Del mismo modo que las póleis griegas independientes tras la muerte de Alejandro Magno, que realizó los sueños que Isócrates dejó indeleblemente escritos en su Segundo Discurso a Filipo, tuvieron que defender su libertad fundante situándose en la órbita del reino helenístico que más les conviniese en cada momento, bien bajo la influencia lágida, atálida o incluso la seléucida ( vid. Claire Préaux.- Le monde hellénistique), asimismo los iberos, "sensu lato", para prolongar más su amada libertad, los vemos interesada y coyunturalmente situarse o en la órbita de Roma, o en la de Cartago, entre los años que van desde el 226 al 206 a. C. Veinte intensos años en que las póleis iberas harán una política exterior exactamente igual, con sus coaliciones y sus ligas, que la descrita por Polibio sobre el mundo helenístico. Y es incomprensible que ni la historia de la Hispania prerromana ni nuestra arqueología hayan hecho hasta ahora - por lo menos que yo sepa - este insoslayable estudio comparativo. Aunque como ya dijo G. E. Lessing, hablando de la Arqueología, en su precioso opúsculo Cómo los antiguos se imaginaban a la muerte: "A un hombre que no le guste de edificar sobre arena le han de hacer el estudio de la arqueología muy desagradable de cuando en cuando (...) Una cosa es el buhonero de antigüedades, y otra el filólogo. El arqueólogo hereda los cacharros de la Antigüedad; éste, el espíritu".
Recordando que aquellos ancestros nuestros no se identificaron con el término "ibêros", neologismo gentilícico con el que les denominaron los griegos por el parecido de su entorno natural al de una región al Este del Mar Negro, hasta la completa romanización de la Península, podríamos afirmar, sin embargo, que iberos "sensu stricto", en relación con la etnia, la religión y el sistema sociopolítico, debieron ser sólo para los griegos los sordones, indiketas, ausetanos, laietanos, lacetanos, cesetanos, ilercavones, edetanos, contestanos y mastienos. Es decir, los pueblos costeros que se extendían desde los Montes Pirineos al Río Segura. Incluso el propio Estrabón señala que para Asclepíades de Mirlea los iberos ocupaban una pequeña región. En efecto, Avieno señala la leyenda de que el río Iber era la denominación del Tinto u Odiel, por lo que Iberia se llamaría primero a esa pequeña región situada en el área actual de Huelva, y sólo después a toda la Península hasta el Ródano. Incluso los trabajos de los Profesores Maluquer y Palol sostienen que no existían iberos en la costa mediterránea al Norte del Ebro, sino indoeuropeos muy iberizados. Y desde el mismo momento en que la pólis edetana de Saguntum, que al decir de Polibio unía los límites de Iberia y de la Celtiberia, fue cruelmente tomada por los cartagineses, no sólo Cartago rompió con Roma el tratado del 226 a. C. sobre sus infuencias recíprocas en Hispania, iniciándose así la Segunda Guerra Púnica, sino que produjo inmediatamente una liga de naciones iberas contra la agresión de Cartago entre lacetanos, cesetanos, ilercavones y edetanos. Incluso durante el sitio a Saguntum, que para Apiano era una ciudad griega autónoma y libre, hicieron causa común con los sitiados pueblos de origen indoeuropeo, como los carpetanos y los oretanos, que sin duda verían en la toma de Saguntum su futura subordinación total a Cartago, y contra los que se dirigió el mismo Aníbal exitosamente. ¿Sufrirían los antiguos habitantes del Cerro de Las Cabezas, cercano a la actual Valdepeñas, la violencia opresiva del Bárquida? Probablemente sí. La Arqueología parece indicarnos una paulatina decadencia urbana a partir de los años 220 a. C., tal como se demuestra por el concienzudo estudio del lugar por parte de los arqueólogos don Javier Pérez Avilés y don Julián Vélez.
