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TRIBUNA

Cómo cargarse la Marca España en medio minuto

martes 01 de agosto de 2017, 20:24h

De nada sirven esfuerzos institucionales, si luego, nosotros, cada español de forma individual, nos mostramos poco eficientes, nada profesionales y sin demasiada educación con quienes vienen a nuestro país. Es más, con que alguien de fuera tenga la mala suerte de toparse con uno de dentro a quien le importe un carajo dar buena impresión y mejor servicio, la tan cacareada “Marca España” acaba por los suelos en medio minuto. ¡Con lo que cuesta levantar la mala fama! Durante estos últimos años, el tan denostado verano madrileño se ha puesto de moda y resulta que, de pronto, se nos ha llenado la capital de turistas que vienen incluso sabiendo que aquí – vaya, vaya –, aquí no hay playa. Los de Madrid, claro, estamos (más o menos) encantados, aunque se nos haya terminado eso de dejar para agosto las cosas que no puedes, o no te apetece, hacer el resto del año abriéndote paso a codazos o pidiendo cita (muy, muy) previa. Fin - por fortuna no del todo - de la mítica frase de Francisco Silvela: “Madrid, en agosto, con dinero y sin familia, Baden-Baden”.

El caso es que a este fenómeno al que no estábamos acostumbrados, ha venido a sumarse el de estudiantes extranjeros que eligen Madrid para cursar estudios universitarios o de postgrado. Y como los cursos comienzan en septiembre, agosto se ha convertido, para colmo, en el mes de buscar alojamiento y preparar la correspondiente mudanza. Resumiendo, el agosto literal se ha vuelto agosto metafórico para quienes se dedican al mercado de los alquileres. Y volvamos a sumar. Otro hecho insólito al que, personalmente, siempre creí que no llegaríamos es que en España, de improviso, se haya puesto “de moda” vivir de alquiler. Que ha habido razones que han terminado con aquella manía de hipotecarte hasta las cejas durante treinta o cuarenta años para vivir en una casa inscrita a tu nombre en el Registro de la Propiedad, seguro. Más de dos y de tres. Empezando por el hecho mismo de que nos hayamos hartado un pelín de los bancos o, quizás, porque ahora los bancos, por fin, se hayan dado cuenta de que su negocio nunca debió ser el inmobiliario. Da igual. A lo que iba. El negocio del alquiler ha pegado uno de esos petardazos que luego suelen rebotarnos en el cabezón y como en España (y en cualquier parte), quien no corre es porque ya se ha puesto alas, en menos de un par de años las rentas se han disparado y, sobre todo, se ha plagado de buitres que hace mucho que dejaron de estar famélicos, aunque no quieran reconocerlo.

Volviendo a los estudiantes, al mes de agosto, al inicio de los cursos y al perfil de los que vienen, y hecha ya la suma correspondiente, el resultado lleva días sorprendiéndome. Incauta de mí, respondo a la desesperada petición de ayuda de una madre extranjera en busca de un apartamentito mono y asequible para que su hija estudie un año en Madrid y chulita de mí – se acerca la Paloma y hay que desempolvar el mantón -, digo que eso es pan comido, embarcándome en una misión que, al poco, se demuestra casi imposible. Un disparate. Primero me enfrento de pronto a buitres que huelen sangre de estudiante guiri a quien sus padres sufragan los gastos, y siento vergüenza de lo que ofertan a cambio de un dineral impagable. Segundo, hay incluso una especie de buitres que ofrecen pisos sin posibilidad de ir a visitarlos y pretenden que los incautos padres reserven mediante transferencia bancaria la posibilidad de entrar a ver el cubículo, más adelante. ¿Más adelante? ¿Cuándo? Muy fácil: puede que nunca. En realidad, la llave del piso no la tiene el propietario a quien se espera que regrese a finales de agosto (ese es el argumento), sino que la agencia en cuestión ha pirateado las fotos publicitadas por otra agencia, es decir, por la que sí tiene las llaves que me permiten entrar para ser los ojos de la madre extranjera, a la que me cuesta explicar tanto dislate impropio de un país “serio”. Tercero, me encuentro también con un agente que es todo lo contrario. Me explico: va tan sobrado de demanda que parece estar organizando una subasta en lugar de una intermediación inmobiliaria, a lo cual no habría nada que objetar si no fuera por la absoluta falta de educación y respeto. Con un “No me interesa”, zanja el asunto colgando sin despedirse a la pardilla que escribe ahora estas líneas y a quien toca luego volver a llamar a la madre en cuestión para contarle el nuevo contratiempo y jurar que, de verdad, de verdad, todo lo que está retrasando la simple búsqueda de alojamiento no es lo normal ni nos define como país. Ese “no me interesa, porque puedo seguir tirando del precio hacia arriba” – el agente alquila dos edificios en la preciosa calle Salustiano Olozaga y ya me había advertido el día anterior que “se lo iban a quitar de las manos” -, es la puntilla de un mercado convertido en el nuevo pelotazo de moda. Y queramos o no, lleva impreso también la “marca España”.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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