Falso es el mito que ve a los pueblos iberos, tomados "sensu lato", divididos ya en aquella época de forma irreconciliable, como si una discordia sempiterna fuera una característica genética de nuestro linaje. En realidad, nuestra Literatura sólo comienza a consignar nuestras luchas fratricidas en el siglo XVIII, y más señeramente en el gran poeta Juan Meléndez Valdés, un español afrancesado. Así, el poeta pacense, en su Oda XXX ( Consejos y esperanzas de mi genio en los desastres de mi patria ), nos dirá: "¡Execrable maldad! Ciego el ibero/ de un furor inhumano, / fulmina impío el reluciente acero / contra su propio hermano" (vv.13-16) Pero más adelante nos consuela: "Seguirá el sol tras la tiniebla obscura;/ y a la discordia que ora / transtorna el mundo, tu constancia apura, / la paz consoladora./ Hela cual iris asomar radiante, / y a su luz las naciones / al fausto cielo en júbilo incesante / colmar de bendiciones. / Vuelto el ibero de su error impío / y en el hogar colgado / el acero fatal, su ceño umbrío / verá en amor tornado, / con lazo firme y fraternal unirse / su juventud lozana, / y a una todos con lágrimas reírse / de esta cólera insana" ( vv. 61-76 ). Será sólo la Generación del 98 quien subraye de forma radical y exagerada la quiebra eviterna de la concordia ibera. Aunque siete guerras carlistas son muchas guerras.
Por otro lado existe hoy la moda en la Arqueología española del paniberismo. Se ven iberos en todos los lugares, contradiciéndose a veces los textos y siempre la toponimia romana, cuya sufijación suele siempre mantener una raíz celta o ibera. Efectivamente vivimos en un país cuyas características esenciales no permiten ser un buen iberólogo, sin ser a la vez, un buen celtólogo. Y tampoco se puede olvidar que los celtas fundaron la primera civilización europea, al norte de los Alpes, desde España hasta Anatolia y desde Irlanda hasta las regiones cisalpinas, y que emergen de la protohistoria en el siglo VIII a. C. Perfecta es la definición que Lucano en su Farsalia nos da del crisol español: "Los celtas, que, emigrados de la antigua nación de los galos, mezclaban su nombre con los iberos." Sin embargo, para los modernos arqueólogos todas las poblaciones de la Oretania, la Beturia, la Turdetania y la Bastetania se concentraban en ciudades iberas, dando de lado, como ya he dicho, lo que nos dice la toponimia, sobre todo aquélla que se forma por composición., aparte de textos como los de Pomponius Mela, que en el III, 10, nos señala que los celtici ocupaban también los territorios situados entre el Tagus y el Anas. Más aún, el propio Estrabón en su Geografía, III, 3, 2 y III, 1, 6, nos informa que los celtikoi existentes en el Noroeste eran parientes de los que vivían sobre las riberas del Guadiana, y que habrían emigrado del norte según el estudio de este corrimiento de pueblos hecho por García y Bellido. Por ejemplo, ¿cómo explican los iberólogos dos Augustóbrigas en Ciudad Real, una en Horcajo de los Montes y otra en Malagón? ¿Cómo explicar la Celtide de Albacete? ¿La Nertóbriga en la Higuera de Jaén? ¿Cesalobriga ( Aldeanueva del Camino ), Deóbriga ( Navalmoral de la Mata ) y Augustobriga ( Villar del Pedroso ) en Cáceres? ¿Arcobriga en el gaditano Arcos de la Frontera? ¿Otro Arcobriga en el onubense Aronchez? ¿Carith Briga ( Carmona ), Orippo ( Dos Hermanas ), Celti ( Las Navas ), Augusta Briga ( El Pedroso ), otro Celti ( Peñaflor ) y Celtiani ( Puebla de los Infantes ) en Sevilla? ¿La Meróbriga de Odemira en el Baixo Alentejo? ¿La Coeliobriga de Berga en Barcelona? ¿La Nertóbriga ( Bodonal ), Turóbriga ( Cabeza de Buey ), Caesalobriga ( La Oliva ), otra Nertobriga ( Valera ) y Segeda ( Zafra ) en Badajoz? ¿Breca Rigas ( Brihuega ), Mirobriga ( Capilla ) y Seguntia ( Sigüenza ) en Guadalajara? ¿Segisa en el Sax alicantino? ¿Segeda