Cuando Cneo Cornelio Escipión desembarcó en Emporion con dos legiones - Aníbal había dejado en Hispania unos 26.000 hombres: más del doble que los soldados del infortunado Cneo - los pueblos iberos de la costa catalana acogieron bien a los romanos, pues estaban dentro de la órbita comercial y cultural de los griegos ampuritanos y odiaban a los cartagineses por la toma de Saguntum y su explotación sistemática. Pero los ilergetas, cuyo rey Andóbales había pactado con Aníbal, se opusieron, y fueron vencidos por Cneo en Cesse ( la futura Tarraco, creación de los Escipiones ). Los celtibêros pactaron con los iberos y, por tanto, hicieron causa común con los romanos en su lucha contra los indomables ilergetas, dirigidos por Mandonio e Indíbil. En el año 216 a. C. los pueblos del Sur, los turdetanos, descendientes de los tartésicos, se separaron de Cartago, incitados por el rey ibero Abelux, y porque ya estaban cansados de la explotación a que ésta les sometía. Pero cuando la guerra en Hispania fue dando el triunfo a los romanos, y los hispanos vieron que a la antigua opresión de Cartago le sucedía la opresión romana, nacerán nuevas ligas y coaliciones de los pueblos iberos y del interior para oponerse a Roma, que tardará dos siglos en quemar por completo el amor de los españoles a su libertad. Ninguna provincia tardó tanto en ser conquistada, ni fue tan antipática a su triple gobernación romana. Tan dura para los romanos fue la conquista de Hispania que Lucano en su Farsalia nos recuerda: "Enfréntese uno de nosotros a los iberos" para describir una empresa muy ardua y casi imposible. Y en otro lugar de su Farsalia señala el joven poeta poeta cordobés: "Cuando os reclaman los encuentros tan importantes de la guerra en suelo ibero, ¿por qué desviáis vuestro rápido trayecto?" Pero Hispania, término que aparece por primera vez en los fragmentados Annales, de Ennio, era demasiado rica como para no soportar el talante ríspido y altivo de sus habitantes. Como señalaba Trogo Pompeyo: "Es más fértil que la Galia y África. Es rica en toda clase de frutos, de tal modo que abastece pródigamente con toda clase de cosas no sólo a sus propios habitantes, sino también a Italia y a la ciudad de Roma." Y en el Libro I de los Macabeos se dice que la causa de las conquistas fenicia, griega y romana en Hispania radicaba en su gran riqueza mineral.
La guerra entre romanos y cartagineses en Hispania tuvo como primera consecuencia la vuelta a la autonomía política de las póleis y tribus celtas e iberas, que hasta entonces habían estado bajo la tiranía explotadora de Cartago, y como segunda consecuencia el hecho de que los hispanos vieron inmediatamente que el alargamiento de la Segunda Guerra Púnica supondría igualmente el alargamiento de la autonomía recobrada. El fin de la guerra entre aquellas dos superpotencias sólo podría conllevar el dominio absoluto de España por parte de la que resultase vencedora, que indefectiblemente habría de comportarse de forma codiciosa. Cuando Castulum, la patria de Himilce, la mujer de Aníbal, cansada de la continuada explotación de los cartagineses, se pasó al bando de los romanos en 212 a. C., los celtiberos, dándose cuenta que tal cambio de órbita suponía el hundimiento del platillo cartaginés en la balanza de la guerra, se pasaron a la órbita cartaginesa; lo que significaría la muerte de los dos hermanos Escipiones y la casi aniquilación de las legiones romanas. Cneo murió en Ilurci, y Publio en las proximidades de Castulum. La desaparición de los Escipiones significaba la pérdida de todo lo conquistado: los restos del ejército romano se vieron obligados a replegarse, refugiándose de nuevo al norte del Ebro.
