Como el crepúsculo, que participa del día y de la noche y nos asombra; como la tormenta, cuyo desenlace es impredecible y nos inquieta, por citar dos elementos naturales y dispares, pero inseparablemente ligados a la vida, la política es esa cosa que más allá de cualquier posición o ideología, nos aglutina o divide, nos representa y convoca. Somos ciudadanos y vivimos dentro de las fronteras establecidas en un país con una historia y sus respectivas leyes, deberes y derechos; por consiguiente, la política es el proceso de tomar decisiones que se aplica a todos los miembros de una comunidad, es la forma, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados. Vista desde lo académico es, como elemento de estudio, la rama de las ciencias sociales que se ocupa de la actividad, en virtud de la cual una sociedad libre, compuesta por personas libres, resuelve los problemas que le plantea su convivencia colectiva. Según los griegos y los latinos, es un arte y un quehacer destinado al bien común. También es el complejo ejercicio y el manejo del poder.
En un capítulo de su libro Economía y sociedad, Max Weber, crítico severo de la administración alemana después de la Primera Guerra, sostiene que al racionalismo no siempre le cierran los números. Sobre todo cuando además de fallar los cálculos, intervienen las variables sociales, a las que se suman inevitablemente circunstancias políticas que de no haber sido ordenadas en su debido tiempo, empiezan a cobrar dimensión, pasan facturas y se tornan inmanejables. Esto viene sucediendo en la Argentina con el gobierno de “Cambiemos”, que entre recurrentes reajustes y desajustes intenta manejar el país dentro de cierta normalidad, y con loables intenciones.
El pasado domingo, se hizo volar este globo de ensayo llamado “Las Pasos”, una encuesta electoral, afín a los políticos y funcional a sus aspiraciones, que cuesta fortunas a un país que tiene un nivel de pobreza que supera al 35 por ciento y son una suerte de partido previo al clásico que se debe jugar más adelante. Concretamente en el mes de octubre que ya casi estamos arañando.
De manera previsible, claro, ha resurgido la ex presidenta, que ahora aparece ubicada a la izquierda, aunque nos recuerda, sin embargo, para establecernos en un contexto más próximo a los políticos ingleses que precipitaron el incongruente Brexit o la llegada al poder del pintoresco mercader Donald Trump, que muy pocos le otorgaban chances de llegar a la presidencia de los
Estados Unidos. Esos personajes son la respuesta anómala a los problemas que el capitalismo no puede, no se atreve o no quiere resolver. La vigencia pasa por el tiempo, ese “enemigo que mata huyendo”, en el decir poético de don Francisco de Quevedo y en un análisis relativo de las oportunidades que, si no se aprovechan cuando están a mano, pronto se diluyen. Y, quizá, nunca más. Pero bueno, en el país del mundo del revés y del gran desquicio todo es posible. Hasta que una señora que debería estar presa por enriquecimiento ilícito (el matrimonio Kirchner llegó a la provincia de Santa Cruz sin bienes materiales y hoy la viuda y los herederos ostentan una fortuna que pasa cómodamente los 60 millones) y por estafa a su pueblo, pueda regresar ahora, semi triunfante y, lo que es peor, encabezando a una melancólica izquierda que nada tiene que ver con su verdadera situación de multimillonaria.
Si se apartan los detalles, bien puede plantearse, sin ninguna discusión, esta disparatada hipótesis: en un futuro mañana asistiremos a un torneo entre la centroderecha, representada por el Gobierno de Macri, y la centroizquierda, cuyo emblema es la investigada Cristina Kirchner. En rigor, se trata de una novedad política, pero no teórica ya que la colonización kirchnerista del peronismo lo ha convertido en la izquierda concreta y posible del país, enfrentada con una derecha en la que coloca a otras franjas del peronismo y a fuerzas incipientes como bases del actual gobierno; así, en épocas de política superficiales, uno puede, con toda comodidad, representar a la centroderecha, interesada en poner cierta pulcritud a los enojosos asuntos de un sobredimensionado Estado y a la alegre competencia, como la centro izquierda, supuestamente preocupada por la igualdad. Con un detalle impensado: la ex presidenta, en su actual versión herbívora, resignifica el antiguo ideal del peronismo, convirtiéndolo en una reivindicación superficial de los trabajadores. Combate al capital, es cierto, pero con modulación y con estética, digamos, posmodernas, que es igual a “populismo barato”.
