Es grave tarea juzgar el presente de un país a través de la enojosa política sujeta siempre a cuestiones ideológicas o financieras; más aún si responden a intereses totalitarios. Lo deseable, lo grato, sería hacerlo a través de su cultura. Intentaré una elemental aproximación a la década del 70’, que fue de gloria para Venezuela. A pesar de sus contrastes sociales, era la “tierra prometida”. En su subsuelo reposaba la mayor reserva probada de petróleo del planeta. Sus barriles de crudo, eran un verdadero océano de combustible, que podían cubrir la demanda de todos los Estados Unidos y buena parte de Europa, como se pronosticaba, para los próximos cien años.
En consonancia, su exquisita y universal cultura, era una de las más influyentes de América Latina. Manuel Díaz Rodríguez, prosista y narrador de refinado lenguaje, se destacó como una de las figuras más importantes que el modernismo produjo en el continente. Le sucedieron Luis Urbaneja Achelpohl, Rufino Blanco Fombona, José Rafael Pocaterra, Teresa de la Parra y Rómulo Gallegos, autor de la inmortal novela Doña Bárbara, que culminó toda una etapa de la narrativa venezolana.
En el siglo XX, empezaron a brillar los altos nombres de Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Julio Garmendia, Guillermo Meneses y Héctor Mujica, cuyas creaciones pretendían liberar la prosa del costumbrismo, del criollismo y de la temática rural, desarrollada con un modo de contar lineal. En ese contexto se destaca también Salvador Garmendia, que aborda en sus temas argumentos de consecuencias hiperrealistas y fantásticas. Para esa época dorada, también sobresalieron sus poetas y ensayistas; Juan Liscano editaba la revista Zona Franca y la editorial Monte Ávila era una de las primeras con grandes tiradas en sus ediciones.
No faltaron notables artistas plásticos de todas las tendencias, entre los que sobresalen nombres como el de Bárbaro Rivas, Armando Julio Reverón, Héctor Poleo, Jesús Rafael Soto, Oswaldo Vigas y Gabriel Bracho. En tanto que en cine también se destacan directores y actores de primer nivel. Fueron los años en los que Renny Ottolina, en la Cadena Venezolana de Televisión, conquistaba al público con su programa dinámico y diverso, que parecía hecho en estos tiempos. Este animador descomunal sabía muy bien cómo llamar la atención de la gente con sus entrevistas y monólogos, que cautivaban frente a los emergentes televisores en color, que se multiplicaban como los panes y el vino bíblico.
En Isla Negra, la casa de Pablo Neruda, conocí en 1971 a Miguel Otero Silva, autor de la famosa novela Casas muertas, que, según algunos críticos con los que coincido, fue precursora del “realismo mágico”. Yo era un joven e inquieto periodista que cubría en Chile, para mi país, la dinámica información que sucedía durante el gobierno socialista de Salvador Allende. A Otero Silva y a su esposa, María Teresa Castillo les caí bien y me invitaron a viajar a Caracas para colaborar en El Nacional, el diario de la familia. Neruda, con ese humor sabio y sarcástico que lo caracterizaba, me aconsejó: “Debes aceptar el ofrecimiento de Miguel. Venezuela es el país más próspero de América. Te puedes hacer un hombre rico allí, y yo no quiero tener amigos pobres, Roberto”.
No viajé inmediatamente porque me encontraba bien instalado en Chile y el proceso socialista de la Unidad Popular era único y atrapante. Lo hice algunos años después y me fue bastante bien en Venezuela. Trabajé para la Enciclopedia Británica y pude ahorrar el dinero suficiente para instalarme luego durante una larga temporada en Europa. En la moderna Caracas conocí y trabé amistad con los poetas Juan Liscano y Luis Pastor y con el consagrado autor de Las lanzas coloradas, el talentoso y amable don Arturo Uslar Pietri.
De manera que mi afecto hacia ese querido país está plenamente justificado. Como ahora mi dolor… Conocida como la Venezuela Saudita, debido a su gran expansión y crecimiento económico que fueron causados esencialmente por incrementos sustanciales en los precios del petróleo en el primer Gobierno de Carlos Andrés Pérez, donde la cotización llegó a niveles increíbles para esos años; pero, como nada suele ser demasiado duradero en nuestra melancólica y fragmentada América, los precios empezaron a caer y comenzó la historia de inestabilidad y el malestar económico alcanzó a la tierra de Simón Bolivar.
Hagamos un poco de estadística. Para lograr un mayor bienestar de la población, se requiere en los países algo más que aumentar las cuentas de ingreso, sino contar también con una justa distribución de la riqueza. Los datos estadísticos nos muestran que en 1970 la población urbana representaba más del 75 por ciento del total, y que en 1972 el sector primario de la economía empleaba un 20 por ciento de la población activa, mientras que el sector secundario un 28 por ciento, y el terciario el 52 por ciento restante. Con esas buenas bases estadísticas, se sentaron en ese período las bases de una renovada modernización del país, que alcanzó un pico máximo y empezó a decaer.