En el otoño del 210 a. C. llegó a Hispania el jovencísimo general Escipión el Africano - tenía 25 años y fue el general más joven en la historia de la República romana -, para vengar la muerte de su padre y de su tío. Estableció en Tarraco ( creación de los Escipiones, como Carthago Nova lo era de los bárquidas - vid. Plinio, Naturalis Historia, III, 21 ) su base de operaciones. Cartago mantenía en ese momento tres cuerpos de ejército en Hispania, cada uno con una miríada de hombres; es decir, con diez mil hombres: uno, al mando de Magón, se encontraba entre los conios - una mezcla de turdetanos y celtas -, en el Algarve; otro, dirigido por Asdrúbal, en Lusitania, que con Celtiberia era la región de donde sacaban los cartagineses principalmente las valientes tropas para sus ejércitos; el tercer ejército ocupaba Carpetania. Es decir, el mundo céltico apoyaba a Cartago, en tanto que los iberos "sensu stricto" - los pueblos que se extendían por la costa mediterránea, desde Gerona hasta Murcia - apoyaban a Roma. Escipión aprovechó la dispersión de los ejércitos cartagineses en Hispania para asestar un golpe mortal al centro político cartaginés en Hispania, Cartago Nova, ciudad de la que se apodera en el 206 a. C. en un solo día ( Polibio, X, 7-12 ). Su caída significaba la pérdida para los cartagineses no sólo de su mejor base naval en Hispania, sino también de las vecinas minas de plata y de la explotaciones de esparto de la Oretania oriental, tan necesarias unas y otras para sustentar al ejército y la escuadra. De hecho, Aníbal en Italia, después de la conquista de Carthago Nova y de la tremenda derrota y valiente muerte de su hermano en Metauro con lo más florido de la nobleza celta liquidada, prácticamente se iba a mantener ya a la defensiva. Como consecuencia de la toma de Carthago Nova, Escipión pudo ganar toda la costa oriental - la puramente púnica - y penetrar en la rica zona minera de Sierra Morena. En la batalla de Baecula el genial estratega Escipión venció a Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal, con la misma táctica empleada por Aníbal en Cannas. Después de esta derrota, Asdrúbal se retiró a Lusitania, a rehacer su ejército con nuevos contingentes celtas ( vid. Livio, Ab urbe condita, XXVII, 20 ), en tanto que Escipión atacó a Orongis, importante centro minero. Aunque los romanos se atribuyeron la victoria, diciendo que habían hecho diez mil prisioneros, Asdrúbal, a costa de algún sacrificio, consiguió su objeto principal. Abrióse el camino hacia las costas del norte de España, con su caja, sus elefantes y el grueso de sus tropas, y costeando el Océano Atlántico, llegó a los pasos de los Pirineos occidentales, que no estaban custodiados; después entró en las Galias antes de la mala estación, estableciendo allí sus cuarteles de invierno. Pero si bien había escapado de Escipión, no lo pudo hacer de Gayo Nerón y Marco Livio, vencedores de Metauro. El gran Escipión, el futuro héroe de Zama, se había dado cuenta en seguida que su sabiduría militar, tanto la táctica como la estrategia, era muy superior a la de sus colegas cartagineses - y también a la de los otros viejos generales romanos -, así que decidió jugarse toda la guerra en un solo punto, en el que todos los efectivos romanos y cartagineses en España estuviesen presentes y concentrados. La acción sólo podía finalizar con su vida o con su muerte. Escipión se convierte en el destino de las cuatro legiones romanas en Hispania. Seguirá la misma estrategia que Alejandro Magno en la batalla librada junto al río Isos. Y será emulado por César en la colina de Alesia y por Napoleón en Austerlitz. Ese punto en el que se concentrarían todas las tropas romanas y cartaginesas fueron los alrededores de la ciudad de Ilipa. Al general romano le apoyaban algunos reyezuelos turdetanos, como Culcal, dueño de 28 ciudades ( vid. Livio, Ab urbe condita, XXVIII, 13, 3 ), mientras que otros núcleos urbanos fueron fieles a Cartago, como Astapa. Escipión pudo en Ilipa aplastar todo el poderío militar cartaginés en España, dirigido por los generales Hannon, Magón y Asdrúbal, hijo de Giscón, sin sufrir grandes bajas entre la tropa, aunque sí perdió a sus mejores oficiales. Después de la victoria en Ilipa, la importante ciudad púnica de Gades hizo defección de la causa cartaginesa y se pasó a Roma, sin duda movida, como gran centro comercial, por los importantes negocios que la alianza de Roma proporcionaba. Y Julio César, tras haber sometido a Varrón, concedió la ciudadanía a los gaditanos recordando su traición a Cartago casi dos siglos antes ( vid. Tito Livio ). La presencia cartaginesa en Hispania había terminado; y con ella comenzaba el fin de la libertad de los pueblos hispánicos. Celtas e iberos dejarán de estar divididos y comenzarán a colaborar juntos en su inútil empeño de expulsar a los romanos del suelo hispano. Y aunque es cierta la afirmación de Estrabón de que "si hubiesen querido los iberos ayudarse unos a otros, no habría sido posible a los cartagineses el conquistar la mayor parte de su país", del mismo modo es cierto el hecho de que sin las distintas ligas que se formaron entre los diversos pueblos hispánicos la conquista de Iberia por Roma hubiese sido casi un paseo militar.