en el Canales valenciano? Pero, basta, no es necesario seguir torturando al pacientísimo lector. Con todo, cuando las cátedras de arqueología definen étnicamente los lugares, ya las tesis primeras comienzan a convertirse en dogmas. Y no importa que el olvidado Diodoro de Sicilia, en el Libro III de su magnífica Bibliotheca Histórica, designe como celtiberos a todos los habitantes de la Meseta, lo que englobaría también a carpetanos, oretanos y vetones. Pero nosotros sólo pedimos pruebas, y no queremos guiarnos por el solo prestigio académico. La escritura llamada "ibérica" no nos ayuda a delimitar una región ibera en cuanto que como se encuentra dispersa no sólo en inscripciones de la Península Ibérica, sino también en la Galia Narbonense, en la Italia etrusca y hasta en Dalmacia, es muy probable que los iberos no inventaran tal escritura, sino que constituyó un alfabeto, también con algunos silabogramas y hasta ideogramas, recogido de una corriente cultural mediterránea aún no del todo definida, y que quizás sea una variante del primer alfabeto rodio. Más aún cuando encontramos un alfabeto prácticamente igual que utilizaban los celto-ligures en el lepóntico cisalpino, también podría llamarse al alfabeto ibero, alfabeto celta. Lo mismo ocurre con la cerámica de barniz rojo fenicio, que no sólo nos aparece en las regiones citadas, sino hasta en los castros de los artabros, y en los de Coaña, Citânia, Pendia, Onteiro, Briteiros o Elviña. Por otro lado, el proceso de urbanización peninsular no tiene por qué estar sólo vinculado a procesos de iberización, resultados de las influencias tartésica, fenicia y griega, sino que también la cultura de La Tène difundió la civilización urbana en la península ibérica, no siempre vinculada a casas de tipo circular, tal como la arqueología francesa demuestra. ¿Por qué se etiqueta étnicamente a partir de elementos culturales no exclusivos de estos yacimientos hoy llamados iberos? Tenía razón George Santayana cuando decía en su autobiografía "soy celtibero y romano en cuerpo y hábitat". Tanto el panceltismo como el paniberismo suponen morbos ideológicos y hasta emocionales. Más aún, creemos que el deseo de identificar una región como "típicamente ibera" es histórica y culturalmente erróneo, pues responde a un deseo de jerarquizar los diferentes procesos de desarrollo, fenómeno no ajeno al consciente o inconsciente mecanismo de ensalzar ( por motivos no necesariamente científicos, sino más bien afectivos, o incluso de chata política cultural autonómica ) un determinado ámbito territorial o cultural. Creemos, en efecto, que la denominación o etiquetación del Cerro de Las Cabezas, en Valdepeñas, como ciudad ibera, osadísimo etnonímico, no supera en estos momentos un horizonte puramente especulativo. Nos vemos tentados a ver en la extinta ciudad del Cerro de las Cabezas un proceso de verdadero sinecismo, como el que caracteriza el surgimiento de algunas póleis griegas o las ciudades etruscas. Probablemente el cuerpo cívico estaría constituido exclusivamente por los propietarios, y sólo ellos tendrían derecho de acceder a las necrópolis. Hay quienes consideran a Oretum una ciudad ibera, porque Esteban de Bizancio dice :" Oorisía, pólis Ibeerías". Pero Esteban de Bizancio ya es un historiador o etnólogo de la Edad Media, y en esa época, como ahora, Iberia ya era sinónimo de Hispania. Personalmente considero el Cerro de las Cabezas uncastellum oretano, y entre los oretanos, según Plinio, vivían los germanici, a los que se supone germanos arrastrados hasta allí por las invasiones celtas. ¿No se llamaba la actual capital de Ciudad Real "Oretum Germanorum" en aquella época? Tampoco podemos olvidar el documentadísimo hecho de que cuando los romanos llegaron a España los celtiberos se encontraban en plena expansión hacia el Sur.