Con un criterio progresista y con un alto ingreso per capita, el entonces presidente Rafael Caldera impulsó un genuino cambio en Venezuela. El sistema político vivió entonces sus mejores años. Se desmontó y pacificó la guerrilla, que durante años se parapetaba en las montañas y se crearon nuevos partidos. Yo recuerdo, de aquellos años, a algunos líderes que me tocó entrevistar (Pompeyo Márquez, Américo Martín, Héctor Mujica, Alexis Adam, José Vicente Rangel y Teodoro Petkoff, yerno del poeta Luis Pastor, íntimo de García Márquez y también mi viejo amigo).
Los partidos políticos como el PCV, el MAS, el MIR y el MEP, se legalizaron ante los entes respectivos del Estado y comenzaron sus proselitismos, buscando crecer y convertirse en una fuerza política más acorde al momento histórico. En esa década, democristianos y socialdemócratas se alternaron legalmente en el gobierno disfrutando de los generosos ingresos petroleros; pero, todo llegó a su fin durante el “caracazo” de 1989. Hoy, un gobierno populista que lleva casi veinte años ha sumido al país en la violencia, con una recesión, que lo ha dejado sin reservas y endeudado por más de 95 mil millones de dólares. A eso se suma la inflación más alta del mundo y carente de todo tipo de insumos. Entre 1999 y 2014, Venezuela ingresó casi 1.000 millones de dólares por exportaciones petroleras. Pero el país no se industrializó y sigue importando lo esencial del consumo. A diferencia del peronismo, que se viene resignando a perder elecciones, la patética “revolución bolivariana”, que también perdió a su líder y también lo reemplazó por un personaje grotesco, mientras que en la Argentina, después de la muerte de Perón, dictadura militar mediante, se sucedieron varios (y varias).
Este incoherente Gobierno, cada día más desprestigiado, parece decidido a llegar a las últimas consecuencias violando su propia Constitución y reprimiendo a mansalva. En perspectiva, vemos pues un derrumbe del mal llamado “socialismo bolivariano”, y una continua y creciente violencia del conflicto, que puede desembocar en una cruenta y abierta guerra civil si las Fuerzas Armadas se dividen. El “chavismo” se descompone, pero el poder militar, entrampado en negocios multimillonarios con el gobierno, hasta ahora le responden, aunque hay ya síntomas de fractura.
Al momento de cerrar este artículo, veo por televisión como las fuerzas del Gobierno acribillan a balazos a un joven indefenso y como el grotesco presidente Nicolás Maduro ordena la detención de varios líderes opositores; entre ellos a Leopoldo López y Antonio Ledesma, el alcalde de Caracas. Llego así a la dolorosa conclusión, después presenciar esos hechos, de que Venezuela ya está inmersa en una guerra civil, aunque con armas de un solo lado y bajo el omnímodo poder del repudiable terrorismo de Estado.
He puesto el énfasis de esta evocación en la cultura y profundizaré un poco más en un aspecto que bien vale mencionar: el auge del cine venezolano de aquella década del 70’, quizá los años de mayor apogeo de la gran pantalla de ese país. Recuerdo que en 1975, estando yo allí, el Gobierno venezolano aprobó una política crediticia para estimular la producción cinematográfica y publicó las normas para la comercialización de películas venezolanas. Se produjeron importantes filmes tales como: Cuando quiero llorar no lloro (1976) de Mauricio Wallerstein, El Pez que Fuma (1977) de Román Chalbaud, País Portátil (1979) de Iván Feo y Antonio Llerandi, y Bolívar sinfonía tropical (1980) de Diego Rísquez, entre tantas otras.
En un encuentro que tuve en México con el entrañable Gabriel García Márquez, antes de dejarnos para siempre, me resumió con tono poético su devoción por Venezuela: “Yo estuve radicado en Caracas durante la década del 50’ y he recorrido el país a lo largo y a lo ancho –evocó con una sonrisa-. No haberme quedado a vivir para siempre en esa tierra increíble y mágica es una de mis grandes frustraciones. Me gusta su gente, con la que me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer…”
Por desgracia, ese querido lugar de nuestra América se desbarranca. Sea lo que fuere y lo que el destino depare a Venezuela, estas inútiles palabras no intentan ser más que una serie de consideraciones afectuosas hacia un país muy querido, que tanto ha dado a la cultura. Lo que importa ahora es la unidad de un pueblo que hoy está dividido y parece sin rumbo. ¡Ah, con la increíble y triste historia cada vez más amarga, grotesca y desesperante!