Centrada la atención pública en los comportamientos, tuits, gestos y modos del presidente estadounidense Donald Trump y en la violencia en las calles de Hamburgo, los medios parecieron dejar a un lado el tema central del momento en el G-20: los saldos sociales negativos de la globalización comercial y la urgencia de un nuevo modelo económico que sustituya al del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial de Comercio y el Consenso de Washington.
De entre los muchos datos, aquí se recogen algunos que muestran el verdadero tema del momento:
Un reporte de enero de 2015 de la organización Oxfam señaló la riqueza que posee el 1% de la población mundial pasaría del 44% en el 2009 a más del 50% en el 2016 y el 71% de la población se repartía apenas el 3% de la riqueza. Y que el 65% de la riqueza mundial se queda en Norteamérica y Europa, el 18% de la población mundial.
Las noticias sobre la reunión del Grupo de los 20 países más ricos del mundo se agotaron en Trump. A la sociedad interesada le faltaron los análisis sobre los saldos negativos de la globalización, las opciones para reencauzar el comercio, el estancamiento mundial y sobre todo los efectos en la marginación de importantes segmentos de la población mundial. A dieciocho años del Consenso de Washington que ha determinado las políticas del desarrollo.
El Consenso de Washington enfrentó, como cada vez que se reúnen los dirigentes de los países más ricos, el disenso social, una mezcla de los globalifóbicos de Seattle 1999 y anarquistas expertos en choques violentos en las calles. Pero a pesar de ello, faltó la voz de los dirigentes de los países que han sido sacrificados por la globalización. Los países en vías de desarrollo que forman parte del G-20 -como México- están más preocupados por aplicar recetas que por buscar caminos mixtos. Y los países más ricos asistieron a Hamburgo con la preocupación de que Trump no quiere seguir en la globalización pero tampoco parece convencido de regresar al aislamiento. El problema es que los EE.UU. siguen siendo la locomotora de la economía.
El consenso de Washington no fue sólo un recetario presentado en noviembre de 1989 por el economista John Williamson para reordenar la economía. Dos escenarios alternos estuvieron presentes pero han sido excluidos de las evaluaciones posteriores: el desmoronamiento de la Unión Soviética como fin del ciclo de la economía estatista y la victoria -decían- del mercado y el saldo estabilizador de las políticas de ajuste aplicadas con dureza por el FMI y el Banco Mundial en América Latina; es decir, el escenario político y geopolítico como trasfondo. No fue sólo el fracaso del intervencionismo económico de Estado, sino la reconfiguración del capitalismo a escala mundial.
El decálogo de Washington reconocía el papel desestabilizador del equilibrio financiero por los objetivos sociales del Estado, pero sin reconocer que el fin del intervencionismo económico estatal no significaba una corrección de la desigualdad social por las políticas del capitalismo. Y a más pobres, como se ha visto en la violencia en reuniones de los países ricos, mayores protestas sociales. Todos los países con desarrollo bajo y medio han aplicado el decálogo de dominio del mercado y han estabilizado sus economías corroídas por la inflación y los desequilibrios asociados, pero el costo social ha sido el aumento de la marginación y el recorte de gasto social en salud, vivienda, alimentación y educación.
Los países capitalistas más ricos del mundo se han movido siempre en el escenario del Consenso de Washington, pero con mercados internos suficientemente fuertes como para resistir recesiones. Las naciones con desarrollo bajo y medio dependían de las economías de Estado y su fin llevó a la consolidación de plutocracias sin clases medias fuertes. En este sentido, un punto de debate radica en la percepción de que la globalización en sí misma no es negativa, sino que sus saldos deficitarios dependen de las estructuras internas de concentración de la riqueza. México, por ejemplo, pasó de la economía de Estado que mantenía una tasa de PIB de 6% promedio anual a una economía de mercado con un promedio anual de PIB de apenas 2.2%.
Más que un anti Consenso de Washington se requiere de un consenso paralelo de políticas sociales introducidas en la dinámica del mercado y no dependientes de los presupuestos públicos restrictivos. El desafío teórico para la ciencia económica ha sido evadido por el pensamiento intelectual progresista, como se ha visto en el alineamiento a la derecha económica de agrupaciones como el Consejo Económico para América Latina (CEPAL), que fue semillero de pensamiento alternativo en materia económica y que ahora reproduce las doctrinas neoliberales y apenas apela a gasto social sin desequilibrios financieros.
Las protestas violentas en Hamburgo fueron expresión de la impotencia reflexiva del pensamiento alternativo que viene desde Seattle en 1999. Los gobiernos progresistas, de izquierda y hasta autonominados socialistas han carecido de opciones a las estrategias del desarrollo y a sus políticas económicas estabilizadoras y se han concentrado en el regreso del Estado a la economía. El problema es que los votantes afectados por la globalización son más y por eso las bases sociales de los países con desarrollo bajo y medio siguen gobernados por el pensamiento disidente y no alternativo.
La dialéctica consenso-disenso seguirá alimentando las imágenes de los noticieros televisivos y justificando los radicalismos intelectuales, cuando urge explorar caminos intermedios para atender demandas sociales sin desequilibrios financieros.