Los dioses celtas protegieron prácticamente toda la Península durante siete siglos. Recordemos la dedicatoria a los "Lugovibus", encontrada en Osma ( la antigua Segia o Victoria de los celtas ) y estudiada por De Vries. Se trata de los dioses celtas Gwydion y Lug, que se disfrazan de zapateros de cuero dorado para engañar a Arianrhod y poder neutralizar su maldición. Y curiosamente la dedicatoria a "Lugovibus", encontrada en Osma, surge de una corporazión de zapateros. Por otra parte, la fiesta de los patrones de los zapateros, Crespino y Crespeniano, se celebra el 1 de agosto, que coincide con la "Lugnasad" o fiesta de Lug. Es evidente que lo mismo que San Cristóbal, proveniente del Hércules grecorromano, la Iglesia ha santificado a otros muchos dioses paganos; en este caso a dioses celtas.
Respecto a la etnia ibera los antropólogos del siglo XIX, como Virchow o los Profesores Tubino o Cuveiro Piñol, la relacionan con el pueblo que los egipcios de la dinastía XVIII, la de Tutmosis III, llamaban Tamehú, y que fueron rechazados por el Faraón en el mismo Menphis ( hoy el Cairo ). Manethon en su traducción de los Annales egipcios menciona ciertas gentes que se autodenominaban Rebú o Lebú, nombre que en griego se convierte en "Lybios", y que serían losTamehú de la XVIII dinastía. Los herederos de los Tamehú fueron los bereberes, dolicocéfalos, que en época mesolítica penetraron en España, y que son con toda seguridad los ancestros de los iberos. En efecto, forman los bereberes el núcleo de la gran población que durante el perído mesolítico, habita las cavernas de la Bética y Lusitania, y la misma que labró los monumentos megalíticos descubiertos. Esa misma raza dolicocéfala es la que con variedades subalternas se dilata por la Península, existiendo de ella parciales representaciones en los actuales vascos, del lado de acá del Pirineo. La craneología de uno y otro lado del estrecho se corresponde con los anteriores asertos: los hombres de los Kábylas riffeños tienen el mismo cráneo que los serrranos de Ronda y que los habitantes de numerosos valles de Las Vascongadas. Las invasiones bereberes durante la invasión musulmana no hicieron más que reforzar los genes étnicos depositados en las asperezas de la sierra, en la época prehistórica.
Las tribus ibéricas serían hermanas de las bereberes del Norte de África, pudiendo asociarse etnológicamente a los vascos, los descendientes más puros de los iberos, con los bereberes, siendo éstos los verdaderos autóctonos de España. De todos modos, los trabajos del Sr. Tubino, expuestos en su Monografía sobre los bereberes ( 1890 ), nos abrieron nuevos horizontes para la historia patria en sus nebulosidades protohistóricas.
Por otro lado, la tradición conservada por los Tartesios de que también habla Estrabón, era de que aquéllos creían que habían sido etíopes los primitivos pobladores de la Bética; pero no etíopes puros, sino una mezcla de estos con los egipcios, y por consiguiente, puede también entenderse que sin ser precisamente negros podían los tartesios descender de una colonia etiópica mixta, venida por las costas del África.
Sin embargo, según los estudios del Pr. Cuadrado y de otros arqueólogos demostrarían que los iberos no son africanos; serían los descendientes de la gente de la Cultura de El Argar. En este sentido resultan muy importantes las prospecciones efectuadas en poblados ibéricos por el citado autor: siempre debajo del yacimiento ibérico se encuentra el argárico, con una pervivencia de formas cerámicas, ergológicas y culturales que indican claramente que se tratan de las mismas gentes. La cultura de El Argar viene de Anatolia, en Asia Menor, la moderna Turquía; allí se encuentran, según estos arqueólogos, las raíces lejanas del pueblo ibero. Por su parte, Shubart, recientemente, pone en relación con Grecia ciertos elementos de la Cultura de El Argar.Y si fuera cierta la leyenda de Nevio, Ennio y Virgilio que dice que los romanos son los supervivientes de la ciudad de Troya, producto de la fragmentación del milenario reino hetita, ello podría explicar la proclividad de los iberos por Roma. Y quién sabe si no se trata de otro pueblo indoeuropeo.
Personalmente, siempre me ha parecido ridícula y en exceso fantasiosa la tesis de P. Bosch-Gimpera, y abrazo, por el contrario, las conclusiones de Sánchez Albornoz y Américo Castro, quienes negaron categóricamente que la España primitiva tenga que ver nada con la España medieval, moderna y contemporánea. Las gentes del Cerro de las Cabezas no tienen nada que ver con la población actual de Valdepeñas, y cualquier español actual se entendería mejor con un marciano que con un ibero, cuya mundivisión se aparta de la nuestra una distancia sideral.