A la luz de este match amistoso llamado “Las Pasos”, donde ambos son ganadores, la pregunta relevante es sobre la vigencia de los protagonistas. En especial la viuda Kirchner, antes que la de Macri, cuyas credenciales la reducen a una volátil dirigente de cualquier partido occidental contemporáneo. Seguramente salga electa senadora, pero… y después qué futuro le aguarda sins er el liderazgo de su partido. Es probable que el mismo que sobre lleva el procesado Carlos Menem, ya descalificado parlamentario. Macri, por su parte, tiene una gobernadora, con imagen cada vez más populista, que aún sin proponérselo le hace sombra. Aunque, si bien él, es cierto, con costumbres más amables, sin dejar de ser moderado, pugna, en teoría, por aggiornar a un Estado corrupto que vive aporreando a la gente con altísimos impuestos, falta de empleo, falta de buena educación, deficiente atención hospitalaria e inmanejable inflación. Sin embargo, pareciera tropezar con otra dificultad generalizada del capitalismo democrático actual: le cuesta satisfacer las demandas de una sociedad desigual con altas expectativas de bienestar, que probablemente no le permita volver atrás con más ajustes y reformas laborales y previsionales.
Ahora bien, ¿de qué forma incide este escenario en el votante medio con decisión de voto? ¿Por qué el asunto se polariza y se opta por uno u otro candidato? Los floripondiosos analistas vernáculos, de una u otra corriente, ofrecen controvertidas respuestas a estos arduos interrogantes. En primer lugar, dividen los motivos del voto en dos grandes campos: el de la economía y el de la política. Muestran que el llamado “voto económico” (¡vaya descubrimiento o novedad!) predomina sobre el voto común por razones políticas. En términos clásicos, todos sabemos, que se vota por motivos
materiales cuando el elector razona de este modo sencillo: “si durante el gobierno pasado me fue bien, lo voy a premiar; pero, si juzgo que me fue mal lo debo castigar votando a la oposición”. Por supuesto, el voto económico no se agota allí. Influye también la opinión del votante sobre cuestiones ideológicas, como, por ejemplo, el ya mencionado rol voraz del Estado en la economía y la cantidad de bienes que poseen. Las otras cuestiones, tales como corrupción, inseguridad, etc., acaso cuentan menos en este balance.Si nos retrotraemos a unos años atrás, encontramos que la señora Kirchner alcanzó el 54 por ciento de los votos en 2011; acaso por tres razones simultáneas: efecto viudez (la muerte de Néstor Kirchner influyó en esa dirección), cierto bienestar económico retrospectivo y un estatismo con altísimo índice de subvenciones. Estos motivos se fusionaron generando un amplio consenso a su favor.
La llegada del ingeniero Mauricio Macri al gobierno y la actualidad de la señora Kirchner nos remiten a lo posible; es decir, nos hay otra cosa y habrá que conformarse con esto (“Es lo que hay”, como se dice con resignación en España”). Pero no sólo se vota por razones económicas. No seamos tan mezquinos y monotemáticos. Para poner un ejemplo célebre, recordemos que Felipe González logró varios triunfos en medio de ajustes y alta desocupación. Qué inclinó la balanza en ese caso: su liderazgo, las expectativas de una sociedad mejor e integrada a Europa y el profundo descrédito de laoposición. Pueden ser esas las típicas razones políticas a la hora de poner elvoto. Tal vez. Aunque, es obvio, nos queda en el aire y aún pendiente un análisis menos riguroso que irritante y hasta se puede sostener que Mauricio Macri, por motivos de esa naturaleza, alcanzó la presidencia. Pues también se sumaron personajes de los que la sociedad desconfiaba y un endeble candidato como el motonauta Daniel Scioli. Sea como fuere, un poco más de la mitad de la sociedad argentina, cansada de tales personajes, encabezados por la verborrágica viuda, prefirió un nuevo estilo de liderazgo, corporizado simbólicamente más que en Macri en la actual gobernadora María Eugenia Vidal.
Agreguemos a esto, que como también ya señalamos, Macri es un ingeniero, no un abogado, como lo fueron la mayoría de los presidentes civiles argentinos. Es, además, el primer presidente en 70 años que no es peronista ni radical ni militar. Su lógica, por consiguiente y por razones profesionales, es otra.
Paciencia entonces y a esperar. Como dice una añeja metáfora: “la moneda ha sido echada” y quién puede vaticinar que no caiga cara. Acaso sin saberlo, el presidente ingeniero ha puesto en marcha una maquinaria que aunque lo supera puede arrancar.