el hombre más capaz en toda Viena y además auténtico, un ejemplar de una raza en extinción, un saurio antediluviano de los libros”. He aquí el espíritu de Mitteleuropa que Stephan Zweig recordó en “El mundo de ayer” y que hoy se enfrenta a nuevos peligros. La irresponsabilidad burocrática, la demagogia política y la traición a lo que de verdad son Europa y Occidente amenazan con precipitar a la Unión en una crisis de dimensiones aún mayores que las conocidas hasta ahora.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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