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TRIBUNA

La Transición desde la perspectiva cosmopolita

Juan José Laborda
jueves 06 de julio de 2017, 22:56h
Actualizado el: 07/07/2017 00:57h

Ahora que el PSOE y otras formaciones políticas han decidido, a última hora, y después de meses de deliberación en el Parlamento Europeo, no apoyar el tratado comercial con Canadá (CETA), entre otros argumentos, porque España perdería soberanía, ahora, repito, merece que les cuente a mis lectores una historia de sentido completamente opuesto: de cómo nuestra Transición democrática de hace 40 años se benefició de un acuerdo internacional, el Acta Final de Helsinki, de 9 de agosto de 1975.

El Acta Final de Helsinki fue el resultado de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE), cuyos trabajos comenzaron el 3 de julio de 1973. La Conferencia, después, continuó en Belgrado, Madrid (del 11 de noviembre de 1980 a 9 de septiembre de 1983), Viena, y finalmente, se clausuró en París, en una cumbre celebrada los días 19 a 21 de noviembre de 1990, que sirvió para dar cuenta de la desaparición de la URSS y del comunismo en el Este de Europa.

Por eso, la CSCE y el Acta Final de Helsinki se han calificado como los acontecimientos que ponen fin a la Guerra Fría. Fueron, efectivamente, grandes acontecimientos esos acuerdos internacionales y el contenido de la parte más famosa del Acta Final: la consagración mundial de la doctrina de respeto a los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales.

Aunque los soviéticos creyeron que el Acta Final era un éxito para ellos, pues Leónidas Brezhnev, que la firmó en Helsinki como máximo dirigente de la URSS, conseguía con ella que se respetase el poder militar ruso en Europa, lo cierto fue que en nombre de los Derechos Humanos se desencadenó un movimiento de liberación en las sociedades del Este de Europa, comenzando por Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia y Hungría, que arrastraría a la Unión Soviética a su destrucción.

Participaron en la CSCE un total de 35 Estados, y en Europa fueron todos, incluyendo a la Santa Sede (es el único tratado importante que la Santa Sede firma desde las Paces de Westfalia, de 1648), menos Andorra (por su condición entonces de semiEstado), y menos Albania, ejemplo de aquellos años de una autarquía como la que padecen hoy los habitantes de la Corea comunista.

Entre otras grandes personalidades mundiales que firmaron el Acta Final de Helsinki estaban Gerald Ford, presidente de EEUU, el citado Brezhnev, Valery Giscard, presidente de Francia, Harold Wilson, primer ministro británico, y Pierre Trudeau, primer ministro de Canadá. Pero por encima de las demás presencias, el apretón de manos de Helmut Schmidt, el canciller socialdemócrata de la Alemania Occidental, con Eric Honecker, el máximo dirigente de la Alemania Oriental, fue el símbolo del acontecimiento. El Acta Final de 1975 conduciría a la caída del Muro de Berlín de 1989, y la reivindicación de los Derechos Humanos y las Libertades Fundamentales se revelaron en pocos años más fuertes que los carros blindados rusos, el símbolo del poder comunista ruso en Europa, en los cuarenta y cuatro años anteriores.

Pero en España, la firma del Acta Final de Helsinki el 9 de agosto de 1975 pasó desapercibida, sin pena ni gloria. Aparte de que había censura informativa, en España estábamos en otra cosa. Estábamos en los estertores de Franco y del franquismo, pero entonces sólo sabíamos que el dictador acabaría muriéndose, a pesar de los esfuerzos de su yerno, el marqués de Villaverde.

España había entrado en un momento de autarquía, desandando en meses la senda de apertura internacional que el Régimen había recorrido desde el año en que se aprobó el Plan de Estabilización, julio de 1959.

Consejos de Guerra, ejecuciones, exaltación del fascismo en concentraciones (en la de la Plaza de Oriente, Franco, moribundo, arengó a la multitud con antiguos eslóganes de una España cercada y envidiada por los extranjeros), protestas internacionales, embajadores que eran llamados a consultas, una movilización mundial contra la falta de libertades en España, en resumen, cuando Europa entraba en una fase cosmopolita (en el sentido que Kant dio a la palabra: Derechos iguales para una humanidad de ciudadanos iguales), España parecía entrar en el agujero de un franquismo sin Franco, otra vez condenados los españoles al autoritarismo y a la autarquía.

Afortunadamente, no fue así. No es que el Acta Final de Helsinki determinó el sentido de nuestra historia posterior, porque pudo haber sucedido lo contrario. Pero la sociedad española, y la mayoría de los constituyentes, desde el rey Juan Carlos hasta los que aprobaron la Constitución de 1978, se dieron cuenta por donde iba el mundo después de la CSCE. Los españoles, aún cuando han vivido en regímenes autárquicos como el de Franco, siempre han tenido una sensibilidad especial por los acontecimientos mundiales. No en vano, Juan Sebastián Elcano fue el primero que hizo posible la primera globalización. Por eso mismo, contemplo la negativa al tratado CETA como un error inmenso, algo que va frontalmente en contra de nuestros fundamentos constitucionales.

Y no exagero: el artículo 10 de la Constitución de 1978 es la asunción de los principios de la nueva era que surgía con el Acta Final de Helsinki. Ese artículo fue muy debatido, no sólo en las Cámaras, sino dentro de los grupos, desde luego, en los grupos socialistas del Congreso y del Senado. Lean entero ese artículo, y compárenlo con el apartado VII del Acta Final. Verán su equivalencia. Ahora sólo les copio el punto 2 de ese articulo 10: “Las normas relativas a los derechos fundamentales y a las libertades que la Constitución reconoce se interpretarán de conformidad con la Declaración Universal de Derechos Humanos y los tratados y acuerdos internacionales sobre las mismas materias ratificadas por España”.

Abstenerse o votar en contra en el CETA es un desgraciado paso hacia un momento autárquico, y antes de desear a mis lectores buen verano, afirmo que nunca en mi nombre se vota tamaña estupidez.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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