“Hablando se entiende la gente” reclamaba hace años el Rey ausente. Lúcido y mordaz siempre, Gustavo Bueno comentaba que, en ocasiones, lo mejor para evitar la riña es no hablar. Con un sólido sentido común, que no se adquiere por vía académica, el filósofo escarnecía a los defensores del diálogo como medio universal de resolución de conflictos. Y es que, aunque en condiciones ideales es siempre posible la comunicación, resulta que la realidad histórica es, a menudo, ajena a la idea: la historia no es plenamente inteligible o meramente lógica. Los defensores de comunidades ideales de diálogo no son buenos historiadores porque la historia está llena de guerras y batallas, sin las cuales – dice precisamente Hegel – el libro de la historia sería un conjunto de páginas en blanco.
Constatar que la historia no es pura cuestión de diálogo no te convierte en un agresivo belicista salvo para quienes pretendan que la racionalidad se reduce a la forma del diálogo o la palabra. Diría, por el contrario, que esa racionalidad no es únicamente cuestión de palabras, porque una batalla posee una figura racional y la estrategia que esconde es índice de aguda inteligencia. La lucha cuerpo a cuerpo de dos soldados manifiesta, en los gestos y en las armas de ataque y de defensa, una inteligencia operatoria que no es estrictamente verbal, aunque suponga un lenguaje. El lenguaje mismo es un elemento, aunque esencial, de una racionalidad que lo trasciende.
Para hablar hay que presuponer condiciones compartidas de las que una lengua común es el signo más evidente. Pero, en la medida en que el lenguaje es parte de una racionalidad más amplia, cabría decir que entre los que dialogan hay que suponer un mundo común. Pues bien, a ese mundo común hemos de apelar para defender la salida dialogada a lo que se ha dado en llamar el desafío catalán.
En términos dialógicos, sin embargo, la cuestión parece haber llegado a un punto de decisiva contradicción entre soberanías. La soberanía española y la soberanía catalana. Pero la posición en el mismo plano, soberanía contra soberanía, induce un engaño que favorece a la “nación que se busca” frente a la “nación realmente existente”. No se encuentran realmente en el mismo plano aunque parezcan estarlo para los que apelan al diálogo en abstracto.
La diferencia de plano se expresa en el distinto lenguaje al que recurren: frente a la “soberanía nacional” se esgrime el “derecho a decidir”. Ese pretendido “derecho a decidir” es un modo tortuoso de declarar la soberanía catalana, algo que la nación española no puedo conceder en modo alguno. En efecto, como se ha señalado hasta la saciedad, el referéndum implica la soberanía misma sobre la que se dice consultar. Si sólo una pretendida “ciudadanía catalana” – a día de hoy realmente una parte de la ciudadanía española– se declara legitimada para participar en semejante referéndum, está afirmándose en el acto de su celebración la realidad de la soberanía nacional catalana. El referéndum no es una consulta: es un ensayo decisivo de secesión. ¿De qué habría que hablar entonces? Si de hablar se trata se empezarán a excretar fórmulas ideológicas como esa vana expresión de la “nación de naciones” que ha servido para esconder, en su oscuridad y confusión, los términos de la cuestión. O eso de la “nación cultural” que se le ocurrió al secretario de ida y vuelta del PSOE. ¿Aceptarían los soberanistas catalanes que su nación se limitara a la categoría de una reserva cultural? ¿Aceptarían convertir sus Países Catalanes en una categoría antropológicamente interesante, pero políticamente irrelevante? Para evitar el enfrentamiento real habría que apelar, más allá del lenguaje y del diálogo, al mundo común que durante siglos construyeron los pueblos – que no las naciones – de España. Pero ese mundo ha quedado arrumbado por el escombro editorial, la catástrofe educativa, la ausencia de verdadera controversia académica, la institución de monopolios territoriales de información y “comunicación”… Habría que apelar, decía, a esa realidad común, a la verdad compartida y olvidada. Pero ese olvido no se ha producido sólo en Cataluña y ésta es, quizás, la arista más cortante y peligrosa de la cuestión.
Si semejante apelación a la verdad común está condenada al fracaso veremos nuevamente que también un campo de batalla es una comunidad de diálogo aunque, desde luego, no en un sentido estrictamente lógico.