HOUSTON, Texas.- Debajo de los escándalos mediáticos de Donald Trump y de su guerra tuitera se localiza una de las crisis de gobernación más graves desde Nixon con Watergate: la ruptura sin remedios de la cohesión entre la burocracia del poder y los políticos en ejercicio coyuntural del gobierno. Ahí se localiza la verdadera crisis de Trump. Sus reyertas con CNN, el The New York Times y el The Washington Post deben verse como parte de ese desajuste en los acuerdos de estabilidad.
La crisis de Trump tiene cuando menos dos variables:
1.- La definición de una contrarrevolución reaccionaria --no sólo conservadora-- y puritana para revertir la revolución liberal de los sesenta. A partir de finales de la segunda guerra, la definición imperial de la estrategia de seguridad nacional de Washington dio la razón a los conservadores porque se trataba de defender el modo de vida estadunidense ante el acoso exterior. El conservadurismo fue de estilo de vida con valores de dominación y explotación imperiales, a cambio de estabilizar internamente con avances liberales como derechos a minorías, control natal y otros que revertían la doctrina conservadora puritana de los fundadores que llegaron huyendo de Inglaterra.
2.- La existencia de una estructura liberal de poder atrincherada en la burocracia, con existencia autónoma. Es la que Trump calificó, con o sin razón, pero con certeza política, de Estado profundo o Estado paralelo. Los lobbies liberales adquirieron una autonomía relativa de las reglas de la legitimidad electoral: quien ganaba las elecciones, tenía derecho a definir rumbos ideológicos. Trump se ha encontrado que ganó las elecciones de colegios electorales, perdió la elección popular y no puede aplicar su proyecto de gobierno porque los lobbies liberales lo están confrontando. Lo que tiene que entenderse es que Trump logró el voto del estadunidense de condado, el que ha sido víctima del poder de la burocracia y a quien no consultan las reformas liberales.
La guerra civil ideológica liberales-puritanos hacia el interior de los EE.UU. está redefiniendo el papel activo de la Casa Blanca en la geopolítica mundial. Una cosa es que Trump riña con los medios liberales y ora cosa que su pensamiento conservador y puritano --religioso-- esté dominando las primeras definiciones de la política exterior del imperio. Kissinger escribió desde finales de los sesenta en Política exterior americana que la política exterior era una expresión de la política interior y que la estructura interna era decisiva en la elaboración de objetivos positivos.
Los EE.UU. entraron en una zona de confusión después de la caída del Muro de Berlín: Clinton fue la frivolidad y el desapego al conflicto del terrorismo, George Bush Jr. tomó decisiones sin estrategia y Obama replegó el dominio estadunidense a los límites mínimos, los tres sin propiciar una transición ordenada a una multipolaridad. Hubo, además, la circunstancia agravante de que el repliegue estadunidense --reflexionado o no, razonado o no-- careció de un entendimiento por las élites de Rusia, China, Japón, Alemania e Irán, entre los principales adversarios. Por eso China y Rusia regresaron al dominio internacional de la lógica de la guerra fría.
El deterioro estratégico y militar de los EE.UU., sus insostenibles presupuestos militares, el enfoque de tropas militares de sus equilibrios mundiales, su declinación en la economía y el comercio mundiales y la baja calidad de sus liderazgos presidenciales han sido una oportunidad para los países intermedios y emergentes, tanto de sus dirigencias como, sobre todo, sus sociedades. Pero ahí nos encontramos con una situación sorpresiva: en lugar de potenciar las contracciones y luchas en los liderazgos políticos estadunidenses como una forma de iniciar la declinación del dominio imperial de la Casa Blanca, los análisis y las críticas externas claman por el despido de Trump y por el regreso de gobernantes… imperialistas que van a restaurar los viejos tiempos de dominación estadunidenses.
La exaltación a Hillary Clinton y la nostalgia por Obama en las sociedades del mundo deja la impresión que esas sociedades víctimas del imperialismo estadunidense quieren regresar a los tiempos de dominación y explotación: la servidumbre voluntaria de Étienne de La Boétie (1548). Pero Trump sería la gran oportunidad histórica para promover el fin del liderazgo mundial estadunidense y la hora de la liberación internacional, de la Unión Europea, de la ONU, de la comunidad iberoamericana, de la unidad latinoamericana, de la reactivación del Caribe y la salida de Africa.
La crisis de liderazgo político en los EE.UU., el choque liberales-puritanos, la configuración de un golpe político del congreso contra el Trump, la crisis económica y social y el aumento en la rebeldía de los pobres se presentan como oportunidad para dejar que las contradicciones disminuyan al imperio estadunidense o como una forma de clamar por el regreso de los liderazgos fuertes en la Casa Blanca, siempre imperiales, siempre de dominación.
Es paradójico que los EE.UU. sean el barril de pólvora de conflictos derivados por políticas imperiales y de explotación de la Casa Blanca, pero que los EE.UU. también sean el ideal de vida y confort de millones de migrantes que huyen de la pobreza de sus países, por cierto, una pobreza que se explica por la exacción histórica de recursos para mantener el modo de vida estadunidense. La violencia del crimen organizado en México es producto de la demanda de droga del consumidor estadunidense, pero millones de mexicanos huyen de México para ser estadunidenses.
Trump es la oportunidad para bajar al imperio de su pedestal, pero las críticas a Trump dialécticamente buscan la conservación del imperio con líderes más imperialistas en la relación dominador-dominado.
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